Francia y Estados Unidos: sagrada alianza contra Europa

Artículo publicado el 26 de Mayo de 2003
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Artículo publicado el 26 de Mayo de 2003

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Lo entenderemos en el G8 de Evian: los neogaullistas y los neoconservadores tienen mucho en común.

Las apariencias, a menudo, engañan. Ésta es la observación que prevalecerá en los análisis del próximo 3 de junio, día en que concluye la cumbre del G8 en Evian. Tras meses y meses de tempestuosos choques diplomáticos, los líderes de Francia y Estados Unidos tendrán que quitarse la máscara y reconocer que el eje París-Washington tiene todas las de ganar.

No han faltado señas premonitorias. Con ocasión de una reunión preparatoria de la cumbre de Evian a principios de mayo en Paris, el secretario norteamericano de Justicia, John Ashcroft, ha llegado a Francia en la que ha sido la primera visita oficial a este país de un alto responsable americano desde que estalló la crisis de Irak. En realidad, Francia y América nunca habían necesitado tanto cooperar para hacer frente a la coyuntura económica mundial y espantar de este modo el fantasma de una deflación global. Éste es el principal asunto sobre el que ambos países deberán colaborar.

11 de septiembre y 21 de abril

A nivel diplomático, encontramos el difícil compromiso tomado en la sede de la ONU de “suspender” las sanciones impuestas a Irak, después de que Washington se hubiera pronunciado sobre la abolición pura y simple de las medidas de represalia tomadas en su momento contra el régimen de Saddam, y París se había opuesto a ellas invocando la necesidad de terminar previamente con las tan buscadas armas de destrucción masiva.

Pero es sobre la “cuestión europea” sobre la que George W. Bush y Jacques Chirac han llegado a un acuerdo total.

Sobre todo se trata de dos líderes apoyados por la opinión pública de sus respectivos países: uno, gracias al efecto del 11 de septiembre y el otro, gracias al espíritu del 21 de abril, día en que pasa al segundo turno de las presidenciales el líder de extrema derecha Jean-Marie Le Pen, en el que toda la Francia “republicana” se ha unido a su Presidente. Sobre la base de estos mecanismos internos perversos de abolición de la oposición (democrática o socialista), Bush y Chirac, respaldados por hábiles consejeros, han sabido capitalizar en la escena internacional su ventaja interna, imponiendo cada uno su propia versión del unilateralismo.

¿Una UE dividida? París se beneficia

Europa es la primera en ser consciente de ello. Debilitada ante el próximo big bang institucional que conllevará la ampliación de la Unión con diez nuevos países el año que viene, incapaz de reformarse, la Unión no tenía ninguna necesidad de la artificiosa división que ha tenido que sufrir a causa del juego de París y Washington.

Volvamos a los hechos. 22 de enero: Jacques Chirac y Gerhard Schröder afirman desde Versalles el “no” de la Unión ante la hipótesis de un ataque preventivo a Irak sin consultar mínimamente a sus otros compañeros europeos. 24 de enero: la reacción, febrilmente orquestada por el Pentágono, no tarda en llegar y la “nueva Europa” declara, irritada, su capacidad de tratar por sí misma con los Estados Unidos. Esto es lo que quería Chirac. En un clima tensísimo, el comentario del Presidente sobre los movimientos diplomáticos de los países del Este es el siguiente: “han perdido una buena oportunidad de quedarse callados”. Una frase que, en el ámbito diplomático, está más cercana a la satisfacción que a la preocupación por la división. Pero, ¿porqué jugar a dividir Europa? La respuesta, como ocurre a menudo, la encontramos en el mundo lejano, y a veces poco transparente, de las ideas. En Washington la administración americana está dominada por la vanguardia de los neoconservadores, un movimiento intelectual heterogéneo y estimulante que predica, entre otras cosas, el ejercicio indiscutido de la potencia americana. Para John C. Hulsman, de la Heritage Foundation, por ejemplo, los Estados Unidos deben hacer cualquier cosa para impedir que la UE compita con ellos por el dominio del siglo XXI que, como dice Robert Kagan, debería ser un “nuevo siglo americano”. Para esto, el viejo “divide y vencerás” sigue siendo válido.

Batalla en la retaguardia

La perpectiva, desde París, cambia pero el diagnóstico sigue siendo el mismo. Tenemos a los neogaullistas que, con Chirac, andan decididos y arrogantes. Por este movimiento – decrépito y anacrónico, a diferencia de los “neocons” – Europa está poco a poco erosionando el margen de maniobra de Francia. Comenzando por los cortes a la presión fiscal que Chirac había prometido durante la campaña electoral y que Bruselas juzga inoportunos. Por este motivo es necesario aprovechar la fase de transición que debilita actualmente el proyecto europeo para imponer los intereses de Francia. Comenzando por una redefinición de las relaciones de fuerza con Bruselas: conseguirlo, por ejemplo, mediante la última propuesta del Presidente de la Convención, el ex-presidente francés Giscard d’Estaing. Es en esta propuesta, catastróficamente intergubernamental donde se centra el verdadero plan de París. Y no en la promesa de compromiso franco alemán de la doble presidencia del 6 de enero pasado con la que el Quai d’Orsay miraba sólo a atraer el apoyo táctico de Berlín sobre la cuestión de Irak.

¿Neogaullistas y neoconservadores unidos contra Europa? Resulta tentador decirlo. El problema es que esta convergencia toma con frecuencia caminos diferentes. En detrimento de la percepción del público. Si Washington no desdeña el unilateralismo para imponerse, París no consigue convertirse en el paladín de la “paz”, el “derecho” y los “valores” de la comunidad internacional. De los valores a los que volvió tan fácilmente la espalda durante el ataque ilegal a Serbia y Milosevic.

Pero más allá de las etiquetas, lo que queda es la voluntad de Francia y Estados Unidos de frenar la subida de la Unión Europea como la nueva potencia del mañana. En nombre de un retorno, anacrónico, a la realpolitik. Pero si esta estrategia es transparente y, por decirlo todo, más que comprensible en el comportamiento norteamericano, no deja de ser escandalosamente reprobable y disimulada en el caso de Francia. La de París, es sólo una batalla de la retaguardia. Para salvaguardar su propia soberanía.