'Techo y comida', el retrato generacional de la crisis

Artículo publicado el 19 de Diciembre de 2015
Artículo publicado el 19 de Diciembre de 2015

Ganadora de dos premios en el pasado Festival de Málaga, uno del público a la Mejor Película y la Biznaga de Plata a la mejor actriz para Natalia de Molina, y tres nominaciones a los Premios Goya, Techo y comida saca los colores a España en un demoledor documento testimonial sobre la crisis en nuestro país.

El debutante Juan Miguel del Castillo sorprendió y conmovió en el pasado Festival de Cine de Málaga con Techo y comida, un trabajo que bebe de la dura realidad con la que hemos sido bombardeados en los informativos durante los últimos años: Los desahucios. A partir de este escenario con el que, lamentablemente, convivimos a diario, el mérito de este cine llamado "social" consiste en no caer en el mero reportaje documental y conferirle la categoría de ficción. Del Castillo logra en su ópera prima ese difícil equilibrio y deja al espectador al borde de la asfixia.

La actriz Natalia de Molina (Amar es fácil con los ojos cerrados) es, sin duda, quien lleva el peso en este drama en el que interpreta a Rocío, una joven madre soltera a quien la vida ha golpeado a una edad demasiado temprana. Con un hijo a cuestas, un piso ruinoso, sin estudios, en paro y endeudada, Rocío se presenta como un personaje metido ya en una dinámica de desidia, desesperanza y desesperación tras haber quemado los cartuchos y recursos de un supuesto sistema de bienestar que muestra síntomas de escasez y agotamiento.

En este sentido, el director no hace concesiones para con el espectador, pues las miserias y desgracias acosan a la protagonista de principio a fin, una sensación de ahogo que se acrecienta con esa cámara que se convierte en su sombra. No obstante, esta Rocío sufridora, angustiada, llena de miedos e inseguridades, a la que pone rostro y alma una proverbial Natalia de Molina, no es más que la representación de todas esas Rocío anónimas al borde de la indigencia o víctimas de las consecuencias devastadoras de esta crisis. Junto a ella, pocos personajes secundarios, entre los que destaca una estupenda Mariana Cordero, la vecina “de la guarda” que proporciona cierto alivio a un relato, ya de por sí, muy pesimista.  

Juan Miguel del Castillo no juzga a su protagonista y prescinde de florituras escenográficas, para mostrar una historia tan cercana y contada con tanta naturalidad que asusta con su apabullante honestidad.  Desde luego, Techo y comida pone el dedo en la llaga y logra sacar los colores del respetable. No obstante, a quienes debería sonrojar es a todas aquellas instituciones que han decidido mirar hacia otro lado ante una realidad dolorosa y demasiado habitual. Y aunque Techo y comida llega a las salas en un oportuno momento preelectoral, la lástima es que será un producto circunscrito al periplo festivalero y de audiencias reducidas.