Túnez Cinema Club: resistencia en la escena alternativa

Artículo publicado el 25 de Febrero de 2014
Artículo publicado el 25 de Febrero de 2014

Desde su creación en los años sesenta, los cineclubs en Túnez son espacios de libertad creativa e intelectual, caldo de cultivo de aprendices de cineastas, apasionados del séptimo arte y militantes de todo el espectro izquierdista de oposición a los regímenes que han gobernado el país desde su independencia.

La car­te­le­ra de la ca­pi­tal tu­ne­ci­na se re­du­ce a un pu­ña­do de salas que en su ma­yo­ría cir­cun­va­lan la Ave­ni­da Bour­gui­ba, ar­te­ria prin­ci­pal de la ciu­dad: el Mondo, el Rio o el Co­li­sée son vie­jos edi­fi­cios de ar­qui­tec­tu­ra co­lo­nial, de­li­cio­sa­men­te de­ca­den­tes para el ojo ajeno, tris­te­men­te in­su­fi­cien­tes para los aman­tes del sép­ti­mo arte.

Ca­mu­fla­da entre ellos, cir­cu­la la co­rrien­te al­ter­na­ti­va: los ci­ne­clubs, vía de es­ca­pe del cir­cui­to ho­lli­woo­dien­se, sal­va­vi­das del cine tu­ne­cino y re­fu­gio de mi­li­tan­tes de toda ín­do­le en un país que, hasta que hace tres años en­cen­die­ra la mecha de la lla­ma­da Pri­ma­ve­ra Árabe, vivía bajo un ré­gi­men au­to­ri­ta­rio en el que la cen­su­ra aho­ga­ba la li­ber­tad de ex­pre­sión y por ende cas­tra­ba la pro­duc­ción ci­ne­ma­to­grá­fi­ca na­cio­nal. Se quie­ra o no, la po­lí­ti­ca lo im­preg­na todo en los ci­ne­clubs, antes de la re­vo­lu­ción del 14 de enero y des­pués, in­clu­so más.

POR AMOR AL CINE

De­ma­sia­da po­lí­ti­ca”, re­cal­ca tras re­fle­xio­nar unos se­gun­dos Amel Saa­da­llah cuan­do le pre­gun­ta­mos por qué fundó Ci­né­ma­dart, uno de los pri­me­ros clubs in­de­pen­dien­tes de la Fe­de­ra­ción Tu­ne­ci­na de Ci­ne­clubs (FTCC). Cada mar­tes desde hace siete años, este es­pa­cio nó­ma­da  que ahora en­cuen­tra su sitio a pocos pasos de las rui­nas de Cart­ha­go pro­yec­ta todo tipo de pe­lí­cu­las sin ca­bi­da en la exi­gua car­te­le­ra na­cio­nal: hoy, por ejem­plo, tres cor­to­me­tra­jes made in Tu­ni­sia, que des­pier­tan una aca­lo­ra­da dis­cu­sión ci­né­fi­la cuan­do la luz vuel­ve a la sala. Por la pro­fu­sión de gafas de pasta, pan­ta­lo­nes pi­ti­llo, la­bios rojos, y boi­nas en la sala cual­quie­ra diría que nos asis­ti­mos a un en­cuen­tro in­te­lec­tual-bohe­mio-chic de cual­quier ca­pi­tal eu­ro­pea, si no fuera por­que en el de­ba­te pre­do­mi­na el árabe en dia­lec­to tu­ne­cino, sal­pi­ca­do (eso sí) de pa­la­bras y ex­pre­sio­nes fran­ce­sas. Amel sigue aten­ta desde las bu­ta­cas la dis­cu­sión entre los di­rec­to­res de los cor­to­me­tra­jes y el va­rio­pin­to pú­bli­co, y más tarde se ex­pli­ca: “a veces pa­re­ce que la pe­lí­cu­la es solo una ex­cu­sa para el de­ba­te pos­te­rior sobre la causa de turno. No­so­tros que­re­mos que sea al con­tra­rio”, aduce. Esta chica de ade­ma­nes sua­ves y mi­ra­da com­ba­ti­va cree que se es­ta­ba per­dien­do la esen­cia de lo que re­pre­sen­tan los ci­ne­clubs, y as­pi­ra a des­li­gar­se de la ‘mi­li­tan­cia’ del resto para apos­tar por “el amor al cine por el cine”.

Claro que, em­pe­ñar­se en vivir del sép­ti­mo arte en un país donde los lar­go­me­tra­jes pro­du­ci­dos al año pue­den con­tar­se con una mano y donde exis­ten poco más de una de­ce­na de salas de pro­yec­ción, en el fondo es otra forma de com­ba­te. Lo sabe bien Fatma Bchi­ni, pre­si­den­ta del club más an­ti­guo de Túnez, el ci­ne­club de Tunis. “Com­prar una en­tra­da de cine en Túnez ya es re­sis­ten­cia”, afir­ma ro­tun­da esta es­tu­dian­te de me­di­ci­na de 23 años, que tam­bién forma parte del co­mi­té fe­de­ral de Ci­ne­clubs. Fatma se apa­sio­na ha­blan­do de la ac­ti­vi­dad que desa­rro­llan y con­fía en que estos es­pa­cios jue­guen un papel de im­por­tan­cia en el nuevo Túnez: “Que­re­mos vol­ver a abrir ci­ne­clubs para niños, para sal­var a su ge­ne­ra­ción de la am­ne­sia co­lec­ti­va, para en­se­ñar­les a crear y a cons­truir”. Hoy los clubs de cine tri­pli­can en nú­me­ro a las salas y, se­ña­la Fatma or­gu­llo­sa, “no hay día en que la Fe­de­ra­ción no re­ci­ba una nueva so­li­ci­tud de aper­tu­ra”.

