¿Se debe prohibir el Frente Nacional?

Artículo publicado el 13 de Noviembre de 2002
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Artículo publicado el 13 de Noviembre de 2002

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El partido francés de extrema derecha asusta por su discurso de violencia y de exclusión. ¿Pero la democracia debería tener miedo de los peligros de la libertad de expresión?

Después de la prohibición del partido vasco nacionalista Batasuna por las autoridades de Madrid, se plantea la cuestión de la legitimidad de los movimientos políticos europeos de extrema derecha, es decir su integración dolorosa en el juego democrático. En Francia, el Frente Nacional se distingue hace casi dos décadas por un éxito electoral constante y duradero, del cual la evidencia asombra y preocupa. Francia es una democracia parlamentaria, y la libertad de expresión es grabada en su replanteamiento nacional de 1789. Si cerca del 25% de sus ciudadanos apoya al partido de Jean-Marie Le Pen, le gustaría creer que es por responsabilidad y libertad. Sin embargo, los espíritus democráticos, por suerte la mayoría, soñarían con un debate político donde este partido sería ausente, porque su mensaje apunta a la violencia y a la exclusión. Es entonces fácil medir la importancia que tiene la pregunta de si se debe o no negar la existencia de este partido cuando representa, en sí mismo, un desafío a la democracia.

¿Se debe prohibir? ¿Se debe integrar en el juego tradicional político? Las preguntas reaparecen de vez en cuando.

Cuando el candidato Le Pen, en marzo del 2002, tenía dificultad para encontrar las quinientas firmas de miembros elegidos sin las que él no podía presentar su candidatura a la presidencia de la República, numerosas personalidades se habían elevado contra la censura de un movimiento que, tan asqueroso sea, juntaba desde quince años cinco millones de votos. ¿Es entonces necesario aceptarlo como una fuerza política normal? Pero esta tímida aceptación sólo dura el tiempo de una circunstancia excepcional, y, entre las dos vueltas de la misma elección presidencial, el debate tradicional entre ambos hombres seleccionados no puede ocurrir, porque el presidente y candidato Chirac se opone: debatir con el Frente Nacional no conduce a nada, su retórica es exclusiva y estéril, centrada en la exclusión y la violencia, explotando las frustraciones y el miedo. ¿Entonces se debe prohibir? Esta alternativa no se puede ignorar, no se puede apartarlo asimilándolo a una circunstancia de una crisis de la democracia, del valor político, del coraje el ciudadano. Los términos del debate echan raíces en las mismas fundaciones de la idea democrática y de su realización.

En la democracia pura, se respetaría el discurso del Frente Nacional

La democracia no es obvia, no existe bajo una sola forma, y su idea es difícil de entender. La democracia no es sólo una palabra, o los que piensan eso, justamente, no se atreven a reflexionar sobre esta idea, y se equivocan por su falta de precisión. Nuestra práctica de la democracia resulta de una síntesis dolorosa, nacida en la sangre del Terror, y luego de la Comuna, entre las ideas de liberalismo bastante autoritario y de democracia directa. De esto resulto nuestra actual forma institucional de democracia parlamentaria y representativa. Pero, lo que toca la libertad de expresión y la responsabilidad política sigue siendo impreciso, de cualquier manera, poco fijo, porque ubicado entre los varios componentes de esta construcción política cuya unidad es frágil. La idea pura de democracia incorpora naturalmente la libertad de expresión y el respeto a cualquier opinión, pero pone la condición de la responsabilidad de cada sujeto del cuerpo ciudadano; en otras palabras, en la verdadera democracia, cada ciudadano es educado, culto y conoce los peligros de los extremos. Siempre que habla de política, el ciudadano de la democracia pura está escuchado y respetado, y se sabe que no es necesario enseñarle la irresponsabilidad de sus posiciones porque se supone que su educación política es completa. Es lo que guía el respeto a cualquier opinión. Esta idea presidió al respeto del discurso del Frente Nacional. Bajo su influencia, esta la gana de debatir con este partido, de querer con toda honestidad demostrarle su error, esperar encontrar una ventaja en su discurso … Uno entonces se enfrenta con el debate sobre la reforma del sistema de votación de las elecciones legislativas: si la democracia invita toda opinión a participar a la construcción política del futuro de la nación, entonces es necesario introducir una votación proporcional, o al menos acercarse a esta idea como en Italia, y afrontar a deputados marcados con la llama tricolor.

Seguramente, este modelo teórico parece atractivo, pero es necesario aceptar la sensible diferencia de la realidad.

