Sylvana Simons: "El racismo en Holanda es estructural y está institucionalizado"

Artículo publicado el 15 de Marzo de 2017
Artículo publicado el 15 de Marzo de 2017

¿Puede una estrella de televisión cambiar un país? Sylvana Simons, de 46 años, lo intenta con Art1kel, el partido multiétnico holandés nacido en diciembre de 2016 cuyo objetivo es sanear las instituciones de los Países Bajos y eliminar un racismo "institucional y estructural". Pero para ello debe entrar en el Parlamento. Depende de unos pocos votos.

El café con leche "al estilo Simons" se sirve en vaso y con tres azucarillos blancos. Cuando llega el camarero del Dauphineestamos en el sureste de Ámsterdam—, ella sonríe: "A veces no tengo ni que pedir". Sylvana Simons es una estrella y no lo oculta: "He tenido una vida extraordinaria", afirma sin titubear, sin cohibirse. Es el momento de levantar una ceja y dejar que se me escape una sonrisa sarcástica. Pero ella no reduce su intensidad, al contrario. Me mira a los ojos y repite: "No voy de sobrada, te lo aseguro. La verdad es que debería escribir un libro sobre mi vida".

Simons, de 46 años, es exbailarina y expresentadora de televisión. En diciembre de 2016 fundó Art1kel, un partido que reivindica en su programa electoral la lucha contra las desigualdades y el racismo en la Holanda de 2017. El próximo miércoles, con motivo de las elecciones, intentará entrar en el Parlamento. Simons nació en Paramaribo, Surinam, en 1971 «bajo la bandera de los Países Bajos, pero en la otra punta del mundo». Última de 16 hermanos, habla de sí misma como de la "predilecta" de la familia. Cuando Surinam obtuvo la independencia, algunos años después de su nacimiento, Simons se encontraba ya en Europa, en el barrio de Ámsterdam Oeste: "Uno de los más multiétnicos de aquella época». Su familia se mudó a Hoorn cuando ella tenía 10 años y es ahí, en una pequeña ciudad de la Frisia Occidental que la mayoría de gente no conoce, que decidió su destino: "Me iba a convertir en una bailarina famosa". Pero el nombre de Silvana, en su opinión, no estaba a la altura de sus ambiciones. Y fue así, de un día para otro y casi por diversión, que Silvana se transformó en Sylvana.

A pesar de haberse ido a vivir a la provincia, nunca llegó a romper del todo los lazos con Ámsterdam. De adolescente (estamos en los bulliciosos años 80) Sylvana empezó a ir a una escuela de danza y teatro en la 'Venecia del norte de Europa'. La ciudad, con sus acontecimientos, espectáculos y distracciones, la encandiló. Y ella admite: "Nunca fui una estudiante brillante; yo he asistido a la universidad de la vida". Tanto es así que la benjamina de la familia no terminará los estudios. Sin embargo, llegó a ser bailarina profesional y durante unos cuantos años viajó por el mundo.

Antes de su irrupción en las pantallas, Sylvana tuvo, con 21 años, su primer hijo. No fue hasta 1995 que apareció en televisión por primera vez. Sylvana se convirtió en una de las caras destacadas del recién creado canal de televisión musical TMF Nederlands, competencia de la MTV (canal al que durante años superó regularmente en audiencia). Con el nuevo milenio pasó por varios canales y programas de televisión hasta que en 2012 llegó a ser una de las invitadas habituales del conocido programa de tertulias De Wereld Draait Door (El mundo sigue girando). Fue como una consagración: Sylvana había entrado en el comedor de los holandeses.

Sentados en un rincón de la sala del Dauphine le pregunto con sinceridad qué tiene que ver todo esto con la política y el racismo. Pero "a caballo regalado, no le mires el dentado", así que antes de responderme Sylvana sale en defensa del mundo del espectáculo: "Hay una dignidad y una razón de ser en la superficialidad del entretenimiento: todos queremos llegar a casa después del trabajo y relajarnos". Después regresa decidida a mi pregunta y añade que siempre ha mantenido una mirada crítica en todo lo que la rodea, incluso cuando las luces del mundo del espectáculo amenazaban con darle en la cabeza. Simons gesticula con los brazos —el pintalabios rojo intenso reproduce el color del sofá en el que está sentada— y me pide que la siga, porque "avanzará y retrocederá" en el tiempo.

