Transgénicos: Monsanto pierde una batalla en Europa

Artículo publicado el 2 de Abril de 2009
Artículo publicado el 2 de Abril de 2009
Hace unos días, los países de la UE se negaron a obligar a Austria y a Hungría a cultivar el MON 810 (el maíz modificado de manera genética) de la multinacional norteamericana Monsanto. La Comisión Europea, con Durão Barroso y Fischer Boel al frente, así lo demandaba con verdadero ahínco y ferviente defensa

La voz de la comisaria europea de Agricultura, Mariann Fischer Boel, argumenta a favor del cultivo de transgénicos con la débil teoría de que la comunidad científica no tiene evidencias de que el producto sea peligroso. Tampoco avala la afirmación rotunda de que no vaya a serlo. Al mismo tiempo, postula que hay que tomar las oportunas precauciones para que al mercado lleguen transgénicos seguros. A renglón seguido, vaticina que, de no ser tolerantes con el asunto, la UE se quedará atrás frente a competidores como Argentina o Brasil, donde se tienen políticas más permisivas con los Organismos Genéticamente Modificados (OGM). Luego, remata apoyándose en que estos países siempre pueden producir carnes de animales alimentados con piensos de este tipo que el mercado de la UE no rechazará por ser más competitivos. Vamos, que al final: sí o sí.

El fantasma del pasado no perdona

Para alguien que vive en España oír esta noticia no puede sino traerle a la mente la ciudad portuguesa de Monsanto, que sin lugar a dudas debe conocer el lisboeta Durão Barroso, pues, además de su belleza intensa y natural, fue declarada en 1938 “la ciudad más portuguesa del país”. Tal vez porque la conoce, la admira y la ama sea por lo que le ha traicionado el subconsciente, apegándose de manera tan férrea a los postulados de esa otra ‘Monsanto’ de muy distinto cuño.

Hace más de 5.000 años, los indios mejicanos comenzaron a cultivar maíz. Unas cuantas lluvias con sus soles y sus vientos correspondientes han hecho el prodigio de que esa gramínea fructifique como debe, de que incluso mute como le venga en gana y, así, se nos ofrezca bajo múltiples variedades: maíz amarillo, blanco, azul y hasta violeta. Hasta aquí nada raro. La biodiversidad es sabia y pone en juego sus bazas y sus artes y se singulariza. De ese modo, hay cultivos que resisten mejor a las sequías y otros que les plantan más cara a los bichitos que quieren devorarlos.

Esa otra Monsanto, la de la película El mundo según Monsanto y el libro en el que se basa, de la periodista Marie-Monique Robin, que ya han comprado más de 90.000 franceses, fue la suministradora de los 76 millones de litros de herbicidas con los que se empapó a Vietnam desde 1961 a 1972, la del ‘agente naranja’ del que se utilizaron 44 millones de litros como defoliante. Su malvado efecto no solo atentó contra los ecosistemas. Se puede considerar que más de 500.000 niños han nacido con deformidades relacionadas con sus dioxinas. Que esta multinacional productora de semillas pretenda ahora erigirse como adalid del mundo hambriento y la escasez creciente de materias primas parece un sarcasmo.

Unos frentes se ganan y otros se pierden

El ¡alto ahí! que se produjo el otro día puede considerarse un gran éxito y el pronóstico de otras contenciones. Sólo Suecia, Estonia, Finlandia, Holanda y Reino Unido apoyaron la propuesta de Bruselas, por la que se pedía a sus ministros de Medio Ambiente que apoyaran el levantamiento de las cláusulas que amparaban a Hungría y a Austria. El fracaso con Francia y Grecia del mes de febrero, ahora es secundado por este otro. Mientras, seguiremos contemplando con estupor cómo es en España donde más maíz OGM se cultiva.