Último grito en el continente: la Realeza

Artículo publicado el 2 de Mayo de 2006
Artículo publicado el 2 de Mayo de 2006

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¡¿Que la coronas son una horterada?! ¡Qué va!, desde hace unos años, la tendencia en Europa se ha invertido: los reyes son adulados. Eso sí, a condición de que se desnuden.

Los príncipes y las princesas están de moda. Convertidos –para muchos- en auténticos famosillos maquinadores compartiendo plano con la jet-set, en iconos de la moda o en símbolos de ensueño para otros, no cesan de estar en la picota –como cómplices o a la defensiva- y en las portadas de las revistas. ¿El objetivo de este frenesí? “Comprender la pasión que suscita la realeza escrutando el inconsciente popular”, según Claude Weil, redactor-jefe del semanario francés Le Nouvel Observateur.

¿Cómo explicar este gusto repentino por herederos de otra época? ¡Desde Carlomagno, los reyes y las reinas han entretenido a la gente con sus fastos y su parafernalia! Entre primos, la connivencia es fácil. Recordemos que las coronas de hoy descienden prácticamente de cuatro familias: los capetos, los Sajonia-Coburgo, los Holdendburgo y los Habsburgo. Amor, gloria y belleza, tres conceptos inseparables de su destino. Ensueño y una pizca de tragedia. Diana de Gales, que invirtió una cierta tendencia, es hoy una leyenda. En cuestiones de comunicación y relaciones públicas llegó a hacer escuela. El 29 de julio de 1981, cuando Lady Diana Spencer se casó con el príncipe heredero, Carlos de Inglaterra, apenas tenía 19 años, era tímida, vestía sin gracia y tenía poco tino en casi todo. Ignorada por su esposo, Lady Di empezó a apasionarse por las causas humanitarias y a embarcarse por el mundo entero a lado de los desheredados y los enfermos, dándole así un sentido a su vida. Entonces fue cuando nació un icono para todos. Trajes de elegancia extrema y horas interminables en el gimnasio para estar siempre en forma serán su segunda seña de identidad. Luego, su muerte accidental en 1997, la terminará de catapultar al rango de mito aureolado de leyendas.

¿Una cuestión de mercadotecnia?

Los siguientes capítulos confirman esta pasión por la realeza. Desde la boda de Camilla –la amante del heredero británico- con el príncipe Carlos en abril de 2005, las cotas de popularidad de la familia real británica remontaron a la carrera. Detrás de este milagro hay un hombre: el antiguo director de comunicación del club de fútbol Manchester United, Paddy Harverson. En apenas un año, este antiguo redactor del diario Financial Times ha sabido allanar el terreno para transformar a Camilla Parker-Bowles, mujer odiada y señalada, en princesa envidiada y adulada. “¡Camilla es la revancha de los feos!”, lanza irónico Alix Girod de l’Ain, redactor de la revista Elle.

En España, la casa Real ha sabido sacar su lección del episodio de Diana de Gales. Aunque la rama conservadora haya tragado con que el príncipe Felipe se case con una periodista separada, está fuera de toda agenda convertirla en una diva. Durante su primer año de matrimonio, Letizia no pronunciará una sola palabra en público, contentándose con ser la esposa fiel y discreta, tres pasos por detrás de Felipe. Bien podrán publicar rumores sobre una pretendida anorexia, que poco importa la verdad, pues los lectores desean romanticismo extremo o tragedia. Hace falta sangrar, llorar de alegría o de tristeza. Como en el teatro. Si la monarquía funciona aún hoy, es también porque sabe convertirse en espejo de la realidad, siempre a la merced de las críticas y de la mirada atenta de todo el mundo. “Como los semidioses, los reyes viven entre el Olimpo y el Ágora. En una época en la que vivimos tan deprisa y todo se aja con tanta facilidad, las figuras de la realeza no son estrellas fugaces, sino inmutables”, precisa Stéphane Bern, cronista del gremio del corazón.

¿La nobleza es un negocio?

¿Cómo explicar que en Francia, un país que degolló a sus reyes, la realeza también haga soñar? “Si las coronas están de moda, quizá sea porque estemos frustrados por no tener un rey”, sugiere el historiador Daniel de Montplaisir. El mundo de la alta costura, asimismo, está logrando recuperar a la nobleza para su causa. Vivienne Westwood hace desfilar a sus modelos tocadas con la corona de Inglaterra, faldas con miriñaque, pelucas dieciochescas y enaguas, y Castelbajac reproduce el rostro de Diana de Gales o de la Reina Victoria e sus camisetas con tiradas de miles de ejemplares. Lacroix o Dior se han tirado a la piscina con delectación, sin hablar de Karl Lagerfeld, gran amigo de Carolina de Mónaco, princesa que sólo se viste de Chanel. “La monarquía y la aristocracia son buenos comerciales, y la prueba es el enorme número de productos alimentarios que hacen referencia a ello”, analiza Christian Blachas, director de publicaciones de CB News. Stark reinventa el sillón Louis XVI en plexiglas, las mini-coronas de oropeles o perlas invaden los estantes de las boutiques de la moda femenina y la realizadora Sofía Coppola espolea la curiosidad del mundo entero al preparar, en el mayor de los secretismos, una película sobre María-Antonieta rodada en Versalles. Lo último de lo último: ¡Madonna, cómo no! La cantante más popular del planeta, en su búsqueda de respetabilidad, acaba de descubrir –gracias a expertos en genealogía- que posee lazos de parentesco con la mismísima duquesa de Cornualles. ¡Madonna y Camilla: esto es la guerra!