¿Tiene justificación el despilfarro de Bruselas?

Artículo publicado el 13 de Junio de 2005
Artículo publicado el 13 de Junio de 2005

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

La Unión Europea gasta más de 100.000 millones de euros al año. La mayoría de este dinero se destina de un modo correcto, pero entre el fraude y el derroche de presupuesto por parte del Parlamento en Estrasburgo, la gente no se pone de acuerdo.

La UE no es demasiado popular hoy en día y explicar esta falta de popularidad no es nada fácil. La "idea general" de la Unión Europea no es algo que atraiga a los ciudadanos, en especial porque mucha gente cree que la UE malgasta el dinero de sus impuestos.

Los culpables son los Estados miembro, no Bruselas

Es difícil entender el presupuesto de la UE: "Bruselas", es decir, las instituciones de la UE, tan sólo destinan un 20% del mismo a su funcionamiento; el resto se destina a los Estados miembro, y son éstos quienes lo gastan, aunque no siempre comprueban si se hace un buen uso del dinero recibido. Esto hace que cualquier intento de auditoría en el ámbito europeo sea difícil, lo que da lugar al abuso.

En 1999, por ejemplo, se descubrió que una fábrica de mantequilla del sur de Italia utilizaba ingredientes no-lácteos y peligrosos en sus productos. La fábrica exportaba dichos productos a otros miembros de la UE y recibía muchas ayudas del presupuesto europeo. El fraude continuó durante años y sólo se descubrió por casualidad cuando unos abogados italianos estaban investigando casos de asesinato por parte de la mafia. En un informe reciente de Herbert Bösch se afirma que este caso supuso para la UE alrededor de 100 millones de euros, incluidos los costes de la investigación. Este es un caso de estafa que supone un aumento del gasto comunitario.

A pesar de que los gobiernos nacionales deberían hacerse cargo de los fondos europeos que consumen, la necesidad de más transparencia no significa que la UE sea sinónimo de "derroche de dinero". Para sorpresa de muchos escépticos, el presupuesto total de la UE es de sólo un 1,24% del PIB y la mayoría de ese dinero se invierte de un modo correcto. Por desgracia, la Política Agrícola Común (PAC), que fue la causante de los infames lagos de leche y montañas de mantequilla tirados a la basura, aún copa alrededor de la mitad del presupuesto europeo. Aunque los subsidios por sobreproducción ahora sean una cosa del pasado, la imagen que se creó en torno a ellos aún afecta a la UE.

Estrasburgo es sinónimo de malgasto de los fondos de la UE

Este problema de imagen es la principal razón por la que se cree fervientemente que la UE malgasta cantidades ingentes de dinero. Algunos de los símbolos más importantes de la UE no ayudan a cambiar esta impresión: el constante ir y venir del Parlamento Europeo entre Bruselas y Estrasburgo es prueba de ello.

Bruselas es el principal lugar de trabajo del Parlamento Europeo, pero cada mes todos los parlamentarios y la mayoría del personal se desplazan a Estrasburgo para las sesiones plenarias y las votaciones. Según los últimos cálculos que circulan en el Comité Parlamentario de Control Presupuestario, los costes adicionales que supone no contar con un único parlamento son de, al menos, 300 millones de euros anuales. En el conjunto global del presupuesto de la UE esta es una cifra pequeña, pero los costes simbólicos van más allá de las repercusiones presupuestarias ya que se tiene la percepción de que el Parlamento europeo es un circo ambulante y de que la Unión Europea es un despilfarro.

Claro está que esto da pie a que se solicite la reducción del presupuesto de la UE al 1% del PIB, tal y como ya han hecho Francia, Alemania, Reino Unido, Suecia, Austria y Holanda. Desafortunadamente, las duras posturas de los líderes nacionales en las negociaciones del presupuesto de la UE y su deseo de apuntarse tantos de cara a sus electores no ayudan a cambiar a mejor la imagen de la UE. Además, las limitaciones presupuestarias que abogan suponen en verdad una reducción del dinero que estos países destinan a la UE, no más eficacia en el gasto o un cambio en el número de puestos de trabajos en el Parlamento.

Necesitamos la confianza ciudadana

La integración europea es más urgente que nunca. La paz interna y la estabilidad ya no son las únicas razones: de cara a la globalización, los peligros medioambientales, la pobreza mundial y las nuevas inseguridades, la integración es el único camino para seguir adelante. Europa tendrá que reinventarse a sí misma si quiere hacer frente a estos retos y esto sólo se puede llevar a cabo con la confianza de los ciudadanos.

El rechazo a un cambio de verdad (el de la desaparición de la sede parlamentaria en Estrasburgo, por ejemplo) supone la pérdida de una oportunidad de empezar a restaurar la confianza ciudadana; y se necesita dicha confianza ciudadana si los políticos quieren ganar apoyos para dejar atrás la soberanía nacional en favor de opciones mucho más delicadas, una tarea que ya de por sí es difícil sin la creencia popular de que la integración europea es un proyecto en el que se derrocha el dinero.

El oportunismo a corto plazo tendrá un alto precio en el futuro. Los líderes que se tomen en serio la eficacia de la UE deben considerar las negociaciones presupuestarias como una oportunidad de alentar un cambio real; asimismo, un Parlamento Europeo que se considere serio debería hacer lo mismo. De cara al escepticismo público, la reciente votación en contra de un único parlamento ha sido algo imperdonable. No se puede desaprovechar la próxima oportunidad: el precio de las irresponsabilidades podría traducirse en un rechazo general del pueblo europeo a la hora de considerar al Parlamento como su representante, y a la Unión Europea como su ideal.