¿Te irías de Erasmus a Jerusalén?

Artículo publicado el 6 de Mayo de 2003
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Artículo publicado el 6 de Mayo de 2003

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Arrancarle el velo a la política europea en Oriente Medio. Quiero ser un kamikaze intelectual.

Al ritmo de la electroacústica de Fabio, bailoteaban los labios violetas y amarillos de las chicas de Ramallah; aquel rock algo retro se les metía bajo la piel, les hacía sentirse felices allí, en aquel desierto junto a la ciudad. La árabe primavera acariciaba sus miradas, hacía que se cruzasen y retorciesen en gestos maliciosos, como un prado de Van Gogh. Y tras el baile, alrededor de un fuego, hablar de guerras y paces, entres dos copas, al final de la borrosa velada.

Nuevos tiempos, nouevos horizones

Es Averroes: el Erasmus de los nuevos tiempos, el nuevo programa de intercambio entre universidades europeas y mediorientales, que café babel quiere promocionar tanto en nuestra querida capital, Buróselas, como entre los varios sátrapas que ocupan la otra orilla del Mediterráneo.

No me gustan nuestros discursos vacíos, o como mucho, visionarios, sobre Palestina. No me gusta condenar las operaciones de Tsahal, ni los kamikazes de Tel Aviv. No me gusta decir “me parece vergonzoso”, ni señalar con el dedo a los fundamentalistas monoteístas. En estos casos, tan sólo quiero intentar pensar en una paz “duradera”, como diría Bush (¿Porqué ya no lo dice?); apagar la televisión que masajea nuestra impotencia idiotizada; concebir una solución para los exterminios, pensando en el único ambiente que realmente puedo decir que conozco: el de las universidades.

Pensad por un momento lo que podría haber ocurrido si Erasmus se hubiera creado en los años sesenta y hubiese afectado, desde un principio, a ambos lados de la cortina de hierro. Pensad en la que hubieran montado los hipotéticos “erasmus” de aquella época, capaces de ver pobredumbre hasta en las opulentas, solidarias y “libres” democracias occidentales, si hubieran ido a reclamar a los cuatro vientos su rebelión en Moscú, en Praga, en Budapest.

Acabar con las cortinas

Habríamos tenido una generación de terroristas, respondería la ideología contemporanea. La guerra fría se habría acabado antes -diría yo, en cambio- al destilar, en las relaciones este-oeste algo así como un pacto de Helsinki “desde abajo”, que habría involucrado a todas las sociedades. Y quizás así la revolución no se habría quedado en los espíritus libres, pero frustrados, de las hoy viejas (a la vista está) generaciones dirigentes, sino que habría formado parte de las relaciones internacionales de la época. Y quizás, creado de verdad otro mundo.

Pero ésa es otra historia, una historia que se puede revelar muy útil, si nos fijamos en el número de analogías entre la época que estamos empezando a vivir hoy y la guerra fría (véase mi artículo "La seconda guerra fredda", recientemente publicado por cafebabel.com).

Aunque la retórica occidental siga diciendo que la guerra contra el terrorismo no va dirigida contra el Islam, en realidad, para comprender el mundo de después del 11 de septiembre, hay que empezar por constatar (aunque sea políticamente incorrecto) que los terroristas de Al Qaida provienen del Dar-al-Islam [tierra de Islam]. Que la gran mayoría de las voces que se elevan, muchas veces con virulencia, para contestar la políticas de hegemonía de occidente, son árabes y musulmanas.

Sólo quiero decir que, tal como están las cosas hoy, la guerra de civilizaciones está, ciertamente, tirada por los pelos como teoría intelectual, pero se puede convertir en una profecía que se autorrealiza, si no comprendemos que, con la colonización del Dar-al-Islam [tierra del Islam], la creación del Estado de Israel y, últimamente, el ataque a las torres gemelas, se ha abierto una brecha entre Occidente y Oriente. Y que esta brecha se está convirtiendo en inaceptable “cortina de terror”, y no sólo vertical, en el seno de las sociedades occidentales, sino también horizontal, entre los Estados de la “gran coalición”, liderada por Washington, y el así llamado “eje del mal”, una lista negra de Estados que asisten al terrorismo internacional y destinada a hacerse cada vez más larga. La nueva cortina, para qué negarlo, se extenderá sobre el Mediterráneo.

Palabras como bombas

Pero si no queremos aceptar que una nueva amenaza, después de la del comunismo, nos fuerce al silencio, tenemos que añadir al aspecto de la interdependencia económica, que (como ya avisó, clarividente, Unberto Eco pocos días después del 11 de Septiembre) ha evitado, por ahora, una guerra de civilizaciones, otro tipo de mecanismo de disuasión: el diálogo cultural-generacional. Nótese que los dos adjetivos se funden y se apoyan mutuamente: todo diálogo intercultural que excluya a las nuevas generaciones no es sostenible. Del mismo modo, en la era de la globalización, el debate entre los miembros de una misma generación, que no se deje influir por elementos culturales exteriores, capaces de crear crítica y de despertar el entusiasmo típico de la juventud, no puede ser enriquecedor

En este sentido, quiero sentirme atacado por Teherán y por el Hezbollá, por Hamás y por el Yihad islámico; por las bombas culturales que sus ideas lanzan sobre mi horizonte de hombre europeo. Quiero sentir sobre mi piel la dimensión dramática y la actualidad de la palabra democracia, de la palabra libertad. Ponerlas a prueba en la tierra del Islam, donde (por una extraña coyuntura histórica) no han tomado raíces. Y con la violencia atómica de las bombas laicas que son estas ideas (y no con el mudo temblor de los autobuses de Jerusalén), convertirme en un kamikaze virtual, que lucha por ideas, con ideas, bombardeando sus horizontes, sin miedo.