 PO­LÍ­TI­CA, GRADO CERO

Eran tan bor­des y cua­dri­cu­la­dos que se no­ta­ba a la legua que eran polis”, se burla Maher ben Kha­li­fa,  parte in­te­gran­te de este sub­mun­do desde que ate­rri­za­ra por pri­me­ra vez en un ci­ne­club cuan­do era un mo­co­so de 7 años. Se re­fie­re a los agen­tes in­fil­tra­dos que asis­tían con fre­cuen­cia a las reunio­nes de su club de ci­neas­tas ama­teurs para tomar buena nota de quien decía qué.

Pa­ra­dó­ji­ca­men­te, aun­que sin dejar de ob­ser­var­los de cerca, el poder ha to­le­ra­do estos focos de di­si­den­cia, en parte por su poca vi­si­bi­li­dad entre el grue­so de la po­bla­ción tu­ne­ci­na y en parte como es­tra­te­gia de la­va­do de cara fren­te a las de­mo­cra­cias oc­ci­den­ta­les. En todo caso, “mi­li­tes o no en un par­ti­do, los ci­ne­clubs te en­se­ñan a de­ba­tir. Y el de­ba­te es el grado cero de la po­lí­ti­ca. Aquí apren­des a de­fen­der tus ideas. Y a com­pro­me­ter­te”, ex­pli­ca este es­tu­dian­te de di­se­ño grá­fi­co.

POCOS RE­CUR­SOS, MUCHA IMA­GI­NA­CIÓN

Maher per­te­ne­ce a la Fe­de­ra­ción Tu­ne­ci­na de Ci­neas­tas Ama­teurs (FTCA) y gra­cias a esta, con 17 años rodó su pri­mer corto, Kari for dogs, falso spot pu­bli­ci­ta­rio que, ins­pi­rán­do­se de las tor­tu­ras a pre­sos en Abu Gh­raib, anun­cia­ba co­mi­da para pe­rros com­pues­ta de carne hu­ma­na. Sin rubor, ad­mi­te que, al menos a nivel téc­ni­co, su pri­me­ra in­cur­sión en el cine fue “algo desas­tro­sa”.

Su ex­pe­rien­cia re­fle­ja bien cómo fun­cio­na este ofi­cio en Túnez: du­ran­te mucho tiem­po, los clubs fue­ron la única es­cue­la de cine en el país, y en ellos se han for­ma­do va­rias ge­ne­ra­cio­nes de di­rec­to­res; aun­que tam­bién gente co­rrien­te con ganas de con­tar his­to­rias. Hoy Maher forma parte del co­mi­té cen­tral de la FTCA, y ase­gu­ra que allí hay de todo, “desde es­tu­dian­tes de in­ge­nie­ría hasta pa­na­de­ros y ta­xis­tas. Es sim­ple, par­ti­mos de la base de que todo el que quie­ra debe poder hacer cine”, afir­ma, re­cor­dan­do que por los ci­ne­clubs han pa­sa­do in­clu­so mi­nis­tros be­na­lis­tas.

A la hora de crear y dados los bajos re­cur­sos, se echa mano de la ima­gi­na­ción y se apues­ta al má­xi­mo por el bri­co­la­je, sa­can­do ma­te­rial e ideas de cual­quier parte. “Em­pe­cé mi ca­rre­ra ci­ne­ma­to­grá­fi­ca ro­ban­do dos cá­ma­ras”, ase­gu­ra sin mayor com­ple­jo el di­rec­tor Sami Tlili, otro loco del cine que tras mon­tar un ci­ne­club en su ciu­dad natal, Sous­se, se lanzó a la di­rec­ción. Como ci­neas­ta ama­teur que fue, se ríe de las pe­lí­cu­las de gran pre­su­pues­to. “Por favor, falta una tuer­ca y cunde el pá­ni­co, ¡se para todo el ro­da­je!”, se asom­bra. Su pri­me­ra pe­lí­cu­la, el do­cu­men­tal “Mal­di­to sea el fos­fa­to”, narra las re­vuel­tas en la cuen­ca mi­ne­ra de Gafsa en pri­ma­ve­ra de 2008, en lo que hoy mu­chos con­si­de­ran el ver­da­de­ro ger­men de las re­vo­lu­cio­nes ára­bes. “Pese a los obs­tácu­los, me­re­ce la pena. En el cir­cui­to al­ter­na­ti­vo hemos sido los úni­cos en tra­tar este tipo de temas”, re­fle­xio­na Tlili.- “En una si­tua­ción po­lí­ti­ca como la que te­nía­mos, el ré­gi­men era un ase­sino de sue­ños. A no­so­tros el cine nos ha per­mi­ti­do soñar”.

Este re­por­ta­je forma parte del Dos­sier Eu­ro­med Re­por­ter lle­va­do a cabo por Ca­fé­Ba­bel en la ciu­dad de Túnez.