Todavía cristianos, ¿pero es posible?

Artículo publicado el 2 de Abril de 2004
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 2 de Abril de 2004

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¡La religión sigue despierta en el Este! Aumenta la asistencia a misa y la Iglesia cobra aún más protagonismo en naciones como Polonia. Sin embargo, ahora más que nunca se cuestiona el sitio que ocupa y el rol que desempeña en estas nuevas democracias.

La ampliación al este que va a producirse en Europa, lleva consigo el enrevesado problema de la religión, y la influencia que tiene ésta en los futuros estados miembros de la Unión Europea. A pesar de compartir historia y cultura, Polonia, la República Checa, Hungría y Eslovaquia, los países que forman el denominado grupo de Visegrád, afrontan de manera distinta el importante problema de la separación entre iglesia y estado.

Polonia: ¿el catolicismo como estereotipo nacional?

El hogar ancestral del Papa Juan Pablo II, la Polonia fervientemente católica, es una defensora acérrima de una mención cristiana en el preámbulo de la futura Constitución Europea. En el pasado comunista reciente del país, la Iglesia apoyó el movimiento nacional por la democracia. Pero en 1989, tras la caída del comunismo, tuvo que enfrentarse a reacciones en su contra: un número cada vez mayor de polacos criticó la intromisión de ésta en el gobierno, que no parecía tener otro objetivo que el de empujar para que se tendiera hacia su agenda social, más conservadora. La firma reciente de un acuerdo entre el gobierno de Polonia y el Vaticano servirá a la Iglesia nacional para que defienda sus políticas sociales. La masiva aparición de iglesias evangélicas y una creciente demanda del derecho al aborto son algunas de las presiones a las que tiene que hacer frente esta poderosa institución. Su lobby activo está dando sus frutos. La reciente alianza con los grupos pro-vida del país ha echado abajo cualquier esperanza de que se abran las puertas al aborto sensato. En una nación como la ultracatólica Polonia, en cuyos colegios públicos se imparte religión y en la que cuelgan crucificos tanto de las paredes de su Cámara Alta, como de las de su Cámara Baja, el debate sobre la separación de Iglesia y Estado, candente en la mayor parte de la Europa occidental, simplemente no existe.

Hungría: Iglesia y fondos públicos

En Hungría, el fundamento y rol de la Iglesia en una sociedad contemporánea es un tema de rabiosa actualidad. El último incidente, protagonizado por el veto a un estudiante homosexual en la Gaspar Karoli Reformed Church Universitary, ha encendido todavía más la polémica, ya que ha aumentado el número de personas que cuestionan la enorme influencia de las iglesias, cuyo funcionamiento depende casi por completo de los fondos públicos. Recientemente se han llevado a cabo regulaciones fiscales en Hungría, a fin de que se distribuyan los subsidios de acuerdo al tamaño de la iglesia, en vez de fijar en un uno por ciento la donación fiscal. En Hungría, como en Polonia, bastan 100 personas para crear una iglesia reconocida oficialmente y subvencionada por las arcas públicas. Es mucho más difícil en la República Checa y en su vecina Eslovaquia, donde el proceso de aceptación puede alargarse hasta los diez años, y donde se requiere el apoyo de decenas de miles de miembros en activo.

Eslovaquia: ¿a punto de convertirse en un estado clerical?

En Eslovaquia la fe es inevitable. Los partidos políticos se cuelgan a sí mismos, abiertamente, la etiqueta de cristianos, y sus programas defienden con fervor el legado cristiano del país. No obstante, mientras cada vez más fieles ocupan los bancos de las iglesias, la religión y su sitio en la sociedad sigue siendo objeto de polémica. Un escándalo por el alto coste de la última visita del Papa a Eslovaquia, junto con la reciente introducción de una asignatura opcional de religión en los colegios públicos, ha logrado que se hable de Eslovaquia como un país en proceso de conversión hacia un estado clerical. Hace poco, sin embargo, ocurrió algo que apuntaba hacia la dirección opuesta. El terreno ganado por el partido comunista nacional, que ha conseguido representación parlamentaria por primera vez desde la Revolución de Terciopelo en 1989, y la decisión de recortar el número de organizaciones religiosas susceptibles de recibir subvención pública, demuestran una separación creciente entre la iglesia y el estado.

La República Checa: ¿La oveja negra de la familia?

La República Checa sobresale en este piélago de creyente devoción. La mayoría de los checos (un 59 por ciento, según una encuesta reciente) se declaran ateos. En la República Checa un cinco por ciento de los católicos van a misa, comparados con el 58 por ciento que lo hacen en Polonia. Estos números sitúan a la República Checa en el mismo saco que los países occidentales, en los que las cifras de asistencia a misa baten récords negativos. El rápido declive de la religiosidad en los últimos 15 años puede achacarse, hasta cierto punto, al comunismo y a las tradiciones teístas que dominaron la Europa del Este durante casi todo el siglo XX. Han de añadirse los agrios enfrentamientos entre la Iglesia y el Estado por la restitución de la tierra, agrandados por los comunistas. De todo el grupo de Visegrád, la República Checa es el único país que todavía no ha firmado un acuerdo con el Vaticano.