[spa] Guyarat: en los brillanes ojos de krishna (2º parte)

Artículo publicado el 29 de Octubre de 2013
Artículo publicado el 29 de Octubre de 2013

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Curry dulce, desiertos de sal y dioses vivientes: Guyarat no es como la India que probablemente conozcas. En la región de Kutch se entremezclan espectaculares escenarios naturales con magia teñida de rojo brillante y vibrante rosa. Si tienes suerte, puede que incluso logres divisar a Krishna bailando. Pero, ¿por qué es tan especial Guyarat?

Si quieres entender Guyarat, no te bastará con visitar a Krishna, chupar un trozo de jaggery y contemplar el mar Arábigo durante horas, sino que también necesitarás aventurarte en el desierto. El Rann de Kutch (la marisma salobre de Kutch), como se conoce el enorme desierto de sal y arcilla en el oeste de Guyarat, tiene una extensión de más de 28 000 km2 y prácticamente es un país por derecho propio. Todos los años, el monzón y el mar Arábigo inundan las extensas llanuras desérticas y empapan el suelo de agua salada. Lo que queda se asemeja a un inquietante paisaje lunar en el que, tras unos instantes, el ojo humano pierde por completo el sentido de la orientación. Las placas de sal crujen a cada paso, la dura corteza se resquebraja en algunos puntos, haciendo que rezume una sustancia negra por las grietas: los restos de petróleo, cieno marino y arcilla del subsuelo se combinan resultando en una mezcla pegajosa. Hace mucho tiempo, las tribus nómadas atravesaban regularmente el Rann, pero desde que la India y Pakistán se separaron después de lograr la independencia en 1947, la frontera entre ambos países divide el desierto de sal por la mitad. Actualmente, en esta zona militar solo se encuentran todoterrenos del ejército indio. Es casi hasta irónico que tanto Mahatma Gandhi como Muhammad Ali Jinnah, el padre de la nación pakistaní, fueran guyaratis.

En los estrechos carriles de Bhuj, una ciudad desierta en la región de Kutch, quedan algunos indicios de la vida nómada de siglos pasados. Aquí, las mujeres meghwal y de otras tribus pasean por las calles flanqueadas por pequeñas tiendas de ropa y puestos de recuerdos. Sus ropajes son mágicos: llevan las camisetas tradicionales que cubren los brazos y hombros pero que dejan la espalda completamente descubierta, decoradas con intrincados bordados, espejos e hilos dorados. Las mujeres además visten faldas repletas de bordados, velos negros y pendientes en las orejas y en la nariz. Para muchos diseñadores de ropa en Occidente, la región de Bhuj es un lugar mágico donde pueden redescubrir viejas técnicas de costura e impresión y buscar inspiración. “La cultura textil de Kutch es única e incluye toda clase de sectores sociales y grupos religiosos. Tanto las mujeres hinduistas como las musulmanas crean bordados, pero los colores, patrones y técnicas que usan son fundamentalmente diferentes.” Por desgracia, en el siglo XXI este es un arte que está al borde de la extinción, se lamenta Vikram, cuya familia ha abierto un museo de artes textiles en Bhuj.

Aunque el arte del bordado, impresión y acolchado todavía se fomenta en los pueblos de Kutch, la época actual, con las fibras artificiales, colores vivos y textiles baratos, ha acabado con gran parte de la industria tradicional. “Mucha gente prefiere camisetas o sarees de confección. También están cambiando las preferencias en cuanto a colores. Los nuevos bordados suelen ser de colores como rosa neón o morado y la calidad del material es peor.” Esa es la razón por la que la familia de Vikram reúne faldas, chalecos, bolsas, rallis (edredones) y bolsas de dote para exhibir en su museo y para conservar por lo menos algunas de las obras de arte de la región. Algunas ONGs también han redescubierto el arte del bordado: algunas de las mujeres meghwal, que pasean por las calles a última hora de la tarde riendo y cotilleando, trabajan para pequeñas cooperativas que venden textiles de alta calidad a precios equitativos.

Todavía es relativamente raro ver extranjeros en Guyarat. Quizás es porque el estado desértico aún tiene  la reputación de ser de difícil acceso. Puede que sea más fácil canalizar los grupos de turistas al vecino Rajasthan. Sin embargo, las ciudades como Pushkar, Udaipur y Jaisalmer están tan preparadas para el turismo que no podrás evitar sentirte como si hubieras entrado en una Disneylandia india donde las relucientes decoraciones exóticas están hechas solo de plástico y cartón. Naturalmente, la invasión de la cultura de producción y consumo no ha perdonado a Guyarat, al fin y al cabo es solo cuestión de tiempo. No obstante, se tiene una sensación totalmente mágica al abandonar la Disneylandia de neón para adentrarse en un curioso país de cuento de hadas en el que la combinación de tradición y modernidad, de mito y realidad se consigue de forma más harmónica y cuidadosa.

Si te gusta la soledad lejos de las rutas turísticas, te encantarán Guyarat y Kutch. Por suerte, muchos de los desvencijados autobuses de la compañía de transporte público del estado se adentran en el desierto. No muy lejos de la frontera con Pakistán, aproximadamente a unas cuatro horas de Bhuj, el pequeño monasterio de Than, que se alza entre dos rocas y maleza seca, es el hogar de un monje y sus criados, los cuales llevan una vida tranquila y solitaria. Con un permiso policial para zonas restringidas, puedes pernoctar en una de las habitaciones del segundo piso, decoradas con hermosos cuadros y tallas en arenisca. El monasterio, sin embargo, se encuentra en un estado bastante desolado: no se han llevado a cabo muchas restauraciones desde el devastador terremoto de 2001, que dejó 20 000 muertos y 167 000 heridos y destruyó gran parte de los asentamientos de la región de Kutch. Es tal el estado de deterioro que los pavos reales que deambulan por la maleza no pueden sino alegrarse. Columpiándose desde las ramas, les basta con un salto a través de los muros rotos para aterrizar (a veces en silencio, otras profiriendo fuertes alaridos) en el patio del monasterio.

A medida que el sol se pone lentamente tras las colinas que separan la India de Pakistán, el cielo se empapa de rojo mientras que en la maleza baja empiezan a emerger sombras azuladas. En el crepúsculo, los pavos reales danzando casi parecen criaturas míticas. Quizás el mismo Krishna esté bailando entre los árboles con sus gopis.  Contemplando el inhóspito paisaje y cegada por la extraña luz con sus muchos colores, no siempre es fácil discernir entre los cuentos de hadas y la realidad en Than, ni en el resto de Guyarat. En el fondo, resuena un mantra entre los muros del monasterio. Lentamente, el sonido de una vieja televisión se impone cuando el monje se prepara para disfrutar de su actividad nocturna: ver viejas series de los 80 sobre Shiva y Krishna, adornadas con un montón de maquillaje, purpurina y efectos especiales. La embriaguez de esta mezcla de cuentos de hadas y capitalismo, rosa neón intercalado con azul oscuro, de los míticos cultos de Krishna y las series de televisión modernas hace que resulte ineludible darse cuenta de una cosa: Guyarat es mágico.