Suena a viejo

Artículo publicado el 19 de Enero de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 19 de Enero de 2004

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Liberar los pueblos oprimidos. ¿Una idea nueva? La argumentación neoconservadora era una ideología en alza a finales del siglo XIX en Europa y bajo la III República en Francia.

«Hay que liberar y civilizar el bárbaro». La idea esta lanzada.Y no es nada nueva. Pero ¿Quién es el bárbaro? Los bárbaros están por todas partes. Son un otro yo que da miedo y molesta. El bárbaro encarna de este modo lo que desconocemos y lo que no conseguimos comprender.

A partir de ahora, lo políticamente correcto prohibiría utilizar la expresión «civilizar los bárbaros». En su lugar hablaríamos de democratización. Bajo dicha óptica, Estados Unidos, la única verdadera gran potencia en las relaciones internacionales, se considera el brazo armado de una liberación a través de la fuerza. Paradójicamente, no podemos olvidar que esta ideología era una forma de pensar muy expandida en los tiempos de la colonización. Si hoy en día los europeos se muestran escépticos respecto a sus «aliados» americanos, no es sorprendente. La explicación puede que se encuentre en una utopía que acabó mal. Hagamos un pequeño esfuerzo de memoria: nuestra vieja Europa también ha conocido esos impulsos de buena voluntad y buenas palabras con el objetivo de dar lecciones de una utopía liberadora. Hay que tener cuidado con los modelos prefabricados, las buenas intenciones cargadas de humanismo… debemos recordar que a veces, lo mejor es enemigo del bien.

Dicho esto, ¿cuáles fueron los motivos que llevaron en el siglo XIX a numerosos demócratas a comprometerse en el proceso de la colonización?

La motivación económica es la primera que apoya las perspectivas de conquistas. Pasado 1870, mientras Alemania e Italia se encargan de darle el último toque a la unificación de sus Estados, el terreno colonial se convierte en el principal instrumento de prestigio nacional… un prestigio que reposa tanto en la carrera de armamentos como en una industrialización galopante. Bismarck, Jules Ferry, Chamberlain están convecidos de ello. La competencia entre las naciones europeas es enorme. Incluso en nuestros días, la Real Politik de Kissinger ha presidido la primera guerra del Golfo. La intervención americana en Irak ha obedecido a una lógica comercial de salvaguardia de los intereses económicos nacionales encarnados por el petróleo.

Tras el 11 de septiembre, por el contrario, un traumatismo y un nuevo miedo han atrapado al pueblo americano. El terrorismo se ha convertido en el enemigo número uno y ha dejado de lado las antiguas disputas ideológicas internas en beneficio de un frente común. A los conservadores obsesionados con la idea de una seguridad nacional se han unido los intelectuales de izquierdas, preocupados por hacer prevalecer las motivaciones ideológicas. De este modo se diseña un tipo de argumentación fundamentada en los mismos pilares que en el siglo XIX, un período de progreso y ciencia. En esa época los primeros colonos son geógrafos, misioneros, exploradores. El arquetipo de ello es David Livingstone y el padre Foucauld. En nuestros días, ¿No encontramos también una lógica idéntica entre los defensores del derecho a la injerencia humanitaria? Es cierto que los médicos han reemplazado los Padres Blancos y la Church Missionary Society. Si dejamos a un lado la cuestión de la fe, el principal objetivo de los misioneros era aportar a los indígenas los beneficios de la civilización, la moral occidental calcada de un marco judeo-cristiano, el progreso material. Europa, como Estados Unidos en la actualidad, tenía de este modo una misión providencial, divina según algunos, que debía cumplir, y que sedujo la mayoría de las corrientes de pensamiento, desde los conservadores a los socialistas. Jules Ferry habla de «deber» y Rudyard Kipling evoca incluso la “carga del hombre blanco”. Hoy como ayer, el problema viene del postulado de partida. «La política extranjera de Estados Unidos siempre se ha apoyado en la convicción de que la modernización, la occidentalización y el americanismo son beneficiosos e indispensables para la instauración de un orden satisfactorio en la sociedad», escribe William Pfaff (en un artículo aparecido en la revista Commentaire, n°98, verano 2002). «La superioridad de las normas y los valores políticos del país está considerada como algo propio». A partir de esta idea, los demás países deben cambiar y adoptar el modelo que ha probado su eficacia. Sin embargo, la Historia ha desmentido más o menos esas ideologías utópicas y mesiánicas. En esa época, los oponentes al colonialismo eran la derecha y los radicales. Siguiendo el ejemplo de Clemenceau, denuncian el coste de tal proyecto. En Inglaterra, los liberales se unen al economista francés J-B Say que considera que el libre intercambio con los Estados independientes es mas rentable que la explotación colonial. Poco a poco, el anticolonialismo se convierte en el chantre de la ideología internacional comunista. El padre del socialismo francés, Jean Jaurès, evoluciona y aunque en un principio había aceptado la colonización, acabó considerandola como una gran contradicción respecto al ideal socialista.

Querer ofrecer la libertad a los pueblos, incluso a costa de hacerlo contra ellos mismos. Imponer un modelo de sociedad y de regulación porque ha demostrado ser el mejor en una parte del planeta, no es lo suficientemente justificable y no existe la certeza de que funcione tan bien en otra parte. La tentación de esquematizar a ultranza es muy fuerte, y uno se pregunta en que difieren colonización y liberación. Evidentemente, en la finalidad. La ocupación de Irak por Estados Unidos sólo puede ser temporal y aspira al restablecimiento de la plena soberanía del Estado.

¿La intervención militar y la ocupación de un país oprimido por un tirano es una liberación o un avasallamiento suplementario? Un siglo mas tarde de las grandes tribunas de Jules Ferry, la cuestión sigue dividiendo las opiniones. La última analogía suscita debates que atraviesan las diferencias políticas, añadiendo problemas a las habituales reglas del juego político entre liberales y conservadores, radicales, socialistas, intelectuales de izquierdas o de derechas.

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Robert Kagan, « Poder y debilidad », artículo publicado en la revista Commentaire, n° 99, otoño, 2002.

William Pfaff, « La política extrajera americana », publicado en la revista Commentaire, n° 98, verano 2002.