Turquía desde la perspectiva de un alemán

Artículo publicado el 14 de Enero de 2008
Artículo publicado el 14 de Enero de 2008
El 15 de enero de 2008, tuvbo lugar el primer foro anual de la Alianza de Civilizaciones en Madrid, apadrinado, entre otros, por el Primer Ministro islamista moderado turco Erdogan, se promoverá el entendimiento entre culturas.

Mis padres fueron la última generación de alemanes que se educó en la tradición religiosa. En los años sesenta y setenta, vivir en un pequeño y conservador pueblo de montaña significaba ir a la iglesia todos los domingos, no vestir pantalones vaqueros para ir al colegio ni comer carne los viernes.

Ellos decidieron no inculcarme ese tradicional modo de vida cristiano. Me educaron en los principios y valores que se derivan de la conjunción de imperativos categóricos kantianos para pensar por uno mismo, pautas de comportamiento racionales y el implícito amor paternal. Yo crecí guiada por valores éticos, sin seguir dogmas religiosos, junto con el gran deseo de cuestionar cualquier cosa que me topase por el camino.

Abriendo los ojos ante Turquía

Debido al empleo de mi padre en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, viajé mucho al extranjero con mi familia. A la edad de 22 años estudié en Estambul durante un semestre. Decidí hacerlo porque ese país, Turquía, estaba dominado por tradiciones y valores influenciados por el Islam: una religión en la que estaba muy interesada, pero que nunca había experimentado en lo personal.

Tuve la impresión de que la gente se dividía en dos grupos cuando entraba en asuntos de religión: conocí a personas que seguían el Islam de modo estricto, incluyendo la celebración del Ramadán, no beber alcohol ni tener relaciones sexuales prematrimoniales. También conocí a otras personas que se autodenominaban “secularistas”, lo que originariamente significaba ser contrario a la influencia de la religión en las cuestiones del Estado. Un aspecto interesante de este segundo grupo de personas es que parecen estar más asustados por la vertiente radical del Islam que los neoyorquinos más islamofóbicos. Sirva de ejemplo que me contaron que si el ministro de Asuntos Exteriores Abdullah Güll se convertía en primer ministro de Turquía (hoy es el Presidente de Turquía), pronto obligaría a todas las mujeres del país a cubrirse el rostro. Sólo pude responder a una previsión política tan simplista arqueando mis cejas en señal de perplejidad.

Juzgando la fe

En Alemania, la religión juega un gran papel en la vida pública. Se le da demasiada importancia a que pueda ser instrumentalizada políticamente hasta el punto de poder provocar algún tipo de golpe de Estado postmoderno. Mis abuelos y su generación son las únicas personas del país que consideran la cristianidad como parte esencial de su vida. “Creer” está muy considerado como pasado de moda, incluso como una tradición incómoda.

Pero me pregunto: ¿es éste un buen o mal desarrollo? La respuesta no puede aclararse con facilidad porque existen dos puntos de vista. La religión puede ser mal empleada bajo propósitos políticos, como ocurrió en Irlanda entre los católicos y los protestantes, o con el Ayatolá Jomeini en Irán. Esto es peligroso, y puede desembocar en violencia e injusticia.

Por otra parte, sin embargo, me parece impresionante cómo algunas personas se levantan en Turquía por sus principios: las reglas del Islam. Las chicas utilizan el velo con decisión aunque pueda dificultar su vida profesional. Los hombres se resisten ante la tentación de relaciones fuera del matrimonio mientras esperan a casarse con la mujer que quieren.

Otro aspecto que observé es que la religión -siendo un tema que provoca tanta tensión en Turquía- puede ser discutida con franqueza, al menos entre las personas que yo conocí allí. En particular, he disfrutado y aprendido mucho hablando de religión y principios morales con personas musulmanas.

Callada ante el "mal de ojo"

Pero también tropecé con malentendidos. Una mujer, calificada por todos como experta en feminismo religioso, me dijo una vez que consideraba que una madre alemana no podría amar nunca a su hija tanto como lo haría una madre musulmana. Recordé a mi propia madre y su incondicional amor hacia mí, así que ese comentario fundamentado en prejuicios y malentendidos hirió mis sentimientos.

Una vez les conté a unos amigos musulmanes que, si algún día tenían una hija, yo les diría que cubrirse la cabeza era erróneo. Sonreí hacia adentro esperando la resistencia de mis amigos, sabiendo que ellos se oponían a esta idea, pero no la rebatieron y se mantuvieron en silencio, sin mostrar signos de protesta.

Así que cuando me hablaron del fenómeno de Nazar -el “mal de ojo” que te envía otra persona y que te provocará dolor de cabeza- al instante tuve el deseo de comentar que pensaba que eso era la invención más alocada después de la abolición de la quema de brujas en Europa. Pero tan sólo moví la cabeza y permanecí en silencio.

Publicado en el periódico Turkey's Today Zaman

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