Suiza y Europa: historia de un largo cortejo

Artículo publicado el 31 de Julio de 2007
Artículo publicado el 31 de Julio de 2007
El 1 de agosto es el día de la fiesta nacional Suiza. Una buena ocasión para recordar cómo se ve en Suiza una eventual integración en Europa.

“Suiza ordeña su vaca y vive apaciblemente”, ironizaba Víctor Hugo. Dejando a un lado la frase del célebre escritor, cabe preguntarse por qué Suiza, un país rico, democrático, federal, situado en el centro de Europa, en el que se hablan 4 lenguas, y con una larga historia de multiculturalismo dentro de sus propias fronteras, no encuentra interés en integrarse en la Unión. Y es que puede resultar fastidioso que, mientras Europa se amplía y países de tradición neutral como Austria o Suecia han logrado integrarse con éxito, Suiza siga dando calabazas a la Unión.

Socio privilegiado

Christa Markwalder es la presidenta de NOMES, el Nuevo Movimiento Europeo de Suiza que propugna que “se convierta en miembro de la UE ya que compartimos los mismos valores fundamentales, tales como la democracia o el respeto a los derechos humanos y al Estado de derecho”.

Sin embargo, Suiza sigue sin ser miembro de la Unión Europea y, según numerosos observadores, no está dispuesta a dar ese paso. Desde el triunfo del “no” en el referéndum de adhesión a la Unión celebrado el 6 de diciembre de 1992, Suiza y Europa siguen caminos paralelos. Markwalder señala así que “Suiza no está dispuesta a ser miembro”.

“Cada acuerdo bilateral acerca un poco más a Suiza a la UE, al mismo tiempo que la va alejando de la integración”, señala. En efecto, esos acuerdos han hecho aparecer en Suiza el sentimiento de que la situación de socio privilegiado es un gran logro y que ésta no ganaría nada si entrara en la Unión Europea, prefiriéndose el statu quo a una integración total en Europa.

Prosperidad, ejército y secreto bancario

¿A qué se debe esta reticencia? La respuesta a esta pregunta hay que buscarla en la propia historia del país. Tras la segunda guerra mundial, Suiza se enriqueció enormemente: la guerra pasó de largo, mientras que los vecinos de su entorno quedaban debilitados y sin fuerzas.

En los años 50, Suiza no encuentra, por tanto, ninguna ventaja en unirse a los fundadores de la CEE. En cuanto al comercio no le es beneficioso ya que para un país pequeño los aranceles son importantes. Por otra parte, el país produce principalmente bienes de gran valor añadido e importa todas sus materias primas. En cuanto a la política, el principio de neutralidad helvético había demostrado su utilidad.

“La adhesión a la Unión Europea preocupa a los suizos. ¿No conllevaría quizá demasiados inconvenientes? Muchos suizos se asustan ante la idea de tener que renunciar a valores que a menudo no son más que costumbres que resultan cómodas, una rutina que ellos han elevado a la categoría de tabú”, opina el historiador suizo Jean François Bergier. “Se parapetan tras su ‘excepción suiza’, que por otra parte no es tan ‘excepcional”.

De hecho, Suiza da esa imagen de país encerrado en sí mismo, como lo refleja el hecho de que su ejército no participe en acciones de paz a pesar de contar con efectivos considerables: cerca de 140.000 soldados.

Del mismo modo, el famoso secreto bancario supone una mancha en la buena imagen del país. Para el escritor y sociólogo, Jean Ziegler “el secreto bancario es la principal fuente de prosperidad de los establecimientos financieros helvéticos. El dinero procedente del blanqueo, de la corrupción, de los diversos tráficos y, sobre todo, de la evasión fiscal ha podido fructificar allí con toda impunidad”, incluso a pesar de que un juez de instrucción deba levantar ese secreto y proporcionar información en caso de procedimiento penal.

Es probable que, en un futuro más o menos cercano, Suiza y Europa estén condenadas a tener un destino común. Pero también podría suceder que Europa, cansada de esperar y de haber sido rechazada una y otra vez por una dama demasiado caprichosa, dirija su mirada hacia otras pretendientes.