“Skate” en Berlín: subcultura sobre una tabla

Artículo publicado el 22 de Junio de 2012
Artículo publicado el 22 de Junio de 2012
Tras el éxito cosechado por This Ain’t California (Esto no es California), una película sobre la llegada del skate a la antigua RDA, parece que los skaters siguen conformando una subcultura. Nos acercamos hasta Firedrichshain, barrio de Berlín del Este, para comprobar si la cultura skate todavía va sobre ruedas.

Alemania, principios de los años ochenta. Denis es un chico con una infancia marcada por un padre autoritario que quiere convertirlo en campeón de natación. Una tarde, alertado por el ruido del roce sobre el asfalto, salta por la ventana de su vivienda en Olvendest, cerca de Magdeburg, y se encuentra por primera vez con un monopatín. Ya en 1985, Denis entra en una fase de cambio, abandona la natación y parte hacia Berlin del Este, donde se convertirá en Panik, uno de los skaters más emblemáticos de la Alemania Oriental.

El skate en la RDA: un “virus procedente del márquetin estadounidense”

Como la de Denis, hay cientos de historias. Muchísimas personas que ahora tienen entre 30 y 40 años pueden hablar de sus infancias grises en la comunista República Democrática de Alemania (RDA). Sin embargo, la de Denis protagoniza una película laureada tanto en la Berlinale, con el premio “Diálogo en perspectiva”, como en el Festival de Cine Independiente de Cannes, galardón al mejor documental. This Ain’t California cuenta las infancias y adolescencias marginales de un grupo de muchachos en una sociedad más que reacia a cualquier tipo de alternativa. “La sociedad de la RDA estaba politizada hasta un punto difícil de imaginar hoy. Los niños tenían que aprenderse de memoria los himnos políticos, saludar a la bandera y desfilar cada semana con los líderes socialistas”, explica el director del filme, Martin Piersel, que se encuentra ahora en Nueva York en plena campaña de promoción. Para él, This Ain’t California trata de varios skaters que vivían esencialmente bajo la vigilancia política. De hecho, cuando los niños ven un skate por primera vez en una serie de televisión eslovena, los medios de comunicación lo tachan de “virus procedente del márquetin estadounidense”.

Contracultura, mainstream y anormalidad

Micha, que también ha sido el representante de Nina Hagen, tiene ese atractivo de quien está en sus cuarenta y trabaja en la producción cinematográfica. De hecho, parece sentirse cómodo vistiendo de manera juvenil.Aunque la película no aborda directamente la cuestión de la contracultura, sí que muestra a menudo que el mero hecho de patinar era en la RDA un acto de desobediencia civil: “Las calles en la Alemania del Este no estaban hechas para jugar”. Acomodado en un café italiano situado frente a la sede de su empresa, Wildfremd, Michael Schöbel –uno de los productores del filme– prefiere no pronunciarse sobre la vertiente política del tema: “Cuando eres skater, vives a dos centímetros del suelo y el paisaje desfila sin cesar. Si pasas la mayor parte de tu vida sobre un monopatín, todo es diferente”. Parece ser, pues, que el skate es un sentimiento que “solo pueden sentir los skaters y que suscita reacciones en la ‘gente normal’, que no puede hacer lo que tú haces”. ¿Los skaters se salen de la norma? “Son más libertarios que la mayoría. Comparten unos valores propios. Martin no habría podido dirigir esta película si él mismo no hubiera sido skater”.

En su gorra se leen las iniciales de Los Ángeles, un guiño a la cultura estadounidense que ha inspirado a muchos: “Hay un montón de cosas que vienen de Estados Unidos: ellos sentaron las normas”.Parece que hay un consenso acerca de la identidad cultural del skateboarder en Berlín. Si antes de que cayera el Muro, el skate constiuía de facto una subcultura, una manera de pensar y vivir singular; hoy en día sigue siéndolo. A orillas del río Spree, en pleno corazón del barrio de Friedrichshain, escondido tras enormes almacenes marcados con grafitis, se encuentra la Skatehalle: el mayor espacio consagrado al skate en Berlín, con una rampa exterior y un skatepark en el interior. Rodeado de chicos con barba, pendientes y tatuajes, y chicas vistiendo pantalones bajos, Daniel, de 27 años y responsable de comunicación, afirma que “por supuesto que se trata de una subcultura. Porque está lejos de la corriente mayoritaria. Hay gente que no entiende el skate porque no se trata de un deporte al uso. No hay una federación oficial, por ejemplo. Más que un deporte, es una forma de vida”. Daniel se subió a su primera tabla en 1997, hace 15 años. Hoy define la cultura del skate con un concepto tan vasto como amistad: “Da igual a qué lugar de Berlín vayas, coge tu skate y ya tienes algo en común con los demás. Es algo que surge de forma natural, es un sentimiento que hace que los skaters sean únicos”.

“Da igual a qué lugar de Berlín vayas, coge tu skate y ya tienes algo en común con los demás. Es un sentimiento que hace que los skaters sean únicos”. Daniel, skater desde 1997.

Saludos como los que se dedican los raperos de la Costa Oeste, pantalones Carhartt y luz crepuscular sobre una gran avenida: mientras suena una canción de los Beasty Boys, el sol se pone y sus últimos rayos acarician la silueta de 30longboarders listos para salir en grupo. Esto no es California, sino la Grünbergerstrasse, también en el barrio de Friedrichshain. Frente a la tienda de longboard de esta calle, acostumbran a reunirse todos los miércoles cerca de treinta longboarders antes de salir a patinar por Berlín. Entre ellos está Janko Lehmann, un joven de 18 años originario de Eslovaquia: “Empecé hace tres años. Encontré un grupo al que me añadí: una especie de comunidad libre”. Piensa lo mismo que Daniel, para quien el longboard es, como el skate clásico, una subcultura. Janko continúa: “El skate es como una segunda familia. Para considerar el skate como subcultura, hay que vivirlo. Es algo que, más que explicarse, se siente”. Y concluye: “En cierta medida, cuando eres skater, estás al margen”.

Un amigo de Janko comenta mientras este hace unos saltos sobre la acera: “Sinceramente, no había visto nunca a alguien tan bueno como él para su edad. Es una estrella del 'skate'”.

Janko no llega a creer que se pueda hacer una revolución con un monopatín. El Muro de Berlín cayó y muchos skaters aprovecharon sus ruinas para hacer allí sus cabriolas. Con la apertura, el skate en Berlín se democratizó y ya no es el legado de un grupo de irreductibles liderado por un antiguo aspirante a campeón convertido en un joven punk. Sin embargo, sigue echando raíces. Crecen nuevas generaciones de skaters que comparten un estilo propio y una manera de ver el mundo diferente “de la gente normal”. Y, sobre todo, permanece cierta idea de multiculturalidad, que se aprecia en lugar de ideas tan vagas como la amistad, la libertad y el placer de estar juntos. En el 45º aniversario del Club deSkateboard berlinés, que tuvo lugar el pasado 26 de mayo en la Skatehalle, Daniel y sus amigos organizaron una competición de estilo libre para los más pequeños. Tras nuestro encuentro, me da la chapa promocional del evento con una sonrisa maliciosa. En ella se lee “Children of the Revolution” (“Niños de la Revolución”). ¿Todavía tan rebeldes?

Este artículo forma parte de Multikulti on the Ground 2011-2012, una serie de reportajes sobre el multiculturalismo realizados por cafebabel.com en toda Europa.

Fotos: portada y Micha Schöbel, © Maria Halkilahti; Daniel y Janko, © Matthieu Amaré; vídeo: bestensgelaunt/YouTube.