Ucrania: la calle reclama la injerencia de Occidente

Artículo publicado el 21 de Enero de 2005
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Artículo publicado el 21 de Enero de 2005

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La corrupción y el autoritarismo del antiguo régimen ucraniano no son un rasgo de “diversidad cultural” eslava que haya que respetar y preservar.

¿Hay que tumbar un régimen? Es juego de niños. La Ucrania del ex presidente Kuchma era un país independiente y corrupto desde hace 14 años, y cuando un régimen es corrupto no hacen falta ejércitos o complots internacionales para echarlo abajo: el entusiasmo de la población y un mínimo de acompañamiento internacional bastan.

El ejército occidental que ha entrado en Kiev

¡Vaya si hubo un ejército occidental! 12 000 observadores coordinados por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa y una red de ONG, algo así como una fuerza de interposición entre el pueblo en la calle en busca de democracia y la clase dirigente que violó la legalidad. Se ha tratado de una injerencia externa justa y buena para ayudar a luchar en defensa de un derecho fundamental histórico: el del ejercicio de la democracia conforme a la legalidad. Y es que la corrupción y el autoritarismo no son una particularidad cultural eslava que haya que respetar y preservar contra lo que sostiene William Dufourcq en este mismo dossier.

Hasta la UE ha tomado partido, siendo –como es- tan lenta de reflejos y reticente a esta clase de injerencias. Por primera vez desde la guerra de Irak, ha colaborado mano con mano con los Estados Unidos, demostrándole al mundo que cuando el bando occidental se une para promocionar la democracia no es necesario recurrir a las armas ni a la diplomacia. Es muy probable que esto no guste al presidente francés Chirac y a los demás amigos europeos de Putin, como el primer ministro italiano Silvio Berlusconi, pero sucede que cuando el secretario de Estado norteamericano Colin Powell y el representante de la política exterior de la Unión Europea Javier Solana trabajan conjuntamente, todo sale mejor. Ucrania es el ejemplo.

En Ucrania no hace falta la intervención armada

La “revolución naranja” ha hecho escuela. Mientras los electores ucranianos coronaban al jefe de la oposición Viktor Yuschenko, el 26 de diciembre pasado, en la vecina Bielorrusia un movimiento de jóvenes comenzaba a planificar una serie de acciones no violentas contra la dictadura del tirano Lukaschenko. Pero esto no es todo. A la sede del movimiento ucraniano PORA, verdadero motor de la revolución liderada por Yuschenko, a dos pasos del ministerio ucraniano de asuntos exteriores, decenas de jóvenes azerbayanos, kazacos y de otras repúblicas de Asia central empezaron a acudir sin cesar. Incluso el movimiento democrático de estudiantes iraníes que lucha contra la dictadura teocrática de los mulás, ha observado muy de cerca los acontecimientos de Kiev y se muestra interesado por aprender de la experiencia ucraniana en materia de lucha no violenta. Esos son los “complots transnacionales” que se expanden al rebufo de esta revolución pacífica. En casos como el de Ucrania, basta con una “suave revolución” como la naranja para exportar la democracia: tejida a base de personas, de algunos eslóganes, de un puñado de acreditaciones para “periodistas” hechos a mano para los observadores occidentales, algunos sitios en Internet, manifiestos y pegatinas, caravanas en marcha sobre las carreteras heladas del país más extenso de Europa y de un espíritu festivo.

En la sede de PORA no se cansan de repetirlo: “cuando llega el tiempo de las ideas, nadie puede detenerlo”. Este tiempo llegó por fin a Ucrania. Los ucranianos han vivido el 26 de diciembre como un día en el que había que elegir. Elegir entre los desafíos asumidos por sus vecinos polacos con la adhesión a la UE y la “estabilidad” del nuevo paternalismo autoritario puesto en pie por Putin. El mundo empresarial financió a los movimientos de oposición al régimen. Los medios de comunicación, apenas liberados del control por parte del aparato del Estado han navegado sobre las olas de la modernidad. Todo el país se ha movilizado. Y lo ha hecho autónomamente.

Dicho esto, la cosa no terminó el 26 de diciembre. Si para la nueva Ucrania, el desafío consiste en mantener las promesas formuladas al país para venderle la revolución mientras espera verdaderos cambios, para Europa se trata de apoyar este proceso y de recompensar la excepción ucraniana mediante un estatuto excepcional que tienda a la apertura de negociaciones con vistas a la adhesión. Se trataría de una buena señal para relanzar la oleada democrática en Europa del Este. Para la actual Europa, la ilusión por la adhesión es el verdadero motor del cambio. Si Kiev a elegido Europa, ¿porqué rechazar a Kiev?