Cuando era niña, en Hoorn, "era muy habitual que en casa hubiera debates sobre filosofía y política", recuerda. "Siempre se quedaba algún amigo de la familia a cenar. Al ser la última de 16 hermanos y hermanas, ya nací 'adulta'". La figura clave fue su padre, "severo pero democrático". "¿Permanecer indiferente frente a cuestiones políticas? Imposible", explica como si todavía estuviera sentada a la mesa con sus padres. Sin embargo, escuchándola, de inmediato es evidente que el relato de Sylvana no sigue la narración de quien ha prosperado partiendo de la nada: "Mis padres son de familia acomodada, yo crecí como una privilegiada".

La evaluación por perfil racial hace referencia a la influencia que ejercen los factores étnicos sobre las decisiones que toman las fuerzas del orden con respecto a los ciudadanos (a menudo, detenciones preventivas). Hace algunos años, Open Society analizó este fenómeno en los Países Bajos y en su informe señaló que, respecto a los jóvenes blancos, los chicos pertenecientes a las minorías étnicas tienen una probabilidad tres veces superior de ser considerados sospechosos de un delito. Y no hay fama que pueda cambiar el color de la piel. Esto también es válido para Sylvana Simons: "Hacía poco que había empezado a trabajar para TMF y me había comprado un coche deportivo. En aquella época llevaba siempre el cabello corto. A mi lado, en el coche, iba una amiga que llevaba un pañuelo en la cabeza. Por detrás habrías dicho que éramos dos hombres". El semáforo se pone verde y unos pocos metros más adelante una moto de la policía adelanta a Sylvana haciéndole señas para que se detenga. "No habíamos hecho absolutamente nada malo, pero a menudo eso no importa. Aún hoy, dos hombres negros al volante de un coche de lujo... no causan 'buena impresión'".

Sylvana lo cuenta con sarcasmo, sobre todo cuando recuerda "la expresión atónita del agente" cuando la reconoció. Después explica que cosas así están a la orden del día igual que lo estaban en los tiempos de su padre. No obstante, sería un error interpretar el cambio de vida de Sylvana solo por algunos acontecimientos aislados: "Tras pasar de TMF a programas que ahondaban en la cultura, empecé a ampliar mis horizontes, a profundizar en los temas sociales. Comprendí que los episodios discriminatorios están unidos por un hilo conductor: el racismo en Holanda es estructural y está institucionalizado".

El primer artículo de la Constitución holandesa reza lo siguiente: "Todas las personas en los Países Bajos serán tratadas de igual manera en iguales circunstancias. La discriminación por creencia religiosa, por ideología, por opinión política, por sexo o por cualquier otra razón no está permitida". Sylvana se inspiró en estas palabras cuando fundó el partido Art1kel en diciembre de 2016. Pero en los tiempos de Podemos y, más en general, de la reactivación de los movimientos, ¿un partido es realmente la solución más adecuada para afrontar el problema del racismo? Sylvana no tiene dudas al respecto: "Si quieres resolver un problema debes ir a la raíz. Y si el racismo está 'institucionalizado', lo primero hay que hacer es cambiar las instituciones. Es necesario entrar en el Parlamento".

En cierto modo, la vida entera de Sylvana parece estar caracterizada por una tensión continua entre pragmatismo e idealismo: desde el abandono de los estudios al paso por televisión, hasta llegar al abandono de una carrera afianzada para garantizar que sus hijos no tengan que sufrir el trato de la generación de su padre. Ella ríe y sencillamente dice que probablemente haya crecido. "El idealismo siempre ha sido un fuerte componente de mi carácter, pero la necesidad de luchar contra las injusticias no había sido nunca tan imperativa como hoy. Cuando me preguntan por qué he decidido hacer esto, respondo simplemente que estaba preparada y convencida, y me veía capaz de dar el paso".

