Turismo en un tren francés a finales de verano

Artículo publicado el 8 de Agosto de 2007
Artículo publicado el 8 de Agosto de 2007

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Viajes más o menos imaginarios por ciudades recónditas o paisajes cosmopolitas. Los europeos se inclinan por los paseos románticos en verano.

“Septiembre es el mes en que se ve más bonito este paraje. La luz brilla sobre el Atlántico de una manera más tenue que en verano. Excepto unos pocos surfistas, sólo nos quedamos los pescadores”. El verano ha dejado su huella en la cara del hombre que navega esta mañana, antes de la salida del sol, en su pequeña barca desde Arcachon hasta el Cabo Ferret. Todas las mañanas, este hombre guía en su barca, desde la pequeña ciudad portuaria hasta el Cabo Paraíso, a los surfistas y a los acomodados franceses. El año pasado, sin quererlo, se escuchó hablar de este lugar idílico en todo el país, después de que dos turistas fallecieran tras consumir las famosas ostras de Arcachon. Aunque todavía no se ha comprobado que su muerte se debiera al exquisito marisco, en aquel entonces se retiró su venta. Una catástrofe para los pescadores, que no sólo se preocuparon por el daño económico, ya que en estos casos se debe indemnizar a los agricultores y pescadores franceses, sino que se temían algo peor: la mala fama.

Por eso, en los cafés de Arcachon hay menos vida que de costumbre. “No obstante hemos vivido cosas peores”, afirman los pescadores en su ritual matutino que incluye el café, un croissant, el periódico y unos cigarrillos. Un poquito más adelante los fruteros ofrecen melones pasados. Ellos no han vivido ningún drama este año. Sólo los viticultores están intranquilos por las abundantes lluvias de los últimos días. Detrás del pequeño mercado se sitúa la adormecida estación de tren. Los turistas cogen el tren turístico a Burdeos y desde allí el tren rápido o el avión.

Por esta estación del año, los autóctonos vuelven a hacer una excursión a la capital de la región de Aquitania. En Burdeos, los días soleados transcurren como si se tratase de un pequeño París. Hay actividad pero no es frenética y los ciudadanos son burgueses, pero carecen de la arrogancia parisina. Los señores leen en el tren la nueva edición del segundo periódico más grande de la región, el Sud-Ouest. Esta mañana, sin periódico pero con sus mejores galas, suben al tren dos mujeres pensionistas. Quieren dar una pequeña vuelta por las galerías Lafayette, visitar el Palacio de la Bolsa, recién adoquinado, viajar en tranvía y pasear por las pequeñas callejuelas del centro histórico.

El tren se marcha de la estación. No puede circular deprisa porque tiene que parar en numerosos lugares. A ambos lados del trazado se han construido casas nuevas. Una de las señoras mayores, que lleva unos pendientes blancos grandes, comenta:

“¿Cómo alguien puede construirse una casa junto a los andenes? ¡Es espantoso!”. A las excursionistas les basta un motivo, el estado caótico del partido socialista, que tras la derrota en las elecciones presidenciales parece delirar sin rumbo. No se divisa a ningún salvador por debajo de los peces gordos del partido, Los Elefantes, como también se les conoce en Francia. Los pendientes blancos grandes cuentan con Laurent Fabius, Dominique Strauss-Kahn,...

Su conversación en voz alta hace saltar a un joven viajero “¿Qué pasó con François Hollande, el antiguo compañero de Ségolène? ¿Qué opinan de él?”, espeta el joven. “ Olala...”, contesta la acompañante de la mujer con pendientes que lleva un bolso de cuero y se ha hecho la permanente. “Mire usted, estoy a favor de los trabajadores pero no de los vagos. En la izquierda sólo quedan vagos. No es de extrañar que otros no contribuyentes vengan al país, se pasen el día delante de la caja tonta y engendren un puñado de niños por aburrimiento”. Su amiga no está de acuerdo y dice: “ Nicolas Sarkozy tiene razón cuando dice que nos tenemos que liberar de esta recaille, de esta gentuza”. Ambas hablan de los muchos que piensan que “si esta gente no se quiere adaptar, se tendrá que ir. El dinero que ganan aquí lo envían generalmente a su país. ¡No vemos ni un centavo!”

En ese instante entra otro viajero en la conversación: “les quiero recordar que la discriminación racial es un delito y les ruego que eviten tales observaciones. Mis padres provienen del Líbano y seguro que entenderán que en este momento no puedan regresar a su país de origen”. Ambas sacuden la cabeza sin poder creerlo y permanecen en silencio unos segundos. El joven bien vestido regresa a su asiento y prosiguen: “Me pregunto por qué nos tienen que escuchar. Claro que el joven se siente involucrado en el asunto. ¿Te has fijado qué tono de piel tenía?”

El tren se aproxima a Burdeos. Los pasajeros recogen sus cosas. La joven alemana se pone la mochila sobre los hombros. Las ancianas se dirigen a la puerta. Salen del tren y se encuentran con un aire otoñal cálido. Detrás de ellas sale la joven alemana y las pregunta con cautela: “Díganme, ¿puedo hacerles una foto? Es cierto que no comparto sus puntos de vista políticos, pero creo que es importante saber cómo piensan las personas de aquí. Saben, quiero ser periodista. Quizá escriba alguna vez un artículo sobre ustedes dos...”