Por una filosofía política europea.

Artículo publicado el 31 de Octubre de 2003
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Artículo publicado el 31 de Octubre de 2003

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La construcción de una Europa política constituye una cuestión de primera importancia, en la medida en que afecta al destino de nuestras comunidades políticas.

¿Qué aporta la filosofía política al debate sobre Europa? Me encantaría sugerir en primera instancia que puede aportar mucho por su doble contenido "metodológico", por así decirlo. De una parte y ante todo, consiste en poner en cuestión el propio concepto de Europa, donde la historia explica nuestra civilización occidental y cuestiona la necesidad de un régimen aplicable al engranaje europeo. Todo esto sin perder de vista la otra parte, la actualidad espinosa de la construcción europea que simboliza la redacción de un proyecto político (una Constitución) que conduce necesariamente al intelecto a hacer un esfuerzo decisivo.

Es esta capacidad de unir lo que es decididamente filosófico y lo que es decididamente político, circunscribiendo el trabajo intelectual en la historia que se está desarrollando, lo que me hace creer que los filósofos políticos tienen qué enseñarnos sobre la identidad y la conciencia europeas, eliminando del camino las falsa pistas, sin darnos las conlusiones. Es, en calidad de cazadores y visionarios de ideas, donde tienen autoridad para participar en el debate.

Un conflicto entre tradiciones

Existe un problema histórico en Europa, una especie de "conflicto de tradiciones" que se remonta a la Antigüedad. En una obra indispensable y alimentada de un conocimiento agudo de este periodo, Rémi Brague adopta una visión romanista de la conciencia europea. Léo Strauss por su parte ya había destacado la oposición entre Atenas (y a través de ella filosofía y el paganismo) y Jerusalén (que personifica a la autoridad de la fe judía, luego cristiana), que estructura y rasga el Occidente.

Paul Valéry sintetiza admirablemente esta triple procedencia: "Donde quiera que los nombres de Cesar, Callo, Trajano y Virgilio, donde quiera que los nombres de Moisés y San Pablo, donde quiera que los nombres de Platon o Euclides tengan una significación y una autoridad simultánea, ahí está Europa. Toda raza y toda tierra que ha sido sucesivamente romanizada, cristianizada y, en cuanto al espíritu, sometida a la disciplina griega es absolutamente europea".

Cuando evocamos la historia lejana de Europa a menudo no nos damos cuenta de que Grecia, en cuanto "viejo continente", es una masa de referencias múltiples reunidas alrededor de tres hogares, donde la amalgama es y será un problema. El lector atraído por Europa debe dibujar el camino a través de las tres grandes civilizaciones occidentales. Sin duda la investigación será de larga duración.

Europa, nación y democracia: ¿Un debate imposible?

Pierre Manent, en su Curso práctico de filosofía política, muestra que el futuro político de Europa, bajo la necesidad de la impronta democrática, está íntimamente ligado al destino de la nación. Ahora bien, si de una parte la nación permitió a la democracia abrirse camino en Europa, de la otra, y paradójicamente, ha sido la referencia obligada para sus enemigos.

Esta separación define, según P. Manent, los términos a debate entre los "pro" y lo "antieuropeos": " Los que son en primer lugar sensibles a la estrchar el vínculo entre democracia y nación observarán la "construcción de Europa" con mucha desconfianza y aprehensión, tenderán a ver en las instituciones europeas una máquina oligárquica ajena a la vida del pueblo europeo y despojadora cada vez más de su autogobierno. Los más sensibles a la forma antidemocrática y belicista que los nacionalismos europeos tomaron durante el siglo XX tenderán a ver en el hecho nacional, y en particular en la soberanía nacional, el obstáculo último a superar".

Europa, horizonte insuperable

Nos vemos enfrentados a un segundo problema de talla, especialmente destacado en el caso francés, porque este debate contradictorio no puede darse en la práctica. En efecto, es difícil discutir sobre Europa en Francia. Es imposible dudar de Europa, se corre el riesgo de pasar por reaccionario o nacionalista en los medios de comunicación y los partidos políticos mayoritarios ya convencidos de antemano. El consenso europeísta parece extrañamente un "horizonte insuperable"...

Y digo más, es inimaginable decir no a Europa sin pasar por enemigo de la razón, claro que cualquiera que dice no a Europa es por definición un marginado ideológico. Este pensamiento no puede ser más que malintencionado, inspirado por las emociones e irracional. Este terrorismo intelectual no admite replicas razonadas y no soporta enemigos, caricaturizando así a Jean-Marie Le Pen como el esperpento antieuropeo francés.

De modo que por mi parte (paradoja por paradoja) si me pregunto a mí mismo por Europa, intuitivamente y aún deseándolo, no veo modo de autoconvencerme racionalmente del fundamento de la construcción europea, porque me es imposible debatir esta cuestión sin pasar por un provocador patológico. Por lo demás, desde un punto de vista más general, me entristece reconocer que el debate es contextualmente imposible en Francia, entre la generación de élite que ha pasado su fecha de caducidad y la generación del "pasotismo" (Marcel Gauchet) y como consecuencia ignorante.

Un debate imaginario.

Podemos dudar de la existencia de una comunidad de intelectuales europeos como tal. Existen ciertas afinidades electivas, que no son las menos, entre algunos países de la Unión Europea. En el terreno filosófico, la más clara es la que reúne a Alemania y a Francia, que desde Hegel a Habermas pasando por Heidegger y Gadamer no ha dejado de alimentar la controversia entre los eruditos. Sin embargo estos vínculos de Estado a Estado no sobrepasan el marco confinado de las pequeñas comunidades intelectuales relativamente poco permeables.

Podemos así ver las cosas de diferente manera y decir que existe, dentro de las naciones europeas, un cuerpo de obras remarcables que debemos leer y enfrontar. Un debate imaginario a través de libros, preludio de un debate político forzado por una nueva generación preocupada por el destino de una comunidad política europea que está naciendo. En suma, un "conflicto de interpretaciones" que permitirá a esta generación, nacida en los años 70, coger al toro por los cuernos y recopilar las incógnitas, las cuestiones de los libros, con la ambición de traducirlas a un proyecto político de envergadura.