Toma de rehenes, meados y jarabe de arce: la inmigración en Francia

Artículo publicado el 31 de Julio de 2014
Artículo publicado el 31 de Julio de 2014

¿Cómo es real­men­te in­mi­grar a Eu­ro­pa? En una época en la que los paí­ses eu­ro­peos im­po­nen unas re­gu­la­cio­nes más es­tric­tas que nunca para fre­nar la mi­gra­ción, la autora se aven­tu­ra en las en­tra­ñas del sis­te­ma de in­mi­gra­ción fran­cés.

In­mi­gran­te. Re­cien­te­men­te este ter­mino ha sido re­la­cio­na­do con las con­no­ta­cio­nes de un enemi­go mor­tal, ve­ni­do desde lejos para robar em­pleos y cau­sar es­tra­gos en la mal-lla­ma­da "ci­vi­li­za­da" so­cie­dad eu­ro­pea. La di­co­to­mía del emi­gran­te-vi­llano ha sido pro­mul­ga­da por el miedo de los par­ti­dos po­pu­lis­tas de de­re­chas, espe­cial­men­te en Reino Unido y Fran­cia, y por la evi­den­te de­mo­ni­za­ción de los no-na­cio­na­les en los me­dios de co­mu­ni­ca­ción. El en­du­re­ci­mien­to de la le­gis­la­ción an­ti-in­mi­gra­ción pasa por los par­la­men­tos al tiem­po que los por­te­ros de la for­ti­fi­ca­da Eu­ro­pa cie­rran las es­co­ti­llas, pre­pa­rán­do­se para una in­va­sión alie­ní­ge­na.

Pues bien, yo soy uno de esos alie­ní­ge­nas. Os sa­lu­do desde la tie­rra de los cas­to­res y los ca­ri­búes, donde los ríos y los lagos flu­yen in­ten­sa­men­te con ja­ra­be de arce y sal­món. Sí, vi­vi­mos en iglús y la tem­pe­ra­tu­ra nunca sube de los -20°C. La po­li­cía ca­na­dien­se vaga por los den­sos bos­ques, ar­ma­dos con sus ata­víos co­lo­ra­dos, a hor­ca­ja­das sobre sus fie­les cor­ce­les, mien­tras que los vien­tos he­la­dos aca­ri­cian a sus ex­plo­ra­do­res. Me llamo Kait, soy ca­na­dien­se y estoy aquí para asal­tar la Eu­ro­pa con­ti­nen­tal (pues­to que an­da­mos algo es­ca­sos de las más des­ta­ca­das ins­ti­tu­cio­nes bri­tá­ni­cas, in­clu­yen­do el Royal Mail y el Banco de In­gla­te­rra. No es broma).

Soy un alie­ní­ge­na, soy un alie­ní­ge­na legal, soy una ca­na­dien­se en Fran­cia.

Rehén de la bu­ro­cra­cia

La mejor ma­ne­ra de des­cri­bir mi viaje a tra­vés del Atlán­ti­co es como una pe­re­gri­na­ción a la in­ver­sa. (Para más in­for­ma­ción sobre por qué no tengo el pa­sa­por­te ita­liano a pesar de ser hija de un ciu­da­dano de allí, lean este ar­tícu­lo). Mi de­ci­sión de venir a Eu­ro­pa es re­ci­bi­da con mi­ra­das de enor­me con­fu­sión: ¿Por qué que­rrías venir aquí? Ca­na­dá es a me­nu­do des­cri­ta como El Do­ra­do, una tie­rra de opor­tu­ni­da­des que no co­no­ce la cri­sis. Du­ran­te los úl­ti­mos cinco años, la re­vis­ta fran­ce­sa L'Ex­press ha pu­bli­ca­do ar­tícu­los en­te­ros de­ta­llan­do cómo tras­la­dar­se al Gran País He­la­do.

Mien­tras que la li­ber­tad de mo­vi­mien­to da a los eu­ro­peos la opor­tu­ni­dad de tras­pa­sar fron­te­ras con fa­ci­li­dad, otros como yo somos he­chos rehe­nes de la bu­ro­cra­cia desde el mo­men­to en que po­ne­mos un pie en estas tie­rras. La falsa idea de que mi­grar a Eu­ro­pa es un pro­ce­so sim­ple es un mito. In­mi­grar a un país eu­ro­peo es arduo, com­ple­jo y está res­trin­gi­do. Sin em­bar­go, Eu­ro­pa es mi El Do­ra­do, lo que sig­ni­fi­ca na­ve­gar por ese la­be­rin­to lla­ma­do sis­te­ma de in­mi­gra­ción fran­cés. Mi pri­me­ra pa­ra­da: OFII (Ofi­ci­na Fran­ce­sa de In­mi­gra­ción e In­te­gra­ción).