Pero no todo el mundo cree a Sylvana. Algunos piensan que no hay ningún cambio real en su comportamiento; otros le recriminan que únicamente está buscando gloria personal, que el único hilo conductor entre las diferentes etapas de su carrera, ya sean televisivas o políticas, sería el afán de éxito. Porque, a decir verdad, Art1kel no es el primer compromiso social de Sylvana. A principios de 2016 entró en las filas de Denk (Pensar, tdr.), un nueva formación compuesta principalmente por ciudadanos holandeses de origen marroquí y turco. Denk también combate las discriminaciones y la segregación en el mercado laboral, pero tiene un perfil conservador desde un punto de vista económico, mientras que Sylvana quiere ocupar el espacio de la izquierda que "ha quedado vacío por la decadencia del Partido Socialdemocrático Holandés (PvdA)". Sea como fuera, en la segunda mitad del pasado año se consumó la ruptura definitiva entre la expresentadora de televisión y la dirección de Denk. Sylvana dejó el partido y creó Art1kel.

El día anterior a nuestro encuentro, una chica holandesa de origen marroquí me pidió que le formulara una pregunta muy simple a la fundadora de Art1kel: ¿por qué dejó Denk? Sylvana mira un instante hacia un lado y después entrecruza los dedos de las manos; es como si comprendiera que es una pregunta que también muchos otros se plantean, sobre todo quienes son víctimas de la retórica identitaria de Geert Wilders y del partito conservador y ven, al mismo tiempo, que en el otro lado del espectro político solamente hay división. "Quiero ser franca: un partido como Denk, que ha hecho tanto por darse a conocer, corre el riesgo de detenerse demasiado pronto si lo único que sigue proponiendo es un discurso contra el sistema. Lo que se necesita es un proyecto de inclusión, que implique también a la población holandesa blanca". Sylvana añade que dejó Denk porque tras un periodo inicial de enfrentamiento sufrió una especie de exclusión: "Mis ideas no se tomaban en serio y no habrían encontrado espacio en el programa del partido. Se me dijo que no hablara de determinados temas durante la campaña electoral porque habría provocado una pérdida de consensos". Y en cuanto al afán de éxito: "Para entrar en Denk puse en juego mis ingresos económicos. Hoy en día, mis clientes (Sylvana trabajaba como autónoma en el mundo de la televisión, ndlr.) no quieren trabajar conmigo porque tomé una posición clara en política. Si mi única aspiración hubiera sido obtener un escaño parlamentario, me habría quedado con Denk, tenía un sitio asegurado".

Según los sondeos, tanto Denk como Art1kel pelean por entrar en el Parlamento, aunque el primero de los dos partidos tiene una probabilidad ligeramente superior de conseguirlo. Por lo demás, bastan los dedos de una mano para contar los meses que la formación de Sylvana ha tenido para prepararse para estas elecciones. Para otros se trataría de un suicidio político, pero para ella no: "Somos más que un partido: tenemos una base de activistas y representamos a un movimiento. Si bien es cierto que hace poco que existimos, estamos listos para una aventura de largo recorrido. Y si no entramos en el Parlamento, tendremos más tiempo para demostrar lo necesarios que somos". Le comento que el racismo podría simplemente no ser una prioridad. No está de acuerdo: "No se pueden afrontar pobreza, desempleo y sexismo sin enfrentarse con decisión al problema del racismo. Es por ello que estamos lanzando un debate dentro y fuera del partido sobre la llamada 'discriminación interseccional'".

En cierto modo, Art1kel no solo lucha contra el racismo. Su campo de batalla es más general: el de las desigualdades. "Siempre es dentro de estas donde el racismo encuentra su espacio", afirma convencida Sylvana. Pero si el racismo va ligado a las desigualdades, ¿no le correspondería a la izquierda responsabilizarse del tema? De acuerdo con Sylvana existe un problema real de credibilidad vinculado al perfil de todos los partidos: "No puedes predicar diversidad sin representarla. Los partidos de la izquierda están compuestos en su mayoría por hombres y mujeres holandeses blancos. Art1kel es la única formación que no predica, sino que da vida a la diversidad". Probablemente Sylvana tenga razón, pero, a propósito de credibilidad, le digo que quizá sería hora de deshacerse de la «y» de su nombre y volver simplemente a ser Silvana. Me mira incrédula, como si le hubiera leído el pensamiento: "Justo hace unos días que lo estaba pensando".