Ultras marroquíes: "Creen que somos unos animales"

Artículo publicado el 2 de Junio de 2014
Artículo publicado el 2 de Junio de 2014

En los últimos meses los estadios de Casablanca han sido el escenario de violentos enfrentamientos entre ultras de clubs rivales. Y no es raro que la violencia llegue a los jugadores cuando se cometen faltas en el terreno de juego. Nos adentramos en un mundo en el que el fútbol es un asunto muy serio.

Said, Hi­cham e Is­mail* no se co­no­cen, pero es po­si­ble que hayan in­ter­cam­bia­do gol­pes en el pa­sa­do: todos ellos son ul­tras. "Es­ta­mos dis­pues­tos a morir por nues­tro equi­po", afir­ma Said con du­re­za, en­vuel­to por una nube de humo de ha­chís. No son­ríe mucho. Vi­nien­do de él esta afir­ma­ción, que con­se­gui­mos solo ha­bien­do roto ya el hielo, da un poco de miedo. Said es miem­bro de la Black Army, un grupo de ul­tras que apo­yan a las FAR de Rabat (el club de fút­bol Fuer­zas Ar­ma­das Reales). Hi­cham es hin­cha del Wydad de Ca­sa­blan­ca, ven­ce­dor de nu­me­ro­sas com­pe­ti­cio­nes ma­rro­quíes e in­ter­na­cio­na­les. Is­mail, en cam­bio, está re­gis­tra­do con los ul­tras del otro club de la ciu­dad, el Raja Ca­sa­blan­ca. Estos son los equi­pos más co­no­ci­dos de Ma­rrue­cos y la ri­va­li­dad entre ellos es más que exa­cer­ba­da.

Los ara­bes­cos pin­ta­dos en los muros son di­fí­ci­les de dis­tin­guir y la luz es de­ma­sia­do débil como para poder ver el fondo del bar en el que nos en­con­tra­mos. Es­ta­mos en Rabat, la ca­pi­tal del país. "La gente cree que somos unos ani­ma­les", dice Said antes de dar otra ca­la­da. Está en com­pa­ñía de cua­tro miem­bros de la Black Army. Tie­nen la misma edad, unos 25 años, la misma ropa, las mis­mas pul­se­ras de plata y cier­to re­ce­lo hacia los pe­rio­dis­tas. La pren­sa de­for­ma ha­bi­tual­men­te sus pro­pó­si­tos y opi­nio­nes, con­tri­bu­yen­do así a la ima­gen muy ne­ga­ti­va que la so­cie­dad ma­rro­quí tiene de ellos.

150 UL­TRAS CON CU­CHI­LLOS EN LOS DIEN­TES

En los úl­ti­mos años los ul­tras ma­rro­quíes han con­mo­cio­na­do a la so­cie­dad al so­bre­sa­lir por sus actos vio­len­tos. La repu­tación del lla­ma­do "jue­ves negro" es muy tris­te: en abril de 2013, en las horas pre­vias al en­cuen­tro entre el Raja Ca­sa­blan­ca y las FAR de Rabat, un cen­te­nar de ul­tras y hoo­li­gans de­vas­ta­ron la ciu­dad. Un año antes Hamza Bak­ka­li, un hin­cha del Wydad de 21 años, per­dió la vida du­ran­te los en­fren­ta­mien­tos. El si­guien­te marzo, 150 ul­tras ar­ma­dos con cu­chi­llos y bas­to­nes to­ma­ron por asal­to el te­rreno en el que se en­tre­na­ba su equi­po del alma, ame­na­zan­do a los ju­ga­do­res y en­tre­na­do­res antes de sa­quear los ves­tua­rios. Este acto fue mo­ti­va­do por las acu­sa­cio­nes de co­rrup­ción del club y por la serie de de­rro­tas que es­ta­ban so­por­tan­do.

Hi­cham, de 19 años, par­ti­ci­pó en la in­cur­sión. Se ríe sar­cás­ti­ca­men­te al con­tar­me qué pasó aquel día. Es­ta­mos en el te­ja­do de un edi­fi­cio, lleno de cuer­das de ten­der y an­te­nas pa­ra­bó­li­cas, donde ha de­ci­di­do re­ci­bir­nos en Ca­sa­blan­ca. A lo lejos, en la pared de un edi­fi­cio, se ve un gra­fi­ti medio bo­rra­do en honor del equi­po Wydad. Para Hi­cham aque­lla ac­ción es­tu­vo to­tal­men­te jus­ti­fi­ca­da: "Des­pués de ese día ¡por fin ga­na­mos!". A fin de cuen­tas, fue por el bien del equi­po.

