Turismo festivo en Budapest: la rebelión de los vecinos

Artículo publicado el 3 de Julio de 2017
Artículo publicado el 3 de Julio de 2017

El turismo de fiesta es un problema en Barcelona, Berlín, Ámsterdam o Budapest. En la capital catalana cada vez hay más iniciativas ciudadanas contra el turismo masivo y Budapest parece que empieza a darse cuenta de que no es oro todo lo que reluce con el turismo y Airbnb. También, deterioro y gentrificación de barrios históricos.

Cuando en 2008 me mudé al distrito VII de Budapest, este todavía era un lugar que solo conocían algunos estudiantes extranjeros. Caracterizado por su inestable pasado, el antiguo barrio judío parecía haber despertado de un profundo sueño, para pasar a convertirse en un barrio de moda y lleno de vida. Aquí fue donde la comunidad judía se estableció sin miedo y donde erigió la segunda sinagoga más grande del mundo antes de la Segunda Guerra Mundial. A finales de la primera década del siglo XXI, este lugar era un nuevo punto de encuentro de culturas y religiones. Cada vez era mayor el número de judíos húngaros que regresaban, comenzando así a cerrarse poco a poco las heridas causadas durante el Holocausto, cuando el barrio fue declarado gueto. 

Frente a mi vivienda en la Király utca (en el pasado, una majestuosa calle de tiendas) se reúnen jóvenes judíos, artistas y hipsters en el legendario Sirály Bar. A tan solo una calle se encuentra el Szimpla Kert, un bar que nació entre ruinas y que pronto se consolidó como una institución central de la vida nocturna en Budapest. Ir al Szimpla era una decisión espontánea, donde la gente bebía un par de cervezas en los sillones del rastro y hablaba con otros estudiantes extranjeros, disfrutando del ambiente tan especial. Todo era un poco improvisado: el interior era un auténtico popurrí, las fachadas estaban que se caían, algo más bien destartalado, nada chic. Pero siempre había una mesa libre. La vida en Erzsébetváros (nombre del distrito VII) no estaba mal.

Entonces llegó 2010: los turistas borrachos me despertaban cada dos por tres, porque se quedaban de fiesta hasta las tantas bajo mi ventana, y me tropezaba casi a diario con todo lo que dejaban por la calle, incluidos los vasos de plástico vacíos. Fue en ese momento cuando hice las maletas. En mi calle habían abierto varios bares pensados para turistas, cuyos cárteles chillones prácticamente te gritaban a la cara que había alcohol barato. Cada vez me identificaba menos con este barrio.

Los húngaros escasean

La escena underground de Budapest, cuyos puntos de encuentro eran antiguas viviendas en ruinas y patios descuidados, empezó a hacerle hueco al turismo comercial. Los "Ruin-Bars" se convirtieron en la mejor atracción turística de Hungría y alcanzaron gran popularidad entre los turistas jóvenes. Las guías turísticas, las compañías aéreas y los portales de Internet incluyeron los bares ruina como lugar de visita imprescindible en Budapest. En 2012, Lonely Planet nombró el Szimpla como el tercer mejor bar del mundo. Desde entonces se forman colas interminables ante la entrada del padre de los bares ruina. En este local no se deja ver casi ningún húngaro en busca de cerveza.

Actualmente, las necesidades de los turistas se ven cubiertas gracias a grandes complejos de edificios, como el Gozsdu udvar, que alberga innumerables bares, clubes y restaurantes en una superficie de 12.000 metros cuadrados; a este se le suman calles enteras del distrito VII destinadas a turistas. Esto ha provocado que, en temporada alta, entre 10.000 y 20.000 personas visiten la ciudad diariamente . Los hosteleros estiman que el 80% de los turistas visita este barrio de fiesta que acaba de surgir, por lo que se han convertido en la principal fuente de ingresos de la zona. Es imposible ignorar los efectos de este turismo masivo.

Según el sistema de información turística austríaco (TourMIS), Budapest recibió en 2016 un total de 3,3 millones de turistas. Justo en ese mismo año, 1.171 residentes se mudaron del séptimo distrito. Desde que comenzó el turismo masivo en Budapest, más de 8.000 residentes han abandonado el barrio judío. Aquellos que no soportaban ni el ruido ni la suciedad, y que podían permitírselo, vendieron su inmueble por debajo del precio de mercado y se apresuraron a buscar una zona más tranquila donde vivir. Pero, hasta la fecha, esto ha sido una excepción más que la regla.

