[spa] guyarat: en los brillantes ojos de krishna (1º parte)

Artículo publicado el 29 de Octubre de 2013
Artículo publicado el 29 de Octubre de 2013

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La India es mágica, pero Guyarat lo es aún más. No solo es el antiguo reino de Krishna, sino que también es el hogar de muchas castas y tribus que crean algunos de los bordados de colores más bonitos  del mundo. Curry dulce, tortugas gigantes y desiertos dorados: Guyarat es un cuento de hadas. 

Rojo oscuro veteado en los umbrales de piedra. Blanco vibrante en los kurtas y toldos, intercalado con rastros descoloridos de tonos violáceos. Arena y templos de oro oscuro. Restos rosados y rosa palo en las junturas de arenisca. Negro arrugado y azul tinta en las faldas y las manos de las mujeres que pasean tranquilamente por las callejuelas de una ciudad desierta en una fresca mañana de primavera. Cuando llegas por primera vez a las tierras polvorientas y empapadas de color de Guyarat, no podrás evitar dejar escapar un suspiro. ¿Qué es lo que hace que estas ruidosas calles, los bancos pegajosos de las tiendas de té, los diligentes dhaba wallahs, los mercadillos abarrotados, los templos, las farmacias y los ascetas errantes de Guyarat sean tan diferentes?

“Guyarat no es como otras partes de la India. Guyarat es un país mágico.” Anil, el dueño de una pequeña dhaba en el centro de Dwarka, no solo sirve chapatti (pan) and sabji (hortaliza) a sus clientes, sino que también teje fabulosos relatos surrealistas totalmente acordes con la capital del reino mitológico de Krishna en la península de Kathiawar. En ocasiones, Anil habla de las tortugas gigantes del mar Arábigo para pasar a hablar de Krishna como amante divino y, a veces, de los problemas financieros de su familia. No pasa solo en Dwarka; en toda la India los mitos y la realidad están sorprendentemente unidos. En Guyarat, sin embargo, la magia parece ganar a la realidad a pesar de las ruidosas vespas, el sonido de los teléfonos móviles y los carteles de neón que anuncian sopa instantánea. En este estado con fuerte presencia hindú no solo se encuentra Ahmedabad, el lugar de nacimiento de Mahatma Gandhi, sino también Dwarka, una de las siete ciudades más sagradas de la India. Quién vive y muere aquí tiene muchas más posibilidades de alcanzar el moksha, la liberación del círculo eterno de reencarnaciones.

Esta es también una de las razones por las que muchos sadhus, ascetas errantes ataviados de naranja y azafrán deambulan por las calles de la pequeña ciudad, cuyos ghats dan al mar. Felices en solitario o en pequeños grupos, se dan un paseo hasta el Shri Dwarkadish Mandir, un famoso templo en honor a Krishna donde sus sacerdotisas, ataviadas con hábitos de seda verde y rosa, veneran al dios en su forma de Shrinathji, haciendo uso de flores, leche y ghee (mantequilla clarificada) en abundancia. Los muros de piedra todavía retienen brillantes tonos rojos y rosas y la mayoría de los azulejos reflejan un suave color rosado. Solo ha pasado una semana desde Holi, el festival indio de la primavera, que tradicionalmente se celebra con una gran cantidad de polvo de colores vivos. En un pequeño muro, tres ancianas en sarees azul oscuro y con el rostro y el cabello ocultos tras largos pañuelos esperan la ceremonia crepuscular de pooja. Los elegantes dibujos negros tatuados en sus manos y antebrazos inmediatamente indican su pertenencia a un grupo étnico cuyos miembros se describen a los extranjeros de manera aleatoria como gitanos, tribales o intocables.

Mientras que el vocablo español gitano parece bastante negativo y más bien poco ambiguo, las gentes a las que describe en el oeste de la India se dividen en un número infinito de subgrupos o jati (castas), de modo que la confusión parece inevitable. Gracias a sus coloridas ropas bordadas, los meghwal destacan claramente. Su número asciende a unas 285 000 personas aproximadamente en el estado de Guyarat. En el sistema tradicional de castas, la mayoría de estos grupos tribales son dalits (intocables) cuyas vidas han mejorado algo en el siglo XXI gracias a una discriminación positiva legal a favor de las llamadas “castas y tribus protegidas”, pero en su mayor parte siguen estando aislados de otros sectores de la población. Un observador ignorante solo podría discernir que las tres mujeres en Shri Dwarkadish Mandir son viudas, pero no podría conocer su procedencia étnica. La belleza de sus rasgos y de sus brillantes ojos negros permanece intacta a pesar de la edad. Las tres mujeres desaparecen entre el gentío cuando diez maquillados brahmans que portan campanas y entonan mantras inician la pooja dando saltos frenéticos. Mientras el sol se pone sobre el mar Arábigo y el cielo está envuelto en rosa y azafrán, la multitud congregada canta y baila, temblando con el sonido de cada gong y cada vez que se entona el nombre de Krishna.