In­fil­trán­do­se en OFII

Así pues, ¿cómo pasa un ex­tran­je­ro el sis­te­ma de in­mi­gra­ción fran­cés? ¿Qué tiene que hacer?

Paso 1: el exa­men mé­di­co. Es com­pli­ca­do con­se­guir mear en un va­si­to de plás­ti­co, des­pa­ta­rra­da y ves­ti­da para im­pre­sio­nar al en­tre­vis­ta­dor. Mi pro­ce­di­mien­to fa­vo­ri­to es el exa­men de la tu­bercu­losis. Ca­na­dá tiene la mitad de casos de tu­bercu­losis que Fran­cia. Qui­zás de­be­ría plan­tear­me so­li­ci­tar di­chas prue­bas antes de en­trar en con­tac­to con la po­bla­ción local.

Paso 2: fir­mar el con­tra­to de "buen com­por­ta­mien­to", tam­bién co­no­ci­do como Con­tra­to de bien­ve­ni­da e in­te­gra­ción. En otras pa­la­bras, pro­me­to des­po­jar­me de mi nido ca­na­dien­se a cam­bio de la vie française. De ahora en ade­lan­te, estoy obli­ga­da a ad­he­rir­me a los prin­ci­pios de­mo­crá­ti­cos, a res­pe­tar los de­re­chos hu­ma­nos, la igual­dad, adop­tar creen­cias se­cu­la­res y ha­blar fran­cés. ¿Que qué pasa si no lo hago? La de­por­ta­ción.

Paso 3: gra­duar­se con éxito en el pro­gra­ma "cómo ha­cer­se fran­cés". El cu­rri­cu­lum se di­vi­de en cua­tro com­po­nen­tes di­fe­ren­tes: idio­ma, adap­ta­ción a la vida en Fran­cia, eva­lua­ción de las ca­li­fi­ca­cio­nes pro­fe­sio­na­les e in­te­gra­ción cí­vi­ca. Des­pués de su­perar cada parte, los bue­nos in­mi­gran­tes re­ci­bi­mos un cer­ti­fi­ca­do que de­be­re­mos pro­te­ger con nues­tras vidas para siem­pre si que­re­mos per­ma­ne­cer en Fran­cia.

Pasar el corte

Había oído his­to­rias sobre en­tre­vis­tas in­fer­na­les, es por ello que me había hecho a la idea de que sería una pe­sa­di­lla. Sin em­bar­go, el tra­ba­ja­dor de la agen­cia fue to­tal­men­te ama­ble y edu­ca­do. Al final sal­dría bien y todo. Pero como en todas las his­to­rias de la ad­mi­nis­tra­ción fran­ce­sa, fal­ta­ba un do­cu­men­to. Es­ta­ba pre­pa­ra­da para arro­di­llar­me, arras­trar­me y su­pli­car cle­men­cia cuan­do se ofre­ció a im­pri­mír­me­lo. Salí con una son­ri­sa de oreja a oreja. Había pa­sa­do el corte y era la or­gu­llo­sa dueña de una visa va­li­da­da.

Sin em­bar­go, al­gu­nos de mis com­pa­ñe­ros tu­vie­ron que afron­tar más pro­ble­mas. Fui tes­ti­go de la se­rie­dad con la que los fran­ce­ses ma­ne­jan la in­frac­ción de cual­quier cláu­su­la. Por medio de un in­tér­pre­te, una mujer de me­dia­na edad se negó ro­tun­da­men­te a apren­der fran­cés o re­ci­bir cla­ses de idio­mas. In­sis­tió en que es­ta­ba exen­ta de tal re­que­ri­mien­to. El ad­mi­nis­tra­dor le gritó en pocas pa­la­bras que si no apren­día fran­cés, no podía que­dar­se. Evi­den­te­men­te, se ne­ga­rá la re­no­va­ción de su visa y afron­ta­rá la de­por­ta­ción por no ha­ber­se in­te­gra­do. Su ad­ver­ten­cia se oyó hasta en la sala de es­pe­ra, por lo que el resto de in­mi­gran­tes se es­tre­me­cie­ron. El de­cre­to sub­ra­ya la dura reali­dad de que no hay ex­cep­cio­nes. Dicho de otra forma, in­té­gra­te o vete. No eres bien­ve­ni­da aquí.