Steve Villa-Massone, el pianista callejero fuera de la ley

Artículo publicado el 6 de Enero de 2012
Artículo publicado el 6 de Enero de 2012
Lleva diez años recorriendo las calles de Europa con su piano, literalmente, a cuestas. Steve Villa-Massone, pianista y compositor francés, deleita ahora a los peatones de París. Y como para empujar este pesado instrumento cuantos más seamos, mejor, le acompañamos un domingo por calles de la capital francesa.

Abre la puerta corredera de una furgoneta con el logo de una compañía de alquiler de vehículos: “Es que la mía está averiada”. En el interior, un piano vertical sujeto por unas correas y un trasportín con dos grandes ruedas. Después de unas maniobras, el piano –regalo de una tienda de Niza- ya está en la calle, listo para ser transportado por Steve Villa-Massone, pianista y compositor a quien desde hace seis meses podemos encontrar junto a su instrumento en los rincones más insólitos de París. Este nizardo (30) lleva una década arrastrándolo por las calles de muchos países. “Es el piano más feliz del mundo: viaja mucho y ve cosas”.

Clave de sol en la calle Rivoli

Lleva pantalones vaqueros, zapatillas, cazadora de cuero y bufanda. “Hoy me voy a poner bajo los arcos de la plaza del Consejo de Estado”, nos explica. Tras unos metros empujando el piano ante la atenta mirada de los turistas, se para en una esquina de la calle Rivoli. Deja su mochila a sus pies, coloca una cesta y unos CDs encima del piano y abre la tapa. Entre el denso tráfico y la caótica circulación peatonal suena el Vals del minuto, de Chopin, y la gente, con cara de sorpresa, empieza a agolparse a su alrededor. Los acordes se suceden al compás de las monedas que comienzan a caer en la cesta. “Tocar en la calle me permite ganar mucho dinero”, dice. Solo hace breves pausas para agradecer los aplausos. Al cabo de una hora, se levanta y se dirige a su amigo, el conductor de la furgoneta: “tengo que encontrar un baño urgentemente”. Mientras dilucida adónde ir, aprovechamos para charlar con él, de pie. “No toco el piano en la calle para sobrevivir. Me gano la vida así”.

Acude a uno de los hoteles de la zona y al regresar nos dice: “hay que cambiar de zona. Vamos al Bulevar Haussman, delante de las Galerías Lafayette”. Se repiten las maniobras de traslado y subimos en la parte delantera del vehículo. Sobre el salpicadero, una jarra y un vaso: “Te podemos incluso ofrecer un café”. Son las 6 de la tarde de un domingo de diciembre y nos dirigimos a una de esas grandes calles en las que apenas se puede dar un paso. Además llueve, lo que dificulta aún más el tráfico. “Nadie saca un piano de 140 kg y lo mueve de un lado a otro por placer”, nos aclara mientras advierte al conductor de la proximidad con el coche de al lado. Y además, consigue que la gente levante la vista del móvil. “Las personas que se paran son personas sensibles a la música”. Incluso a veces entre el tumulto se cuela algún que otro policía para echarle una reprimenda. “Estoy fuera de la ley. Está prohibido tocar en la calle”.

De las aulas a la calle

Steve abrió por primera vez la tapa de un piano a los cinco años gracias a las clases particulares de su hermano. Pasó un par de cursos en el conservatorio para “perfeccionar la técnica y aprender lo necesario para poder componer”. Y alguien le inspiró. “Trabajaba en un bar en Niza y vi a un hombre que sacaba su piano a la calle a diario. Empecé a trabajar con él. Viajábamos. Él lo dejó y yo seguí con la idea (...) Tocar en la calle empezó como diversión y se convirtió en trabajo”. Aunque a su familia le costó aceptarlo. “Mi padre me tomó por un loco. Pensaron que era un divertimento. Rápidamente se convirtió en algo viable, algo que parecía merecer la pena y entonces me animaron”.

Todos los días del año, haga sol o llueva, Steve toca. “Es importante que la gente sepa que me puede encontrar en la calle”. El bulevar Haussman y la calle Caumartin son dos de los emplazamientos más frecuentados. Eso sí, el balance del día “depende del lugar, del barrio, del tiempo y la hora”, afirma mientras indica al conductor la ruta más rápida. “Yo no tengo carné de conducir, pero siempre hay algún amigo dispuesto a echarme una mano”. Ha tocado por toda Europa, desde Francia a Polonia, aunque su ciudad favorita es París: “Aquí hay muchas oportunidades. No estoy obligado a pelearme con nadie para tener trabajo aquí”.

Componiendo para la Ópera Garnier

“Tocar en la calle empezó como diversión y se convirtió en trabajo”

Muchas veces recibe en la calle ofertas de trabajo para tocar en bares, pero siempre encuentra tiempo para su verdadera pasión: componer. “Ahora estoy componiendo una obra para unos coreógrafos de la Opera Garnier de París. De 16 piezas, tres serán composiciones mías” . Y a lo mejor esto se convierte en su trampolín definitivo: "lo ideal sería componer para películas”. Reconoce que le encantaría haber compuesto la Gran Polonesa de Chopin que se escucha en la última escena de El Pianista (Polanski, 2002). “Me gustaría hacer música para películas de ese nivel”, afirma mientras riñe al conductor, que empieza a desesperarse en el atasco: “No sirve de nada tocar el claxon, está rojo”.

Y con el paso de los semáforos de París se empieza a notar cierta desesperanza en su voz: “tengo ganas de reconocimiento de mi trabajo”. Y eso llegará, seguro. De momento, cuenta con el respaldo más importante: el de los transeúntes de las avenidas parisinas que cada día se paran unos minutos a escucharle en medio del caos de esta gran ciudad. 

Fotos: © Cristina Cartes; video, cafebabel/youtube