¿Se ha recalentado el motor alemán o está en boxes?

Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2003
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Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2003

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Al igual que Ralf Schumacher durante la sesión de entrenamientos de septiembre, la economía que nos han dado los BMW, los Audi y los Volkswagen se ha estrellado. ¿Puede salvarse el modelo alemán o están definitivamente fuera de la carrera?

Guangzhou, 4 de enero: Acaba de inaugurarse la primera feria mundial en un ultramoderno recinto de congresos de una metrópolis del sur de China. Los líderes económicos, como Japón o los Estados Unidos, han puesto sus stands en el corazón de la exposición. Sin embargo, Alemania es un diminuto actor sin importancia relegado a una lejana esquina. Ahí, sus representantes en la feria mundial esperan por allí con apuro una llamada del primer ministro Coreano: tenía compromisos muy importantes, pero accedió a venir por la antigua lealtad.

Esta historia es un extracto de ¿Aún pueden salvarse los alemanes?, de Henzler y Spaeth, publicado hace casi una década. No se trata de una historia real, sino simplemente de una irónica especulación; la mencionada feria de comercio se sitúa en el año 2022. Aún así, es un extracto bastante representativo del creciente autoanálisis que ha contagiado las columnas de opinión alemanas en los últimos diez años.

Y no, completamente, sin razón. Desde hace diez años, la economía alemana, la que fuera el motor de Europa, se ha calado. El PNB per cápita del año pasado era de $26.600, colocaba a Alemania en el noveno puesto entre los países europeos. Gracias al robusto crecimiento de Finlandia, las cifras de este año relegarán a Alemania hasta el décimo puesto. El Reino Unido le va a la zaga y siguiendo las tendencias actuales le adelantará en dos o tres años: mientras tanto, países del final de la caravana, como España o Eslovenia están avanzando posiciones. Un país como Irlanda, que en tiempos de la reunificación alemana era considerado como una economía retrasada está ahora en la pole position con $30.500.

Al igual que Ralf Schumacher durante la sesión de entrenamientos de septiembre, la economía que nos han dado los BMW, los Audi y los Volkswagen se ha estrellado. En los último diez años, el promedio de crecimiento anual de Alemania ha sido de un triste 1,3%, la mitad que el Reino Unido (2,8%) o España (2,8%), y muy por detrás de Finlandia (3,5%), Luxemburgo (4,5%) o Irlanda (7,8%). En otras palabras, mientras Alemania está en boxes, los otros países están remontando puestos, le están adelantando.

Aún así, lo extraño es que Alemania no está sola en su alejamiento. Otros países del continente, como Austria, Francia, Suiza o Italia lo ha hecho un poquito mejor. En realidad, Suiza, con un 1,0% de crecimiento cada año, hoy por hoy, lo ha hecho peor.

Aún no está fuera de carrera

¿Qué funciona mal en estos países? En los años 60, el sociólogo Daniel Bell escribió un libro titulado La llegada de la sociedad post industrial que rompió los esquemas establecidos. En este libro argumentaba que tras la revolución industrial del siglo XIX, en la que los países occidentales orientaron sus economías de la agricultura a la manufactura, habrá una revolución post industrial en la que los países en cabeza de los avances tecnológicos pasarán de la producción industrial de bienes a nuevas industrias del sector servicios, como las gestorías, programas informáticos o la industria cultural. Hoy en día podemos constatar que sus predicciones eran en gran medida correctas. En todos los países desarrollados, guiados por los Estados Unidos y seguido por los países escandinavos y anglosajones, el sector servicios empequeñece a los sectores industriales y agrícolas y es el principal combustible de la aceleración económica.

Sin embargo, Alemania sigue anclada en los años 70. Mientras las empresas estadounidenses se han subido al carro de las nuevas tecnologías, como los ordenadores, las telecomunicaciones o la biotecnología, Alemania ha optado por refinar las versiones existentes de sus productos, como son los coches y la maquinaria. Hay demasiados coches y demasiada maquinaria para comprar en el mundo. En 1997, la cuota alemana de comercio mundial de maquinaria y automóviles alcanzó un sorprendente 20%, contribuyendo sólo con un 7% al comercio de la tecnología informática. Y es ahí, en los ordenadores y no en la maquinaria industrial, donde se obtienen beneficios hoy.

Así pues, como le gusta afirmar a los economistas neoliberales, el problema no se encuentra en el modelo de organización de la empresa en Alemania: el llamado Modelo Rhineland, grandes incentivos para la inversión en formación de los trabajadores, salarios altos, grandes gastos en investigación y una serie de productos que van mejorando. El problema radica en que las empresas alemanas están en un primer puesto que no es el adecuado: deberían estar desarrollando móviles, ordenadores, programas informáticos o biotecnología, en lugar de agotar las posibilidades de los diferentes modelos de coche.

20... 10... La última cuenta atrás

Volviendo a lo planteado por Henzel y Spaeth, ¿aún pueden salvarse los alemanes?, bueno, hay algunas señales positivas. En 1995, el gobierno alemán anunció la creación del Bioregio, un concurso público para la asignación de subvenciones regionales a la biotecnología y como consecuencia el número de empresas del sector se triplicó. Mientras tanto, Alemania es el líder mundial en el desarrollo de los programas llamados de código abierto, lo que puede suponer el comienzo del fin del monopolio de Microsoft. Además, si la Agenda 2010 de Schröder es finalmente aprobada, será más fácil para los empresarios ponerse en marcha, así que en el siglo XXI, Alemania estará de nuevo en la vanguardia de las nuevas tecnologías.

Hubiese sido mejor, por la tranquilidad de Europa, que esas medidas hubiesen sido puestas en marcha a corto plazo. La economía alemana no es tan sólo una potencial fuerza fundamental en la dirección de la economía europea, también es una gran inspiración para la integración europea y la principal fuente de inversiones para los países de Europa central que se unirán el año que viene. Sin embargo, a pesar de que la Agenda 2010 ha despertado las críticas de la izquierda alemana, los socialdemócratas del resto del continente están deseando su éxito, ya que el modelo Rhineland es la única alternativa al capitalismo anglosajón y cuando se estrella, la credibilidad de cualquier alternativa al Consenso de Washington también se estrella contra el muro.