Sudán del Sur: cuatro años de independencia entre violencia, sangre y corrupción

Artículo publicado el 6 de Octubre de 2015
Artículo publicado el 6 de Octubre de 2015

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Han trascurrido cuatro años desde la independencia de Sudán del Sur, pero el país se enfrenta a una enorme crisis humanitaria desde el estallido de la guerra civil el pasado diciembre.  El estancamiento político debido a la corrupción es la principal preocupación en un país que, aunque rico en petróleo, es uno de los menos desarrollados del mundo.

Con ocasión de la independencia de Sudán del Sur de Jartum, el 9 de julio, la Alta Representante Federica Mogherini, el Comisario Europeo de Cooperación Internacional y Desarrollo Neven Mimica y el Comisario Europeo de Ayuda Humanitaria y Gestión de Crisis Christos Stylianides compartieron algunas ideas y mostraron cierto compromiso con los sudaneses.  «Unas verdaderas negociaciones de paz constituyen la única forma de avanzar y es necesario reactivarlas con prontitud. La UE se compromete a prestar pleno apoyo a los esfuerzos a favor de la paz que se están llevando a cabo y reconoce los pasos efectuados hasta el momento. Pero se ha hecho demasiado poco y con demasiada lentitud. El Gobierno y los líderes de la oposición siguen sin mostrarse dispuestos a colaborar con seriedad o a dejar de usar la violencia para conseguir sus objetivos», declararon los representantes europeos.

La Comisión Europea calcula que alrededor de 4,1 millones de personas se enfrentan actualmente a situaciones de vida o muerte y necesitan atención médica urgente. Desde los albores del conflicto, unos 1,6 millones de personas han sido desplazadas y más de medio millón (590 000) viven ahora en países vecinos. Ante esta apabullante situación, en 2015, la Unión Europea aportó, junto con los Estados miembros, unos 217,5 millones de euros. A principios de mayo, los Estados Unidos prometieron 5 millones de dólares para ayudar a establecer un mecanismo de rendición de cuentas para Sudán del Sur.

Un país debilitado por su pasado

Hace cuatro años, tras un referéndum celebrado de acuerdo con el Acuerdo General de Paz, Sudán del Sur, un país con 8,26 millones de habitantes y uno de los mayores productores de petróleo de África, se convirtió en un estado soberano. Reconocido como la nación más joven del mundo y el escenario más triunfal del progreso africano desde el final del apartheid en Sudáfrica, este país, situado en África Central, se enfrenta ahora a una grave crisis humanitaria que comenzó en diciembre de 2013. Se ha culpado a la comunidad internacional de falta de eficacia a la hora de asegurarse de que Sudán del Sur se convirtiera en una nación democrática y estable.  

Más que cualquier otra región de África, Sudán se ha definido por la guerra civil. Estuvo bajo el poder del Imperio otomano y, posteriormente, entró en el siglo XX de la mano de un acuerdo discriminatorio de control egipcio y británico. Los esfuerzos coloniales de modernización se restringieron al norte, mientras que el sur se dejó para la explotación de tierras y esclavos.

El 15 de diciembre estalló un conflicto armado en el centro de la autoridad gubernamental sursudanesa, el palacio presidencial de Yuba, la capital. Este enfrentamiento, que dividió a oficiales del ejército leales al presidente Salva Kiir, de origen dinka, y a soldados descontentos que apoyaban a su antiguo segundo al mando, Riek Machar, de origen nuer, desembocó en una trágica guerra civil en la que más de 50 000 personas fueron asesinadas. Kiir acusó a Machar de tramar un intento de golpe de estado, mientras que Machar culpó al presidente de intentar asesinarle. Los dinkas y los nueres son las dos tribus más importantes y numerosas de Sudán del Sur: eternos rivales que han luchado por tierras y recursos desde al menos el siglo XIX.

Corrupción en Sudán del Sur, ¿qué más?

No obstante, detrás de la religión se oculta mucho más. Según Global Witness, una ONG dedicada a desenmascarar la corrupción, no existen pruebas de que, en Sudán del Sur, los ingresos derivados del petróleo estén llegando a los más necesitados.  Identificado como la fuente de ingresos más importante, solo el 5 % del último presupuesto se invirtió, de forma conjunta, en asistencia sanitaria, educación e infraestructuras. La industria petrolera es, sin duda, la raíz de este repugnante conflicto y se han librado varias batallas con el fin de controlar el codiciado oro negro.

Antes del desencadenamiento de los conflictos armados, el Gobierno de Sudán del Sur se pasó meses elaborando leyes que garantizasen que el sector petrolero del país no fuera fuente de corrupción o conflicto. Sin embargo, desde diciembre de 2013, a partir del estallido del conflicto, se ha desmoronado todo el trabajo llevado a cabo para mejorar la transparencia gubernamental.

El pasado abril, Sudán del Sur recibió un préstamo de 500 millones de dólares por parte del Qatar National Bank (QNB), lo que significa que el país africano deberá alrededor de 781 millones de dólares, incluidos los intereses, que deberá pagar a lo largo de un periodo de siete años. Por supuesto, el Gobierno ha propuesto un pago en forma de petróleo en caso de que falte dinero en efectivo. El problema de este acuerdo es la certeza de que el dinero invertido no irá al país, a las necesidades de la gente o a las infraestructuras, sino a bolsillos privados. Se trata de un buen ejemplo de país parásito: un país que prefiere vivir del apoyo financiero de otro país en vez de aprovechar al máximo sus recursos naturales para enriquecerse y beneficiar a su pueblo.

Inmovilización política

El 29 de mayo, Kenyatta, el presidente de Kenia, anunció un plan para fusionar el proceso de paz de la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (AIGD) y el proceso de reunificación del Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán (MLPS). Debido a discrepancias entre el presidente Kiir y el anterior vicepresidente Machar, el proceso de fusión se estancó el 28 de junio en Nairobi.

Este estancamiento político está costando la vida de miles de sursudaneses, ya que continúan los conflictos en Ecuatoria y en Bahr el Ghazal.

El 30 de junio, Naciones Unidas publicó un informe de derechos humanos que detalla casos extendidos de violaciones y mujeres quemadas vivas. ¿Por qué la comunidad internacional calla ante estas atroces acciones? ¿Por qué algunos vidas importan más que otras?

Revisado por Sarah Batterton