Ucrania: la mecánica de la naranja no funciona

Artículo publicado el 27 de Junio de 2007
Artículo publicado el 27 de Junio de 2007
Ucrania sigue en una encrucijada política. Europa observa con impaciencia los acontecimientos, conocedora de la importancia de la ex república soviética para su abastecimiento energético.

Los antiguos rivales en las presidenciales ucranias de 2004, el Presidente Víktor Yuschenko (de 52 años) y el Primer Ministro Víktor Yanukovych (de 54 años), han protagonizado durante los últimos dos meses un enconado enfrentamiento, con el control parlamentario como telón de fondo. Tras introducir reformas que fortalecían al legislativo, las escisiones dentro de su partido y la fuga de diputados a las filas de la Alianza de Unidad Nacional de su contrincante llevaron a Yuschenko disolver la cámara el pasado 2 de abril. La disolución vino acompañada de la convocatoria de elecciones legislativas, ante el temor del Presidente de que la oposición alcanzara los 300 escaños necesarios para contrarrestar su poder de veto y poder comenzar un proceso de destitución del Jefe de Estado. El partido del Primer Ministro se negó a acatar la maniobra deYuschenko y llevó la medida al Tribunal Constitucional. Por unos días, los papeles se cambiaron y eran los antirrevolucionarios de 2004 los que tomaban la calle.

El partido del Primer Ministro se negó a acatar la disolución parlamentaria y llevó la medida al Tribunal Constitucional. Por unos días, los papeles se cambiaron y eran los antirrevolucionarios de 2004 los que tomaban la calle.

Un otoño caliente

La crispación parece haber dado paso por el momento a una paz provisional. A finales de mayo el Presidente y el Primer Ministro firmaban una tregua y acordaban la celebración de elecciones legislativas el próximo 30 de septiembre, unos meses más tarde de lo propuesto inicialmente por Yushenko. Pese a la relativa calma, el futuro inmediato se promete movido en Ucrania, un país que desde la Revolución Naranja se encuentra en la línea de fuego del pulso tácito que Rusia viene manteniendo con Occidente. Si bien es cierto que la realidad es mucho más compleja que la tradicional narrativa de un Oeste pro occidental y un Este pro ruso con la que los medios de comunicación simplifican la política ucraniana, no cabe duda de que la reciente crisis amenaza con polarizar aún más al país.

El pasado 25 de mayo, la Unión Europea expresaba por boca de la Comisaria Benita Ferrero-Waldner su preocupación por el deterioro de la situación política en Ucrania. El interés de Bruselas en apoyar la estabilidad en aquel país va más allá de la evidente preocupación por evitar la inestabilidad en sus fronteras: cuatro países de la UE limitan con Ucrania. Más sensible para la Unión, que importará del exterior dos tercios de su consumo energético de aquí a diez años, es la posición de Ucrania como principal país de tránsito del suministro energético procedente de Rusia. La guerra de precios del gas entre Kiev y Moscú a comienzos de 2006 ya puso en evidencia la importancia estratégica de Ucrania para las importaciones europeas: cuando Gazprom cerró el grifo del gas a Kiev, Polonia y Alemania —abastecidos a través del mismo gaseoducto— vieron temporalmente interrumpido su suministro. Si consideramos que la UE recibe una cuarta parte de su gas de Rusia, no es de sorprender que la luz de alarma se encendiera en bastantes capitales europeas.

¿Qué se juega Europa?

Cualquier posibilidad de que Rusia afiance su influencia en Ucrania —aumentando su control sobre el abastecimiento energético europeo— provoca escalofríos entre los líderes de la Unión. La sensibilidad es si cabe aún mayor tras el acuerdo firmado el pasado 12 de mayo entre Moscú, Kazajstán y Turkmenistán para construir un nuevo gaseoducto hacia Europa, minando la apuesta occidental por una ruta a través del Caspio que evitara el tránsito del gas centroasiático a través de la red rusa.

La pérdida de terreno del pro-Occidental Yushenko en el escenario político ucraniano se produce, además, en un momento de especial recelo hacia Moscú. La última cumbre UE-Rusia de Samara, los días 17 y 18 de mayo, puso en evidencia el deterioro de la relación bilateral, con Polonia y Estonia intentando boicotear el encuentro como consecuencia de los contenciosos comercial y diplomático que ambos Estados mantienen con el Kremlin. Si las acusaciones de sabotaje cibernético formuladas por Tallin contra Rusia son ya de por sí serias, no menos preocupante resulta el cruce de acusaciones entre Moscú y Londres alrededor del caso Litvinenko.

Los próximos meses serán a todas luces cruciales para el futuro de Ucrania. La radicalización de las partes podría derivar en un conflicto en el que no cabría descartar la desmembración del país, especialmente si Rusia y Occidente optan por apoyar abiertamente a las partes enfrentadas. Moscú sigue resentida por el apoyo occidental a la Revolución Naranja, y se niega a ver un país tan estratégico ingresando en la OTAN y la UE a medio plazo. Bruselas, consciente de la importancia de Ucrania en un contexto de distanciamiento con Moscú, aspira por su parte a afianzar la estabilidad política en la república ex soviética, preferentemente bajo un gobierno favorable a sus intereses energéticos.

Fotos en texto: Benita Ferrero-Waldner, Comisaria europea de Relaciones Exteriores y Política de Vecindad junto a Arseniy Yatsenyuk, Ministro ucraniano de Asuntos Exteriores el 26 de marzo de 2007 (Comisión europea); Occidente desea evitar el territorio de influencia rusa para traer gas y petróleo desde el Mar Caspio (jagosaurus/Flickr)