Ucrania: de la caída del Muro de Berlín a la caída de Lenin

Artículo publicado el 4 de Noviembre de 2014
Artículo publicado el 4 de Noviembre de 2014

La destrucción de los monumentos a Lenin en Ucrania equivale a la caída del Muro de Berlín en Alemania. Un acto simbólico de libertad. A Ucrania le ha costado 25 años más que a Alemania, pero por fin Lenin ha desaparecido del país.

"¡Nuestros corazones quieren un cambio!"

Esto cantaba en 1986 la superestrella del rock soviética Wiktor Zoi. Un par de años más tarde la Revolución de terciopelo estalló por toda Europa del Este, terminando con la caída del Muro de Berlín. Este "cambio" fue más allá de lo que se preveía con la Perestroika

1989. Por entonces yo tenía 15 años y era un activista del "Movimiento Popular Ucraniano por la Perestroika". El cambio fue como una avalancha. Los medios de comunicación criticaban al Partido Comunista y las conferencias de los diputados de la URSS se debatían en la tele, mostrando los crímenes comunistas. Escuché una de estas retransmisiones en directo en el recreo. Mis amigos del Movimiento Popular y yo escuchábamos con atención todo lo que decían los nuevos ídolos del pueblo. Aunque nuestra organización llevaba el nombre de la Perestroika, nuestra meta no era reestructurar la URSS. Queríamos una Ucrania indepediente. Nos imaginábamos banderas azules y amarillas ondeando festivamente en ciudades y pueblos, y a la gente echando abajo monumentos a Lenin con gritos de alegría, como ocurrió cuando derribaron el Muro de Berlín. Creíamos que sería suficiente con contar la verdad sobre los crímenes cometidos por el régimen comunista para que nuestro país pudiese existir con integridad y dignidad. Mis amigos y yo vivíamos en un mundo imaginario. En nuestra ciudad, de unos 300.000 habitantes, solo éramos unos 15-20 como nosotros, quizá otros 150 o 200 activistas de mayor edad. Yo vivía en un distrito obrero. Mis vecinos apoyaban al Movimiento Popular porque no les gustaban las opiniones de sus jefes comunistas, pero al final, les daba igual lo que pasase.

Imperio en ruinas, población decepcionada

Ucrania se independizó dos años después de la caída del Muro de Berlín. El "cambio" ocurrió a una velocidad impresionante, pero no conseguíamos que quienes se sentían indiferentes nos apoyasen. El día de la Declaración de independencia de Ucrania cogí el tren nocturno de Kiev a mi ciudad con algunos otros activistas. De todos los pasajeros, solo unos 20 hablaban entre ellos animadamente o cantaban canciones patrióticas. Todavía recuerdo a unos viajeros gritando en una estación vacía, en mitad de la noche: "¡Independencia, independencia!".

Un par de años más tarde perdí el contacto con la mayoría de activistas de aquella época. Y no solo porque me fuese a la universidad en Kiev, sino porque la independencia se percibía como un camino duro. Todos nosotros, tanto los activistas como los indiferentes y la oposición, éramos como plantas que crecieron en un invernadero. Por fin habíamos escapado del aire viciado del interior y nos teníamos que enfrentar al clima real. Algunos consiguieron sobrevivir, pero no todos. Hace unos años me encontré con mi profesor de primaria y me dijo "La mitad de la clase ya no existe. Este murió de sobredosis, aquel está en prisión". Muchos de mis amigos comenzaron a beber cuando sus empresas cerraron. Y cuando la cosa empezó a mejorar y volvía a haber trabajo, eran incapaces de hacer nada. Se pasaban el día sentados en un banco, con rostros negros, y miraban a los supervivientes, que compraban coches y muebles nuevos sin parar. Los 90, los primeros años de independencia, fueron un agujero negro sin lugar para la esperanza.

La indiferente mayoría votó unánimemente por el "partido en el poder", que consistía en antiguos comunistas y mafiosos declarados. Corrupción, la represión gradual de los derechos democráticos por los que acabábamos de luchar, el peligro de carecer de identidad nacional y la absorción con Rusia. Los años 90 crearon oligarquías que dominaban a los partidos políticos, creaban corrupción y hacían que el estado se volvise ineficiente. La Ucrania independiente sufría de úlceras soviéticas y no había nadie cerca para curárselas. Nuestros modelos a seguir terminaron siendo increíblemente ingenuos. Nuestro sueño, en realidad, no era más que una fantasía infantil.

Los monumentos a Lenin siguen aquí

En 2014 intentamos salir de este agujero sin fin. Tras 3 semanas de alegre carnaval en el corazón de la capital, las dinámicas de poder del estado cambiaron. Pero Lenin, el Muro de Berlín ucraniano, seguía firme en el pedestal. Los "valores" que representaba sobrevivían; la mayoría de la gente añoraba el imperio soviético. Sin embargo, en 2013 la radio volvió a emitir las canciones de Zoi. "Nuestros corazones quieren un cambio". Este grito de batalla se volvió tan importante como hace 25 años. A finales de año el Euromaidán había empezado.

En enero de 2014 la desintegración de la URSS y la Revolución naranja parecían unas simples reuniones. Nadie había sido asesinado en las calles de Kiev desde la Segunda Guerra Mundial. Yanukóvich consiguió hacer algo que la élite intelectual del país no iba a admitir; esta vez no había lugar para la indiferencia. El himno nacional, que antes parecía forzado y tan usado que daba arcadas, ahora hacía que se nos saltasen las lágrimas, desde estudiantes hasta a jubilados. "Sacrificamos alma y cuerpo / Por nuestra libertad". Así comienza el himno y así se sintió en Kiev, Lviv, Járkov, Dnipropetrovsk y Odesa.

Cada Lenin caído es un paso más hacia la libertad

Aquel invierno los monumentos cayeron en unos pocos días, como piezas de dominó, por todo el país. Por fin podíamos encontrarnos a nosotros mismos, a nuestra identidad: ser parte de Europa, donde creemos que, por encima de todo, se respeta la dignididad humana. Aquellos días invernales fueron bautizados como "La revolución de la dignidad" con mucha acierto. Fue entonces cuando comenzó la guerra. Rusia entendió que no podía someter a Ucrania con "poder blando" y decidió usurpar las regiones en las que Lenin seguía en pie. O todo el país, si le salían bien las cosas. Los analistas del Kremlin sabían que nuestro ejército no está preparado para la batalla, pero lo que no sabían era que habíamos cambiado. En uno o dos meses, grupos independientes se unieron al ejército y valerosos activistas Maidan fueron al frente voluntariamente. Se paró la blitzkrieg rusa. Mientras escribo, un monumento a Lenin acaba de ser derribado en masa en la ciudad de Járkov, al este del país. Otra parte más del Muro soviético, que se construyó físicamente en Berlín y mentalmente en todos los territorios de la URSS, ha caído. Ahora nada nos separa del Mundo Libre.

Este artículo es del autor invitado Roman Kultschinskij, redactor jefe del periódico independiente online Texty.org.ua.

Este artículo ha sido escrito para el proyecto Eastern Europe Outside/In, junto con Allianz Kulturstiftung y la revista de Europa del Este ostpol.