UE/Turquía: ¿socios o gladiadores?

Artículo publicado el 4 de Octubre de 2005
Artículo publicado el 4 de Octubre de 2005

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

A pocos días de la fecha fijada para el comienzo de las negociaciones de adhesión con Turquía, en Europa reina la confusión absoluta a propósito de la actitud que mantener ante el gobierno turco. En el corazón de la discordia, la isla de Chipre.

Durante décadas, el conflicto turco-chipriota constituyó uno de los mayores obstáculos a todo acercamiento entre la CEE y Turquía. Cuando en julio de 1990 Chipre presentó su acta de candidatura a la Comunidad, Turquía intentó aprovechar una oportunidad para la paz. Consideró que la República del sur actuaba en nombre de la isla entera. Las negociaciones comenzaron en 1998 con la esperanza de favorecer un proceso de reunificación política. Pero esta apuesta fracasó y el 1 de mayo de 2004 se incorporó a la UE una isla dividida. El rechazo al plan Annan por la parte griega y la persistencia de un virulento nacionalismo turco no permitieron que se superase la partición.

Sin duda, había que intentar esta posibilidad. Hay diversos ejemplos históricos de una ficción jurídica mantenida en circunstancias desfavorables que tuvieron un feliz desenlace. Así, a pesar de la guerra fría, los aliados de 1945 mantuvieron el concepto de "Alemania en su conjunto", que pudo ser utilizado en 1990, tras la unificación. Del mismo modo, el no reconocimiento de la anexión de los Estados bálticos por la URSS facilitó la independencia de estos países en los años noventa. El camino de la reconciliación y de la paz no es siempre el más recto. No obstante, en ocasiones llega un momento en que la curva lleva al punto de salida en lugar de avanzar.

Subterfugios diplomáticos

Con ocasión del Consejo europeo del 17 de diciembre de 2004, los veinticinco jefes de Estado y de gobierno no pidieron expresamente a Turquía que reconociera la República de Chipre, a pesar de que ésta se había convertido en uno de los suyos. Para permitir que los turcos salvaran la cara en el interior de su país, se decidió recurrir a uno de esos rodeos cuyo secreto guardan las diplomacias. La fórmula, alambicada, merece citarse in extenso (párrafo 19): "El Consejo Europeo se felicita por la decisión de Turquía de firmar el Protocolo de adaptación del Acuerdo de Ankara para reflejar la adhesión de los diez nuevos Estados miembro. En este contexto, se ha felicitado por la siguiente declaración de Turquía: 'El Gobierno turco ha confirmado que está dispuesto a suscribir el Protocolo de adaptación del Acuerdo de Ankara antes del inicio efectivo de las negociaciones de adhesión y una vez acordadas y ultimadas las adaptaciones necesarias habida cuenta de los miembros que componen actualmente la Unión Europea'". En lenguaje normal: los turcos aceptan extender también a Chipre (al que no se cita, pero sí se apunta en dos ocasiones) las disposiciones que regían anteriormente sus relaciones con los Quince, con todas las consecuencias que ello implica para la libre circulación de barcos, aeronaves y mercancías. Se trata de un reconocimiento de hecho si no de derecho.

El pasado mes de julio, los turcos se pliegan a estas exigencias, pero añadiendo a su firma una declaración explícita subrayando su negativa a reconocer Chipre. En un contexto en el que cada palabra se había pesado, se trata de una provocación. La reacción de las autoridades francesas fue rápida. Para el primer ministro Dominique de Villepin, es "inconcebible" aceptar negociar con un país que se niega a admitir la existencia de uno de los Estados miembro de la Unión. Por desgracia, a finales de agosto el presidente Chirac se echa atrás en la conferencia de embajadores. En cuanto a la Presidencia británica, lejos de hacer prueba de firmeza, hizo caso omiso a la provocación, llegando incluso a abundar en el sentido de los turcos. Unos dos meses más tarde, la presidencia continuaba buscando, no sin torpeza hacia los chipriotas y otros países "pequeños", una reacción apropiada. Pero es difícil encontrar una fórmula de compromiso que reprenda a los turcos sin comprometer las negociaciones de adhesión. Ningún europeo ha tenido el valor de proponer la solución necesaria: condicionar la apertura de negociaciones a un viraje de Turquía.

Viraje europeo

Una vez más, la UE va a ceder. Esta actitud es deplorable. Así, es tan concebible que los europeos hagan esfuerzos de presentación para ayudar al gobierno turco a superar obstáculos difíciles, como peligroso transigir en un punto fundamental cuando el gobierno turco, en exceso intransigente, cae por sí mismo en la trampa nacionalista. Expresar públicamente el rechazo a reconocer la existencia de uno de los miembros de la familia europea cuando se aspira a entrar en ella revela una incomprensión grave, por parte de los turcos, de lo que es la Unión Europea: no una arena de circo donde los gladiadores se lanzan los unos contra los otros, sino un recinto de cooperación donde cada uno escucha los problemas de sus socios y les respeta.

Los empujes del nacionalismo durante la primavera de 2005, la persecución contra el escritor Orhan Pamuk, cuyo único crimen fue pedir que se desvelara la verdad sobre el genocidio armenio y la reanudación de los problemas en Kurdistán empañan la imagen positiva que la Comisión había dado en su informe de octubre de 2004. Sin contar con que, tras la decisión del Consejo europeo de diciembre de 2004, dos países fundadores han mostrado la vulnerabilidad de la Unión Europea al rechazar el Tratado Constitucional. Puede que las negociaciones se abran el 3 de octubre, pero el espíritu ya no está en ellas.