Este último seguramente es el dios más humano del panteón hindú. Por consiguiente, la mayoría de sus seguidores tienen más predisposición a adoptar una exuberancia religiosa y estética que los miembros de otros cultos. La piel de Krishna, descrita como negra o azul en los textos mitológicos, hace referencia tanto a la belleza del cielo como al dios Vishnu, cuyo octavo avatar (encarnación) es Krishna. Dependiendo de dónde te encuentras en la India, Krishna puede ser venerado como un niño pequeño que se deleita robando dulces, un apuesto flautista con la habilidad para seducir a cualquier mujer o como un sabio guerrero. Su predilección por los placeres terrenales, la belleza y el amor físico se expresa mediante los exuberantes ritos de los cultos que le veneran. Cuando se ha encendido la última vela y el último mantra ha dejado de oírse, los fieles abandonan el templo y van a los ghats, los escalones de piedra que bajan hasta el mar Arábigo, donde se realizan las abluciones rituales. Sin embargo, en la cálida y casi impenetrable oscuridad de las noches del oeste de la India es demasiado tarde para esto. En su lugar, la mayoría de peregrinos compran dulces en pequeñas tiendas. Con el crujido de las bolsas de patatas y hablando en voz alta, se sientan en los ghats a comer su prasad (ofrenda ritual) mientras contemplan fijamente el rielar del mar.

“¡Los habitantes de Dwarka son tontos de remate! Tienen una playa preciosa delante de las narices y solo van a bañarse a los ghats.” Anil niega con la cabeza. Para él es un misterio por qué hay tantos indios que no saben nadar a pesar de vivir junto al mar. Si desciendes al pequeño muelle detrás del templo, puedes cruzar la bahía en un bote por 10 rupias (11 céntimos) y contemplar cómo la blanca playa se despliega con elegancia ante ti. No se ve un alma en kilómetros, por lo que las conchas más rojas y violetas están aún por descubrir. Las blancas redondeadas se llama ojos de Shiva, porque se cree que son tan hermosas y brillantes como los ojos del más grande de los dioses, explica Anil. Después señala al mar, que brilla y centellea bajo el sol de mediodía.  No muy lejos, una ola rompe contra la costa y una sombra borrosa se vislumbra debajo para desaparecer a continuación en las aguas reflectantes. ¡Tortugas gigantes! Quizás algunas de las locas historias de Anil no sean cuentos de hadas al fin y al cabo.

De vuelta en su dhaba, Anil se ocupa de sus ollas de curry mientras narra la siguiente historia. Aunque a Krishna le gustaba retozar con sus innumerables gopis (lecheras) e incluso una vez se caso con 16 100 mujeres en una boda masiva, su único amor era Radha, pero ésta estaba casada. Junto a ella, personifica a la pareja más famosa de toda la poesía India, junto con Shiva y Pavarti. Teniendo en cuenta la estricta moralidad sexual hindú del siglo XXI, las canciones de amor poético acerca de un sensual Krishna y una Radha liberada no pueden sino parecer anacrónicas. En Guyarat, la dulzura del amor no se revela solo en el culto de Krishna, sino también en la comida local: al menos uno de los sabjis, que son parte integral del Gujarati thali, son edulcorados con jaggery (caña de azúcar). La combinación de chapatti con la picante daal (sopa de lentejas), guisantes salados en salsa de mantequilla, patatas dulces con tomates y raita (yogur) agrio es un ejemplo perfecto de la interacción harmónica de los distintos sabores, el objetivo principal de la cocina india. “Es como estar enamorado”, explica Anil. “Momentos dulces intercalados con otros neutrales, picantes o agrios.” Por consiguiente, Krishna y Radha no son solo famosos por sus relaciones sexuales, sino también por sus violentas discusiones de enamorados.

¿Cómo no perderse en un desierto de sal? ¿Quién cose qué en Guyarat? Sigue leyendo