Sin buena comunicación no hay apoyo a la Constitución

Artículo publicado el 23 de Mayo de 2005
Artículo publicado el 23 de Mayo de 2005

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El principal fracaso en la promoción de la Constitución europea es la estrategia de comunicación. ¿Qué hacer?

Una de las principales razones por las que se elaboró la Constitución europea fue supuestamente para corregir el desentendimiento ciudadano respecto a Europa. La idea era que una constitución acercara la Unión Europea a sus ciudadanos haciéndola más llevadera y más amigable. Pero si Francia, el país que ha hecho más que ningún otro por crear y dar forma a esa UE, no puede vender los beneficios de ésta a sus ciudadanos, ¿quién puede hacerlo?

El mensaje no llega a los ciudadanos

La difícil tarea del presidente Chirac y de la campaña por el Sí en el próximo referéndum francés es símbolo de los fracasos comunicativos de ambos, de las instituciones europeas y del Parlamento, algo que ya ha quedado patente en las elecciones europeas, donde hubo menos de un 45% de participación el pasado año.

Las tensiones en la campaña por el Sí son una llamada de atención a las elites dominantes de toda Europa. Durante demasiado tiempo han dado por sentada una creciente influencia por parte de la UE. Para consternación de Chirac, el referéndum ha revelado un sentimiento de frustración reprimido para con la UE. Incluso en el resto de Europa, los referendos sobre la Constitución se han convertido en el primer gran examen de opinión pública sobre la Unión Europea y sus dirigentes.

Los apuros franceses han mostrado la brecha existente entre la retórica y la realidad que tan fríos y confusos deja a los ciudadanos. En enero, el Eurobarómetro publicó que apenas el 50% de los ciudadanos conocía algo sobre el Tratado Constitucional europeo. Aún peor: una tercera parte no había oído nunca hablar de él. Las consecuencias son peligrosas: hay una evidente ausencia de legitimidad popular en el corazón de Europa.

El mercado único es aburrido

Quizás lo más llamativo sobre la campaña francesa por el Sí sea su completo fracaso a la hora de convencer a la gente acerca de los éxitos de la UE. Aún hablando positivamente sobre la constitución, tampoco se conseguirá. El principal argumento del presidente Chirac para apoyar la Constitución ha sido insistir en que se trata de un documento francés que protege contra el liberalismo anglosajón, “el comunismo de nuestra época”, tal y como él lo ha definido. Este recurso basado en lo “anglosajón” es una prueba de que su misión para convencer al pueblo está fallando.

Por lo tanto, ¿por qué los propios ciudadanos europeos se muestran hostiles para con las virtudes de la UE? Primero, como el señor Chirac descubrió cuando se dirigía a los jóvenes en un debate televisivo el pasado mes de abril, el argumento de que la Unión Europea ha acabado con las guerras del continente no cuenta demasiado para las nuevas generaciones. De la misma forma, su discurso sobre la prosperidad auspiciada por la integración no seduce a las poblaciones de países con tasas de paro ascendente, como las de Alemania o Francia. Como dijo una vez Jacques Delors, ex-presidente de la Comisión Europea, la gente no pueden enamorarse de un mercado único.

Su comentario sirve de ejemplo para ver la dificultad que conlleva convencer a la gente de que la compleja y tecnocrática política europea realmente mejora la vida de las personas. Lo que no impide que esta tarea sea también obligación de políticos y tecnócratas.

Por otra parte, el más reciente éxito de la UE, la extensión de la democracia a países que hasta hace poco eran comunistas, está hundiendo la popularidad de la Unión en algunas naciones como Francia. La campaña gala por el No ha insistido sobre la posibilidad de que los nuevos miembros representen una amenaza para la visión francesa de la “Europa Social”, debido a sus políticas económicas poco sociales. Otra explicación sobre la antipatía popular hacia la UE es la de la tendencia de los políticos de toda Europa a usar a ésta para sus fines políticos dentro de cada país. A menudo ha significado nombrar a Bruselas como cabeza de turco para desviar la atención de los problemas nacionales. En gran Bretaña, por ejemplo, el gobierno laborista no ha dudado en echar la culpa del aumento de la burocracia interna a Europa.

Esfuerzos para solucionar los problemas de comunicación

En un intento por combatir los problemas de imagen, se creó el pasado año el puesto de Comisario de relaciones Institucionales y estrategias de comunicación. Margot Wallström, a quien le fue encargada la nada envidiable tarea de mejorar la percepción de la UE por parte de la ciudadanía europea, promueve a un cambio radical en la organización de las estrategias basadas en la regionalización de las políticas europeas de comunicación. Wallström reconoce que hay demasiados mensajes diferentes que llegan desde Bruselas y no hay suficiente personal para comunicar esos mensajes. “En muchos departamentos incluso no hay ni gabinete de prensa”, explica. Esto da mucho margen a los medios de comunicación para imponer sus propias agendas. Además, con un presupuesto global para temas de comunicación de 200 millones de euros en 2005, ¿qué se puede esperar?

Vistos los problemas internos, es paradójico que la idea de integración europea sí seduzca en el resto del mundo. La ampliación europea del pasado año y el crecimiento de la lista de países deseosos de entrar a formar parte del club, demuestra que la UE transmite un mensaje externo positivo como organización que ha promovido 50 años de prosperidad, libertad, paz y estabilidad. Pero incluso si los votantes europeos aprueban la Constitución, Bruselas debe tomar nota para mejorar en el futuro los argumentos que convenzan a los ciudadanos acerca de los beneficios de formar parte de la Unión europea. Si se rechaza, la Constitución no se convertirá en el símbolo una UE cercana al pueblo, sino que será un veredicto condenatorio. Bruselas y los gobiernos nacionales son los únicos responsables.