A partir de 2016, las viviendas han podido volver a venderse a los precios de mercado. La mayoría de personas mayores, quienes viven aquí desde hace décadas, no pueden permitirse una mudanza. Este es el caso de Mari néni, que vive desde hace cuarenta años en un piso de dos habitaciones en Király utca: "No me siento segura cuando tengo que ir a comprar. Más de una vez me han empujado algunos jóvenes. Suelen ir en grupo. Por desgracia, las calles aquí son muy estrechas, así que es imposible alejarse". A Mari néni le molesta sobre todo el jaleo que arman los turistas en las viviendas vecinas: "Llegan tarde a casa, hacen mucho ruido y dejan basura por todas partes".

Esta mujer judía se refiere a los turistas que alquilan alojamiento a través del portal Airbnb. De los veinticuatro apartamentos que hay en esta vivienda, quince están de alquiler en Airbnb; un rentable negocio para la mayoría de inversores extranjeros, pero una situación insoportable para los inquilinos. En el portal hay registrados un total de 8.000 apartamentos similares a estos. Y no todos los turistas que reservan su alojamiento aquí se ven recogidos en los datos oficiales. Así que no sería desorbitado hablar de hasta 4,5 millones de turistas anuales en Budapest.

Espíritu festivo cuestionable en Europa Central

Esta ciudad debe su gran éxito, sobre todo entre los jóvenes turistas, a las ofertas de bajo presupuesto y a su cuestionable fama de Capital de la Fiesta de la Europa Central. Para comprobar cuáles son las consecuencias que esto trae consigo, basta con ir un día cualquiera al centro de Budapest. Grupos de entre diez hasta treinta hombres jóvenes vestidos de vikingos, capitanes o convictos que se despiden de su soltería con total desenfreno y alegría.

Con nuevas ideas en mente y a través de las agencias de eventos, la mayoría de los clientes anglosajones vienen buscando la perfecta despedida de solteroPortales con nombres tan explícitos como stagheavenbudapest o stagparadisebudapest ofrecen el paquete completo de experiencias y prometen hacer latir los corazones del grupo entero de colegas. Paseos en barco por el Danubio con estriptis incluido, tour en beer-bike por el centro de la ciudad, ruta de borrachera, sesión de paintball y, para descansar del fin de semana de fiesta, una visita al histórico baño termal. También es posible visitar la ciudad, confiesa una trabajadora de una de estas agencias de eventos, pero no son muy demandadas. Lleva varios meses acompañando a los grupos de hombres en sus tours y asegurándose de que todo el mundo disfrute y esté satisfecho. A raíz de la experiencia, tiene algo claro: "La mayoría quiere beber todo el alcohol posible en el menor tiempo posible, conocer a húngaras guapas y gastarse poco dinero al ir de fiesta".

Desde hace algún tiempo, en lo referente al turismo festivo y a la relación calidad-precio, Budapest ha desbancado a Praga, la que había sido hasta ahora el epicentro de las fiestas en Europa del Centro. Mientras que en Praga un turista se gasta de media 550 euros durante su estancia, en Budapest tan solo se gasta 325. Sin embargo, el turismo festivo también tiene un lado oscuro; prueba de ello fue Sam Clancy, el joven británico que hace poco falleció en Budapest. En mitad de una fiesta de despedida de solteros, el joven se separó del grupo con el que iba (otros veintidós hombres) y fue atropellado por un coche al cruzar una calle.

¿Dormir sin ser molestado? Algo sobrevalorado

De acuerdo con los responsables del marketing festivo y turístico de BFTK (Budapesti Fesztivál-és Turisztikai Központ), Budapest todavía puede ampliar su capacidad para fomentar el turismo. Con ayuda de un plan estratégico bajo el lema "Todavía hay más", se intenta cambiar la imagen festiva de la ciudad para presentar Budapest como un destino gastronómico de calidad y de alto nivel. El objetivo a largo plazo: ganar a Praga y a Viena en la carrera por el premio a la ciudad preferida en Centro Europa. Con más de cinco millones de visitantes al año, ambas ciudades encabezan la lista, pero el turismo en Budapest ha aumentado notablemente. A pesar de que la promoción de la ciudad se ha centrado en la calidad y la cultura, el grupo destinatario siguen siendo turistas jóvenes. La idea es la siguiente: todo aquel turista joven que se lo pase bien un fin de semana en Budapest regresará de adulto con un mayor poder adquisitivo.

