Svieta Songako, punk del este

Artículo publicado el 24 de Julio de 2007
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Artículo publicado el 24 de Julio de 2007
El arte es política. Cuarta y última entrega de nuestra serie de retratos de artistas que resisten el “Chernobil cultural” de una Bielorrusia asfixiada por su presidente, Alexander Lukachenko.

(Foto, Jef Bonifacino)Tiene 21 años, una mirada que te atraviesa serenamente y una pulsera blanca, roja y blanca, los colores de la Bielorrusia independiente. Ella es Svieta Songako, cantante de punk-rock del grupo ‘Tarpach’. En bielorruso antiguo el nombre quiere decir “raíces nuevas”, pero también es el nombre de unas estacas que se utilizan en el campo.

En el verano de 2005, el grupo de Svieta ganó en Tiene 21 años, una mirada que te atraviesa con serenidad y una pulsera blanca, roja y blanca, los colores de la Bielorrusia independiente. Es Svieta Songako, cantante de punk-rock del grupo Tarpach. En bielorruso antiguo el nombre quiere decir “raíces nuevas”, pero también es el nombre de unas estacas que se utilizan en el campo.

En verano de 2005, el grupo de Svieta ganó en Polonia el primer premio del festival Basovistcha, dedicado a la música rock alternativa bielorrusa y prohibido por las autoridades desde su creación en 1990. El grupo pudo grabar su primer álbum después de aquello, el invierno pasado, y siempre en Polonia. Se trate de este festival o de otros conciertos públicos, los problemas siempre son los mismos: estrecha vigilancia por parte de las instituciones, anulación de fechas y textos juzgados como demasiado políticos. Otra dificultad que surge es la adquisición de una licencia para organizar un concierto, que cuesta entre 500 y 1.000 euros, y que sin embargo no asegura la actuación. Una simple llamada de teléfono desde las instancias superiores del Estado puede anular un concierto sin razón aparente.

Estas presiones arrastran tanto de los organizadores como del público hacia la indiferencia.

El resultado: los conciertos en Bielorrusia se han vuelto cada vez más escasos. Por otra parte, mucha gente no considera esta forma de arte como un trabajo. Al igual que sucede con otras disciplinas desde la caída del régimen comunista, los músicos se ganan muy mal la vida. “Cuando nos invitan, nos dan 25 dólares para que se desplace todo el grupo con todos los bártulos, lo mínimo de lo mínimo”, explica Svieta. “En cuanto a las discotecas, es un problema encontrar buenos técnicos de sonido. Cuando por fin grabas un disco, no puedes venderlo más que durante los conciertos o en el top manta…”

Sus principales fuentes de inspiración son las mujeres: Notchnyïé Snaïper y Zemfira. Pero su objetivo se limita a hacer buena música, y basta. Desean que “eso pueda cambiar ciertos clichés machistas” en su sociedad. Confiesa admirar a NRM y se pregunta cómo pueden aguantar el tirón. “Han hecho mucho por la emancipación de la música, desinhibiendo a los grupos jóvenes, lo mismo que para Bielorrusia con sus textos, tan comprometidos”. En su gira combinan una gran dosis de energía con este tipo de textos para que el público experimente nuevas sensaciones.

Antes de las elecciones presidenciales del 19 de marzo de 2006, Svieta grabó una canción, Bielorrusia será libre. Fue su manera de participar en las elecciones, por supuesto. La víspera, las autoridades declararon que todos los participantes en las manifestaciones serían considerados terroristas y encarcelados. Svieta acudió de todos modos a la manifestación y aparcó su coche en un parking autorizado, cerca de la Plaza de Octubre.

Entonces llegó un policía para revisar sus papeles y le pidió además que le acompañara. ¿Dirección?: los calabozos de Okrestina reservados a los prisioneros políticos. Al día siguiente, Svieta se dio cuenta de que las autoridades le acusaban de aparcar en la Plaza de Octubre ondeando una bandera prohibida, coreando eslóganes contra Lukachenko e injuriando a la Policía.

En esa prisión, Svieta pasó 7 días, junto a otros 5 detenidos, incomunicada con el exterior. “Una experiencia más bien positiva”, dice con sorna. Svieta comprendió por fin que apenas necesita de unas pocas cosas materiales para vivir tranquila. Y que todos los detenidos con ella no eran ni políticos, ni los propios manifestantes, solamente gente con horizontes diversos, conscientes de la falta de libertades democráticas. Individuos que “saldrán de prisión aún con más ganas de luchar contra Lukachenko”.