No, el Frente Nacional no es un partido político como los otros. Cuando el sistema de votación proporcional le permitió tener a treinta y cinco deputados en la Asamblea Nacional, del año 1986 al año 1988, el grupo parlamentario de extrema derecha se encerró en una oposición sistemática, provocativa y estéril, puntuada por una violencia verbal y gestual ridícula. Desde el año 1984, su docena de deputados en el Parlamento Europeo ofrece un espectáculo de la misma orden. Más de una exclusión por los partidos tradicionales, es el mismo partido extremista que se excluyó del juego político tradicional, por haber rechazado la oportunidad de pronunciarse de un modo argumentado y responsable sobre los grandes problemas de nuestro tiempo, si no es por el rechazo categórico y neurótico de todo lo que no tiene que ver con el autoritarismo místico de una Francia irreal. ¿En aquel caso, por qué dejar este partido estéril actuar y desarrollarse? ¿Por qué no prohibirlo? Uno recuerda el fracaso general que hubo después de la aceptación por el presidente de la región Rhône-Alpes, Charles Millon, de los votos de los miembros de los elegidos del Frente Nacional que permitían su reelección. El presidente de la República, Jacques Chirac, lo había condenado denunciándolo como un partido “racista y xenófobo”. Charles Millon había contestado proponiendo una alternativa: o el Frente Nacional es efectivamente un partido racista y xenófobo, y entonces es necesario prohibirlo, como lo prevé la ley en estos casos, o no se prohibe y tiene entonces un lugar en la política si recibe votos. Además de la irresponsabilidad de un líder quien temía perder su lugar, uno se da cuenta de la dificultad de la respuesta.

En el reino de la incertidumbre, el FN es rey

Se ve que la respuesta a la prohibición es difícil, especialmente si uno realiza la posición que el partido de extrema derecha adquirió estos veinte últimos años. Algunos dijeron que su audiencia se debe al Machiavelismo de François Mitterrand que hubiera querido entonces crear un cuerpo que podía robar votos a la derecha clásica sin que pueda pactar con ella. Puede ser. Otros también dijeron que representaba el DECLIN del hombre político y de su coraje, de la carencia de proyecto de una sociedad en descomposición. Puede ser también. Pero si uno se obliga a ser realista y exacto, hay que admitir que el Frente Nacional juega el papel del partido que, seguramente irresponsable, recupera votos de los que saben para qué votan. Es cierto, que el partido ha sido creado en el año 1972 por nostálgicos de todo tipo, algunos glorificando la OEA, otros el Occidente, otros Louis XVI. Era, y todavía lo es, un partido sin programa y sin coherencia, cuyos ejecutivos eran viejos paracaidistas o viejos académicos extrañando el aliento revolucionario y místico. Pero es necesario hacer una distinción entre estos ejecutivos y sus votantes. Contrariamente a lo que uno puede pensar, la audiencia del Frente Nacional es constante desde el año 1988, es decir que la extrema derecha recoge cada elección presidencial cinco o seis millones de votos, la mayor parte concentrándose en la personalidad de Jean-Marie Le Pen,, otros en otras candidaturas como la de Philippe de Villiers en el año 1995 o de Bruno Mégret en el año 2002. El Frente Nacional, durante estos quince años, supo aprovecharse de los grandes cambios de una sociedad cuyos partidos políticos que estaban en el poder no supieron ofrecer otra esperanza a su gente que la de poder consumir. El tiempo de las ideologías había traído alguna certeza al votante; pero durante veinte años siguientes, hubo no solamente la crisis del movimiento obrero (el partido socialista tendió a girar hacia un liberalismo social inseguro), pero también el interrogatorio sobre el compromiso social de la posguerra por el desmontaje del sistema público, hecho en nombre de un neoliberalismo que sumaba a la incertidumbre. Todo esto hizo que las clases populares (al menos un tercio de ellas) empezaron a votar a favor del Frente Nacional protestar contra toda esta incertidumbre que rechazaba la derecha y ignoraba la izquierda. Relegadas a los suburbios que, sanas en 1960, se habían vuelto peligrosas en 1990, las clases pobres vieron sus profesiones cambiar, su trabajo volverse precario en nombre de la flexibilidad y las disparidades deteriorarse. Era fácil explotar el miedo y la angustia de la miseria, persuadiendo de una seguridad colectiva, el de la nacionalidad, '”ser francés”', además cuando el partido extremista supo aprovecharse del rechazo del partido socialista en reconocer su oposición nacionalista al liberalismo, concepto, por definición, apátrida.

Es así que el Frente Nacional fue explotando el miedo y comenzó a crecer. Él debe seguir asustando: creímos que su audiencia no iba a sobrevivir a su fundador, pero la reciente aparición de su hija Marine indica que el partido puede encontrar un nuevo aliento, una imagen más joven, y esto es una nueva razón para luchar en su contra. Pero vimos que era difícil prohibirlo. Batasuna fue prohibido en España, pero este partido, de manera evidente, había roto el contrato Social por no haber condenando los atentados de ETA que mataban a civiles todos los meses.

Cuando un partido, por esta irresponsabilidad pública, se hace cómplice de esta violencia mortal, él viola el Contrato que lo ata al ciudadano. No se puede decir lo mismo del Frente Nacional. Es cierto que este partido tiende a la violencia, a la irresponsabilidad, a la exclusión, a la intolerancia. Es cierto que no tiene ningún programa, ningún proyecto, solamente angustias que explotar y ocasiones para agarrar. Pero jugó el papel del depósito contestatario que subrayó la decepción y la angustia de la incertidumbre. No se prohibe un partido por eso. Por eso, hay que pelear, modernizarse, acercarse a estas clases populares que nos dejaron por él, y uno vuelve a producir esperanza y proyectos solidarios.