Aún no hay planes concretos sobre cómo conciliar la expansión del turismo con los habitantes del centro de la ciudad, sobre todo aquellos que viven en el distrito VII. La primera idea ha sido desviar la concentración de turistas del casco histórico, así como introducir una normativa más estricta para los numerosos autobuses, de los cuales los turistas pueden bajarse y subir a placer. Que esto no es suficiente es algo que saben de sobra los representantes de la administración de las zonas de Erzsébetváros, Gábor Devosa y Dr. Tibor Kispál. Según dicen, desde que el partido en el poder (Fidesz) lidera también en el distrito VII, se ha retrocedido en la toma de medidas para proteger a los ciudadanos. Así, en 2013 se abolió la normativa que obligaba a los bares y clubes a disponer del consentimiento expreso de la comunidad de viviendas, para poder mantener con ello el negocio abierto pasadas las doce de la noche. Desde entonces, los horarios de apertura hasta las cinco o seis de la mañana han dejado de ser la excepción. La ventaja económica ha resultado ser más importante que el descanso de los inquilinos.

De acuerdo con Gábor Devosa, es un error pensar que el dinero que los turistas gastan en el distrito VII también acaba siendo administrado en este barrio: "A pesar de que tenemos que soportar las consecuencias del turismo, la ciudad solo nos entrega el porcentaje que nos corresponde por número de habitantes". De este modo, en Erzsébetváros tienen que encargarse ellos mismos de limpiar diariamente los desperdicios que los fiesteros van dejando; aun y cuando toda Budapest se beneficia económicamente del turismo. Pero no es solo en este ámbito donde están solos. El reproche del Dr. Kispál está dirigido sobre todo a los políticos, quienes parecen ignorar por completo la seguridad de Erzsébetváros: "Con tan solo diez policías, igual que hace algunos años, es imposible garantizar la seguridad. Por la noche, en las calles hay un total de hasta 20.000 turistas".

Ábel Zsendovits, cofundador de Szimpla, corrobora que el reducido número de agentes de policía no puede hacerse cargo del caos nocturno: "Ahora somos nosotros quienes nos encargamos de vigilar la calle". Los accidentes, la criminalidad, el tráfico de drogas y la prostitución están a la orden del día en el distrito VII; el turismo festivo y sus consecuencias se han convertido en un problema descontrolado. Tanto Devosa como Kispál coinciden en que en el turismo festivo no hay vuelta atrás. La única vía para al menos suavizarlo y poder controlarlo es reunir a todos los implicados y buscar soluciones juntos. Tanto el gobierno, el organismo del turismo y la policía, como los dueños de los bares, la administración de la ciudad y los residentes deberían esforzarse por hallar una solución aceptable para todas las partes. Está claro que "esto no puede continuar así", remarca Gábor Devosa.

Erzsébetváros: Los vecinos antes que los turistas 

Como siempre ocurre cuando los políticos fracasan, las iniciativas ciudadanas son las que abordan la solución de problemas. Aquellos de Erzsébetváros que no han hecho las maletas, que le tienen apego al barrio y que no quieren que los turistas los ahuyenten han organizado el grupo "Por un Erzsébetváros habitable" (Élhetö Erzsébetváros). A pesar de todo el vandalismo, el ruido, la suciedad y la criminalidad que asolan el barrio, los participantes quieren luchar para mejorar la situación. Al político Attila Vajnai, quien en el grupo defiende "soluciones democráticas y legítimas para la sociedad", le gustaría poder dormir este verano en Erzsébetváros "con las ventanas abiertas". Además, considera que el mayor problema es el descontrol de alquileres a través de Airbnb. Hasta la fecha no ha habido una supervisión por parte del gobierno, ni tan siquiera limitaciones legales o una normativa. 

A diferencia de otros países europeos, Hungría no ha aprobado ninguna ley que prohíba el alquiler ilegal de viviendas privadas. Pero esto tiene que cambiar pronto, declara Vajnai. El político quiere pedir, junto a las comunidades de viviendas y con ayuda de "los medios jurídicos de un país europeo", que Airbnb y similares también tengan que cumplir una ley así en Hungría. El objetivo no es tanto que se impongan multas de hasta 600.000 € como en Barcelona, sino más bien denunciar el turismo en general. En Erzsébatváros prefieren despedirse de los turistas antes que de los vecinos.