Turquía, la tentación del referéndum

Artículo publicado el 29 de Septiembre de 2005
Artículo publicado el 29 de Septiembre de 2005

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¿Es correcto consultar a los ciudadanos sobre la ampliación a Ankara?

En septiembre de 2004, el presidente francés Chirac, en un intento de despejar los miedos franceses sobre la posible entrada de Turquía en la UE, prometió un referendo sobre el tema. El 6 de octubre, el día en que la Comisión Europea anunció su acuerdo para la apertura de negociaciones, el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, denunció la injusticia de aquella promesa de Chirac, revelando la amargura de quien comienza a entrever el engaño al final de la larga marcha de acercamiento a Bruselas.

Como a menudo enseña la política, ninguna decisión es completamente justa o injusta, dependiendo claro está, de la perspectiva a través de la cual ésta se examine. Intentaré ilustrar ambas posibles decisiones, añadiendo una pequeña consideración final.

Diálogo con los ciudadanos

Un referendo sobre la adhesión de nuevos países puede ser justo, porque lanza una señal importante a los ciudadanos de la Unión. El mensaje puede interpretarse como "ahora os necesitamos para tomar decisiones cruciales sobre el futuro de Europa". El mismo Presidente in pectore de la Comisión, José Barroso, se ha declarado a favor.

No es ningún misterio que, a pesar de lo extraordinario que ha sido el proceso de integración comunitaria en los últimos cincuenta años, los electores han sido escasamente llamados a expresar su opinión. Tomar decisiones valientes, como convocar un referéndum sobre cuestiones de primer orden para el futuro de la Unión (Constitución europea y ampliación en particular), no se corresponde necesariamente con un impulso populista por parte de la clase política en el poder.

¿Dos pesos y dos medidas?

Sin embargo, un referendo de este tipo puede ser injusto, como dice el premier turco Erdogan, al introducirse por sorpresa una claúsula que sólo se aplica a los últimos en llegar. Erdogan pide un tratamiento paritario respecto de los otros 19 países que han ingresado en la Unión en los últimos 31 años. Tal vez se olvida de que los últimos diez en entrar han debido aceptar una modificación importante de las condiciones de adhesión, los llamados "criterios de Copenague", que han convertido la entrada en la Unión más complicada.

No obstante, Erdogan tiene razón al sostener que no es correcto confiar tal decisión a un juicio popular que puede basarse sobre criterios emotivos más que objetivos. Los riesgos de un voto populista son por tanto elevados.

Francia propone introducir un referendo para todos los países que vayan a ingresar después del 2010 (por consiguiente también se aplicaría a los restantes países balcánicos), pero esta propuesta parece ideada a medida para Turquía.

La vía de escape

El diputado del Grupo Popular Europeo, Hans-Gert Pöttering, ha tenido la oportunidad de declarar recientemente que "la política europea no es blanca o negra". Es verdad: en la historia de esta joven Unión han sido precisamente las zonas grises las que han producido laboriosos compromisos, a menudo decisivos en hacer avanzar la construcción de la casa común europea.

Allí donde se cruza lo justo con lo injusto, como en este caso, emerge sin embargo con toda su fragilidad una clase política europea que parece haber perdido el norte. El pragmatismo de muchos de entre los actuales líderes europeos, casi todos privados de la capacidad visionaria de los que les precedieron, constituye la verdadera amenaza al futuro de la integración comunitaria.

En la propuesta francesa se refleja el drama de una Europa que navega a ojo, que se dispone a admitir a Turquía en su seno pero que sigue preguntándose porqué lo hace. Se trata de una clase política que mantiene a trancas y barrancas la ruta de la integración, que ve a Europa cada vez más como un terreno en el que hacer valer orgullosamente las reivindicaciones nacionales a costa de un más noble objetivo común. Esta misma clase política busca ahora una vía de escape frente a las decisiones que no tiene el coraje de tomar ella sola: Turquía asusta a muchos, no hay que negarlo, pero no es con un referéndum con lo que puede escurrir el bulto. Si se considera que la adhesión de Turquía destruye el proyecto original europeo, como sostiene la CDU alemana, la UMP francesa, y otros partidos, sobre todo de centro derecha, basta con decir "no" en diciembre. Eso sí, dando las oportunas motivaciones de tal decisión. Ankara desde luego se enfurecerá y la consiguiente crisis diplomática tendrá que ser gestionada con la máxima habilidad.

Los referéndums, apropiadamente empleados para las cuestiones en las que es posible un debate sereno, son un óptimo instrumento de democracia. No lo son tanto cuando son convocados para descargar sobre otros la responsabilidad de una decisión que no se tiene el coraje de tomar por sí mismo. En Francia hasta las paredes saben que un referendum le salva la vida a Chirac por dos buenos motivos: atenua el riesgo de una devastante lucha fatricida dentro de su propio partido sobre la cuestión turca, y evita peligrosas superposiciones, en la mente de la opinión pública, entre la ratificación de la Constitución Europea y la adhesión de Ankara a la Unión.

Publicado el 15 de octubre de 2004 en Orient Espresso