[spa] verona, un caso de racismo amable

Artículo publicado el 25 de Octubre de 2013
Artículo publicado el 25 de Octubre de 2013

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No son las clamorosas actitudes revolucionarias las que cambian las cosas sino, más bien, la prudencia que no significa inmovilidad, pero puede ser la verdadera capacidad política de cambiar la cosas, Claudio Magris.

¿Es Verona todavía la misma ciudad descrita por el psiquiatra veronés Vittorino Andreoli: «Verona, que desactiva los conflictos y hace agonizar a las personas o grupos que los expresan, está privada del humus que nutre al intelectual intérprete de la realidad. Domina la pseudo cultura de los custodios de la Catedral dipuestos a narcotizar cada potencial de cambio [...]»?

No se puede responder a esta pregunta sin dar un ejemplo, sin hablar de un encuentro con el racismo amable capaz de poner en discusión la ciudadanía espiritual que construye también el idioma.

Comenzamos.

En espera a una entrevista de trabajo en Verona, me preparo para entrar en la oficina destinada para la fase de la entrevista. Me encuentro de frente a la Encargada, quien me recibe con un caluroso apretón de manos y una sonrisa templada pero profesional. No sabe todavía que no soy italiana. Me invita a sentarme y se adentra en la lectura de mi Curriculum Vitae. Pasa con cierta atención todas las páginas, desde los datos anagráficos a las últimas experiencias académicas y profesionales. Y todo lo que seguirá después será un silencio breve, al que se le encontrará una solución con la siguiente pregunta: «¿Pero usted habla italiano?» En aquel instante he puesto en duda mi existencia efectiva y residencia en la ciudad de Verona, me había convertido de repente en el sueño olvidado de una verdadero vuelta a empezar. Me había hecho una pregunta que no sólo no me esperaba sino que no me había ni si siquiera planteado antes de la entrevista. A través de su pregunta, me he sentido no tanto como extranjera sino más bien como alejada de mi permanencia espiritual en un país que me ha formado y que amo. Ciertamente, he nacido en Transilvania pero he realizado todos mis estudios, a partir de la secundaria hasta el último año de máster en Filosofía en Verona y aún resido en Italia, en la provincia de Verona. Con la misma velocidad con la que todos estos pensamientos han atravesado mi mente, respondo a la pregunta: «Desde luego, además, porque habría estado un poco difícil graduarme sin decir nunca ni una palabra en italiano». Después, la entrevista se ha desviado por una falsa charla agradable sobre otros aspectos de mi perfil y las formalidades del posible empleo. Nos despedimos con un apretón de manos pero...

Se intuye claramenta lo que ha salido mal durante mi entrevista, es decir, la voluntad de ir en contra de la evidencia de un hecho claro: ¡estudiar en una universidad italiana proporciona naturalmente las competencias lingüísticas! La lectura de mi currículum por parte de la Encargada se había transformado en un examen tipo test, con selección precisa en la dirección de sus deseos personales: ¡No es italiana-Vive en Italia-ha estudiado en Italia-seguro no habla italiano! (ecuación extraña, al menos en mi opinión).

El caso, aunque pueda parecer simple no lo es en absoluto. El idioma en la mente de la Encargada parecía deber, por la fuerza de las circunstancias, coincidir con una ciudadanía jurídica, en vez de una ciudadanía profundamente activa, hecha de permanencia, experiencia, adquisición y enriquecimiento. ¿Me pregunto si quizá servía una póliza para la ciudadanía espiritual, construída y vivida días tras día?

La pregunta de la Encargada había excluido mi Bildung italiana, la permanencia que había construido y formado mi ser y mi habitar, el mismo habitar afrontado por Martin Heidegger en sus ensayos y discursos: «Entonces ¿qué significa ich bin (yo soy)? La antigua palabra bauen, con la cual tiene que ver bin, contesta: ich bin, du bist quiere decir:yo habito, tú habitas. El modo como tú eres, yo soy, la manera según la cual los hombres somos en la tierra del Buan, el habitar». En cuanto yo sea mi ser, y en cuanto la Encargada fuera su ser, nuestros habitares no se encontraron.

El recorrido capaz de fundar la ciudadanía espiritual es un recorrido hecho del mismo reconocimiento del habitar del extranjero, un habitar que no se consuma en la sola categoría: el extranjero que habita en Italia, fórmula vana que no pone en dicusión la experiencia formativa de habitar. Heidegger subraya otro hecho:« No sólo habitamos, esto casi sería inactividad, tenemos una profesión, hacemos negocios, viajamos y estando de camino habitamos, ahora aquí, ahora allí. Construir significa originariamente habitar».

Naturalmente, la Encargada después de nuestro encuentro des-habitado, no me ha vuelto a llamar para el puesto por el que había realizado la entrevista, y en su brevedad, sin embargo, yo había respondido a su pregunta, en realidad nunca he sido capaz de habitarla.

Verona: «[...] una ciudad pacificada del bienestar conseguido por una generación de padres que conocieron la miseria del campesino y el rescate del dinero» (Vittorino Andreoli).