Telerrealidad: gloria a precio de saldo

Artículo publicado el 1 de Mayo de 2007
Artículo publicado el 1 de Mayo de 2007

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Loana, Pietro y Zlatko viven en una casa en Berlín, París o Roma bajo la mirada inquisidora de las cámaras. Además de su gusto por el exhibicionismo, tienen otro punto en común: son los famosos del pobre.

En 2003, Endemol Francia estrenó en TF1 el programa Nice People: 12 jóvenes de toda Europa convivían encerrados en un lujoso chalet de 450 m2, grabados 22 horas al día durante tres meses. La audiencia decepcionó y la productora no logró convencer a los anunciantes de que invirtieran en el concepto “Casa de Locos” (en referencia a la película “Una casa de locos”, de Cédric Klapisch). Puede que la telerrealidad no quiera a Europa, pero lo contrario es falso. Desde que en 1999 se importara el formato “Gran hermano” del empresario holandés John De Mol, las cadenas de todo el continente no tardaron en darse cuenta de que estas cobayas catódicas eran auténticas máquinas de hacer dinero. En España, la primera edición de Gran Hermano captó la atención de 12 millones de telespectadores, casi un tercio de la población. En Francia, la emisión de l’Ile de la tentation reunió al 60% de los jóvenes de entre 15 y 24 años frente al televisor. Encierro, vigilancia, recompensa. Si bien la receta de la telerrealidad es idéntica en todos los casos, podemos distinguir tres categorías de programas: la jaula, como en Dwa wiaty en Polonia, otra en la que el público decide con sus votos, tipo Amici en Italia o el juego amoroso del Bachelor británico.

La tiranía de lo real

La falsa vida de la gente de a pie funciona. “Desde hace ya unos veinte años, la televisión tiende a considerar que la realidad viene definida por la cotidianeidad, por el anonimato”, apunta François Jost, semiólogo especializado en investigación televisiva. Tras la hegemonía del universo de la ficción que representó Dallas y el de los juegos en televisión, ahora ha llegado la era de lo real. O al menos la de lo que parece real, puesto que, a menudo, la manipulación es total. “Bien se graba el programa y después se emiten las secuencias según un guión muy preciso, bien se lleva el programa al terreno de lo lúdico, al estilo de Fear Factor, para luchar contra las críticas… Después de todo, no es más que un juego”, subraya Jost.

Para explicar el éxito de esta nueva hornada de programas, Damien Le Guay, filósofo y autor del libro L’Empire de la télé-réalité (El Imperio de la telerealidad), hace referencia a lo que él denomina “proceso de liberación de la palabra de perfectos desconocidos”. “Antes, no dejábamos expresarse más que a personas de reconocido talento”, afirma. Según Le Guay, el entusiasmo generalizado por estos “actores involuntarios” se explicaría también por la “relajación de los comportamientos sociales”: “Estos protagonistas se sueltan hasta tal punto, tanto psicológica como físicamente, que exacerban nuestra tendencia al voyeurismo”. Voyeurismo, procesos de identificación con los protagonistas, perversión…, la lista de las motivaciones de los televidentes es larga. Resulta imposible determinar si Reality Run, en Alemania, es un juego del escondite o una caza del hombre. Otro factor es la desconfianza creciente hacia las elites invitadas a los programas de entretenimiento “más o menos amañados”, que lleva al público a optar por el “hombre ordinario”.

Una nueva “clase obrera famosa”

A pesar de sus múltiples raíces, las formas de fabricar a un famoso en poco tiempo son idénticas en todos los programas de telerrealidad. Según Jost, “la telerrealidad pone en escena dos mundos: uno sagrado, el de los famosos importantes, y otro de los anónimos. El simple hecho de salir en televisión convierte a cualquiera en famoso. Además, a veces estos programas nos muestran a estrellas realizando tareas humillantes.” El sociólogo se subleva contra esta especie de “exigencia democrática de la celebridad: cada uno tendríamos derecho, como dijo Warhol, a nuestro cuarto de hora de gloria. El fenómeno de los reality shows, lejos de ser innovador, lo que hace es retomar la idea según la cual, la vida, en sí misma, puede convertirse en obra de arte digna de ser observada incluso en su normalidad.”

Damien Le Guay habla, por su parte, de “la creación de una 'clase obrera famosa' para la televisión. El hada catódica borra nuestra banalidad y nos hace atravesar los espejos. Sin pasar por la casilla del esfuerzo o el simple trabajo, hoy cualquiera puede acceder a la fama.” La gloria ya no es una forma de reconocimiento de un talento dado, sino un fin en sí misma. Pese a todo, parece que despunta cierto hartazgo del público respecto a esta galaxia del vacío. El nivel de popularidad de estas “falsas estrellas” desciende en la prensa especializada, al igual que las audiencias de la tele-basura. “Los formatos en Europa son los mismos. Hay poca renovación en el género”, subraya Le Guay. “La gente ha empezado a sentir una especie de asco hacia esta hueca banalidad. De ahí, el interés por los géneros de ficción que vuelven con fuerza gracias a series como Lost o Mujeres desesperadas”. Georges Orwell puede volver a la cama.