Telón de acero para el teatro polaco

Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2006
Artículo publicado el 9 de Diciembre de 2006

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En el teatro, más que en cualquier otra forma de arte, el lenguaje tiene un significado esencial. ¿Podemos hablar de teatro europeo?

Cuando la política quiere influir en el arte, el segundo generalmente es el que sufre. Es por esta razón que el teatro polaco atraviesa una crisis.

“Al observar con inquietud lo que sucede en la actualidad en la cultura polaca, es clara la impresión de que está siendo tratada como un campo de batalla ideológico y no como un espacio libre para la creación. Por el contrario, las prácticas laborales para completar los puestos de trabajo vacantes se asimilan progresivamente a purgas”.

Con estas palabras comienza la carta escrita por personas pertenecientes al mundo de la cultura y de la ciencia, al evocar la destitución del director del Gran Teatro – Ópera Nacional de Varsovia. El 4 de septiembre, el Ministro polaco de Cultura nombró al nuevo director de la más importante institución cultural en Polonia, dando fin así a toda cooperación con el anterior director artístico, Mariusz Treliski.

La razón –aunque no ha sido revelada de manera directa– es conocida por el conjunto de la opinión pública. Hay una innovación, una intrepidez en el contenido, una manifestación del “lado oscuro de la naturaleza del Hombre”, en la promoción de creadores artísticos como Krzysztof Warlikowski, quien a pesar de haber sido invitado por la Ópera de la Bastilla de París para varias realizaciones, despierta controversia de manera continua entre los políticos conservadores del Ministerio de Cultura.

“La ópera bien puede ser arte vivo, o puede ser considerada como chantaje cultural, banalidad urbana, donde bellas arañas de cristal cubren pensamientos aburridos y vacíos”, afirma Mariusz Treliski, en una entrevista titulada de manera ilustrativa “Si no es aquí, es allá” y publicada en el semanario Polityka. Conocido por sus trabajos artísticos en Berlín, Los Ángeles, San Petersburgo y Washington, su trabajo es apreciado por varios grupos artísticos de Europa y del mundo. “¿Y la cultura polaca?”: la pregunta queda sin respuesta alguna…

“Sólo en el campo todavía hay almas que se mueven con la fantasía”

No sólo la cosmopolita Varsovia debe buscar una revolución artística. En una de las regiones menos desarrolladas de Polonia, justo en la frontera con Bielorrusia, el Teatro Wierszalin lucha por obtener fondos públicos. Esta financiación constituiría la única oportunidad real de supervivencia para este teatro de bajo presupuesto.

En una sala oscura y chica, una pequeña audiencia observa una representación que por tercera vez ha ganado el prestigioso premio “Fringe First” en el Festival de Edimburgo y que ha provocado la admiración del público de Nueva York. Las razones de protesta por parte de las autoridades locales resultan del contenido homosexual de algunas de las piezas y de la puesta en escena de diálogos intensos sobre la religión, sobre la brevedad del tiempo y de la vida. Uno de los más absurdos reproches a Wierszalin es el hecho de que en una de sus representaciones se encuentra una figura en madera con el busto descubierto.

“La pureza teatral es lo que hace una obra de Wierszalin especialmente única: su total concentración física y su absoluta sinceridad emocional”, sostuvo el New York Times luego de la presentación de Wierszalin al otro lado del océano.

Es “singularidad” la que inspiró al joven director de cine italiano Francesco Carrozzini, radicado en Nueva York, a realizar un documental sobre el teatro. A través de sus conversaciones con habitantes de la ciudad, suscitó entre ellos interés y asombro. Los polacos, sobre todo aquellos provenientes de las provincias, no han comprendido aún el interés que pueden generar entre los espectadores de Occidente. No como museo europeo al aire libre, tampoco en su papel de tierra madre del catolicismo y del patriotismo en Europa Central, sino como un país en el que el pasado se mezcla tanto con ideas novedosas que no son escuchadas como con la originalidad del arte.

Nada nuevo en el Este

Estos son sólo dos ejemplos, que sin embargo bien ilustran cierto estado mental no sólo frente al teatro, sino frente al arte en general. Al mismo tiempo, constituyen el mismo punto de referencia cuando queremos hablar sobre las diferencias entre las dos caras de el antiguo telón de hierro. La paradoja consiste en que ni Mariusz Treliski ni el director de Wierszalin, Piotr Tomaszuk, se asemejan a epígonos que intenten construir identidad sobre un recuerdo eterno del pasado o sobre copias de modelos extranjeros del presente. “Aquí toma la palabra nuestro gen de inferioridad, nuestro complejo provinciano”, sostuvo en una entrevista Mariusz Treliski.

Libertad, igualdad, múltiplex

Tal vez, el problema en conjunto radica en que la comunidad de la cultura popular también crea una ilusión de comunidad en un nivel superior. El hecho de que existan múltiplex llenos de gente en Poznan, Varsovia, Madrid, París y Berlín no significa todavía que el público europeo sea homogéneo. Aquello que produce controversia en Varsovia produce bostezos entre los parisinos. Y viceversa. A pesar de que todos compartamos raíces similares y que los clásicos europeos sean invitados permanentes en las puestas en escena de los teatros polacos, a pesar de los numerosos festivales que muestran el espectro verdadero del arte teatral europeo. La supuesta excentricidad de los otros es para nosotros nada más que eso, excentricidad.

Por el contrario, a pesar de su reconocimiento en el exterior, nuestra producción nativa es valorada de una manera totalmente diferente, en la que la mayor rigurosidad y la censura negativa significan casi una traición nacional. Es el caso por lo menos en Polonia.

El teatro en Europa, Europa en el teatro

La Ópera polaca no será más europea si para sus presentaciones toma prestada la estenografía original de La Scala, tal como lo planea su nuevo director, Janusz Pietkiewicz. Numerosos casos muestran que no son los temas, los problemas o los requerimientos los que determinan qué es europeo y qué no. Es la limitación de los artistas a la hora de escoger estos temas, problemas y requerimientos lo que determina el no-ser europeo. La uniformidad en la experiencia artística no da prueba de una verdadera integración.

Que los franceses bostecen en el teatro polaco, que los berlineses critiquen la ópera polaca. Estas serán las mejores pruebas de que existe un diálogo real, de que no estamos interesados sólo en nosotros mismos, sino también en los otros, en quienes nos rodean. Pero el diálogo sin la promoción y el impulso de la libertad, sin su salvaguardia contra la afluencia discriminante de la opinión de la mayoría debería caracterizar la acción de los Estados europeos. Porque la libertad en el arte fue, es y será un estándar de la democracia y de la identidad en Europa.