Se busca “Coordinación”

Artículo publicado el 21 de Marzo de 2005
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 21 de Marzo de 2005

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La Agenda de Lisboa y el Pacto de Estabilidad centran la atención del público estos días. Los países de la Unión están llamados a desarrollar una colaboración más estrecha en economía, fiscalidad, presupuesto y, sobre todo, política social.

El papel de la economía en la recuperación económica de Europa se muestra cada vez más crucial. "Si uno de mis hijos se pone enfermo, estoy listo para dejarlo todo y ocuparme de él, aunque ello no signifique que quiera menos a los demás". Esto lo declaró, no hace ni dos meses, el Presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, presentando la reforma de la Agenda de Lisboa. Barroso considera que el crecimiento económico es prioritario, y por tanto requisito previo para relanzar la agenda social y ambiental. Una opinión que ha sido criticada no siempre sin razón por algunos exponentes del Parlamento Europeo.

Riñas vecinales

Era casi inevitable que 2005 se caracterizara como "el año de la economía": nadie puede olvidar que cambios históricos como la ampliación y la Constitución Europea, ocurridos hace sólo un año, han tenido lugar con el telón de fondo de una Europa desilusionada y poco entusiasta con el proyecto comunitario. Las consecuencias sociales y políticas de un período demasiado prolongado de bajo crecimiento han jugado desde luego a la contra. Ello ha generado por un lado objetivas dificultades en el bolsillo de los ciudadanos y, por otro, alarma ante un posible declive permanente de la economía continental. Como la historia de la integración europea nos recuerda, cuando escasean los dineros, la comunidad de vecinos se pelea. Esto ha sucedido a intervalos regulares desde los años setenta.

Pero la Agenda de Lisboa no ha sido la única protagonista. También el Pacto de Estabilidad y Crecimiento ha sido objeto de atención en los últimos meses. Discusión que se ha centrado sobre un único punto sustancial: cómo permitir a los gobiernos tener mayor margen de maniobra sobre las políticas presupuestarias para poder invertir más en infraestructuras, investigación y desarrollo. Todo ello sin violentar en exceso las restricciones del Tratado de Maastricht.

Si este último razonamiento cuela (la duda ha surgido inmediatamente, al menos entre los países más rigurosos): ¿cómo se puede evitar que un primer ministro demasiado espabilado en período pre-electoral aproveche para implementar políticas de gasto excesivo? La receta de la Comisión parece equilibrada: mayor flexibilidad en los períodos de bajo crecimiento, y mayor rigor en las épocas de bonanza económica.

Pero claro, hay quien hasta hace pocos años no ha hecho mucho caso de estas recomendaciones (véase Francia y Alemania) y hay quien todavía va a paso de tortuga en la producción de estadísticas financieras con parámetros aceptables, como es el caso de Italia y sus informes sobre deuda pública.

El Euro no es el Dólar

El tercer y último frente abierto en Europa es el de las Perspectivas Financieras, con la pelea a cara de perro entre quienes quieren ampliar el presupuesto de la Unión y aquellos que quieren fijar un tope máximo de recursos financieros comunitarios en el 1% del PIB de la Unión.

Si aceptamos el razonamiento de Barroso, el crecimiento económico es fundamental para relanzar la agenda social. Sin embargo, el verdadero problema parece ser el hecho de que pocos en la Unión parecen darse cuenta de la siempre mayor necesidad de una palabra clave: "coordinación". Coordinación de veras. Coordinación de las políticas económicas, fiscales, presupuestarias y sociales.

A este respecto conviene citar la tesis de un interesante libro recientemente publicado: The Euro: Europe's Construction or Destruction? (Álvarez-Guégen, Editorial Eis). Según este libro, existe una diferencia fundamental entre el Euro y el Dólar. El primero es gestionado por el Banco Central Europeo (BCE), con el exclusivo objetivo de mantener la estabilidad de precios; el segundo por la Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed), que opera de acuerdo con el gobierno de Washington. Ello permite a los Estados Unidos usar el billete verde como el instrumento principal para impulsar el crecimiento y el empleo, a través de una coordinación en el terreno monetario, fiscal y presupuestario de las políticas económicas de la Fed y del Secretario del Tesoro. En síntesis, si el BCE opera en el marco de un "espléndido aislamiento" y sobre un único frente, el de la estabilidad de precios, la Fed utiliza el Dólar como mecanismo para impulsar el crecimiento económico. No es una diferencia baladí.

En estos momentos la coordinación económica en Europa se pierde en los laberínticos meandros de las infinitas discusiones en el seno del Eurogrupo, del Ecofin y de los propios gobiernos nacionales: las políticas económicas generales son decididas por los dos primeros órganos, mientras que las presupuestarias las cocina cada uno en su casa. Las fiscales se deciden por unanimidad entre los Estados miembro.

Reformar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento o la Agenda de Lisboa no basta: es necesario asumir otra decisión histórica, esto es, transferir al plano comunitario mayores competencias en materia económica, fiscal, presupuestaria y social. El objetivo final es armonizar estas políticas, manteniendo por supuesto márgenes de flexibilidad en el ámbito interno.

En cualquier caso, la semi-anarquía que ha reinado hasta ahora no ha favorecido ni a la moneda única ni a la economía continental. La UE debe por tanto dar un ulterior salto de calidad en la dirección de la integración comunitaria. La situación actual es demasiado híbrida.

Todas la revoluciones, incluídas las de la Europa económica y social, serán realizadas con muchos sacrificios. La mayor revolución será, para muchos, delegar ulteriores parcelas de soberanía nacional en favor de un mayor poder decisorio comunitario (donde decidirán de todos modos los representantes de los gobiernos y el Parlamento Europeo, no abstractas figuras de incierto origen).

Este parece ser el único camino. La Europa "potencia" es la única alternativa al "declive" de 25 Estados nacionales.