Is­mail pro­ba­ble­men­te es­ta­ría de acuer­do con él. In­cli­na la ca­be­za, frun­ce los ojos y des­pués se hunde en su sofá, todo mien­tras ex­ha­la el humo del ci­ga­rro, y afir­ma que él apoya al equi­po más im­por­tan­te. Es alto y del­ga­do, y tiene ya 38 años. Otros nueve ul­tras han acu­di­do al bar con él, po­bre­men­te de­co­ra­do con azu­le­jos blan­cos. A todos los en­can­tan los ví­deos pu­bli­ca­dos en You­Tu­be con sus co­reo­gra­fías en el es­ta­dio, los can­tos en coro y los es­tan­dar­tes. Para ellos eso es lo que cuen­ta, la vio­len­cia nunca es un fin en sí mismo. Pien­san que "el jue­ves negro" no es más que un des­bor­da­mien­to de es­tu­pi­dez de una pe­que­ña mi­no­ría. Tam­po­co quie­ren que les tomen por hoo­li­gans. Solo quie­ren que el resto de ul­tras mues­tre res­pe­to, y ad­vier­ten de que si no lo hacen, re­cu­rrir a la vio­len­cia es sim­ple­men­te inevi­ta­ble.

LOS BON­BONS SAU­VA­GES: CAM­BIAR EL DOLOR POR LA RABIA

La vio­len­cia no es parte de la ideo­lo­gía de todos, pero mu­chos re­cu­rren a ella, sea un fin en sí misma o un mal ne­ce­sa­rio. Al­gu­nos lle­van las mar­cas de esta vio­len­cia en la cara, pero no se atre­ven a enu­me­rar sus he­ri­das para no ha­blar del nú­me­ro de en­fren­ta­mien­tos en los que han par­ti­ci­pa­do. Karim, uno de los miem­bros emi­nen­tes de la Black Army, es­tu­vo a punto de morir en 2005 des­pués de una pa­li­za du­ran­te la que re­ci­bió nu­me­ro­sas cu­chi­lla­das en la es­pal­da.

Hi­cham llama bon­bons sau­va­ges a las pas­ti­llas que todo el mundo toma antes de en­trar al es­ta­dio. Se trata de ben­zo­dia­ce­pi­na, que re­em­pla­za el dolor por una rabia in­con­tro­la­ble. Hi­cham tam­bién afir­ma que el club de fút­bol es lo más im­por­tan­te de su vida, y le gusta decir cosas como "en el campo de ba­ta­lla no te­ne­mos pie­dad" o con­tar la his­to­ria de un ultra del Raja que le par­tió el men­tón a un afi­cio­na­do del Wydad, tras lo que tuvo que huir a Se­ne­gal por­que temía por su vida. Tam­bién ase­gu­ra que no ten­dría nin­gún pro­ble­ma en matar a otro ultra. No se puede decir que la na­tu­ra­le­za agre­si­va del joven con­cuer­de con su as­pec­to. Sin em­bar­go, la li­ge­re­za con la que nos cuen­ta todo esto, com­bi­na­da con una ri­si­ta y un en­co­gi­mien­to de hom­bros, hace que se te re­vuel­va el es­tó­ma­go.

ABUSO DE PODER Y DE CRUEL­DAD

Aun­que todo a su al­re­de­dor esté inun­da­do de vio­len­cia, los ul­tras dicen ser in­jus­ta­men­te ca­ta­lo­ga­dos como un pe­li­gro para la se­gu­ri­dad de los ciu­da­da­nos. Una eti­que­ta que les han pues­to sobre todo desde que una ley con­tra la vio­len­cia en los es­ta­dios en­tra­se en vigor en enero de 2011. Des­pués les li­mi­ta­ron el de­re­cho a re­unir­se y tie­nen que pedir au­to­ri­za­cio­nes es­pe­cia­les para cada reunión. Por otro lado, se ha vuel­to más fácil para las au­to­ri­da­des con­se­guir los datos per­so­na­les de los miem­bros de estas aso­cia­cio­nes. Pero sobre todo, es más fácil arres­tar a los ul­tras. Said e Is­mail de­nun­cian que la po­li­cía co­me­ten los mis­mos actos de los que les acu­san a ellos: abuso de poder y cruel­dad. Según ellos, a los ul­tras se les ma­cha­ca sin razón y se les man­tie­ne en de­ten­ción pre­ven­ti­va du­ran­te se­ma­nas.

Aun­que los ul­tra se nie­gan a ser ca­ta­lo­ga­dos como re­bel­des, es casi im­po­si­ble atri­buir a esos gru­pos cual­quier di­men­sión po­lí­ti­ca. Cuan­do les pre­gun­ta­mos su opi­nión sobre las ma­ni­fes­ta­cio­nes de la Pri­ma­ve­ra árabe, de­mues­tran in­di­fe­ren­cia. "Me da igual lo que haga el go­bierno", dice Hi­cham. Se que­jan de la dis­cri­mi­na­ción de la que son ob­je­to los ul­tras, pero mu­chos de ellos están sa­tis­fe­chos con la si­tua­ción po­lí­ti­ca de Ma­rrue­cos. Este fe­nó­meno no es ex­clu­si­vo de las cla­ses bajas, sus miem­bros pro­vie­nen de todas las capas de la so­cie­dad, o casi. Said no tiene tra­ba­jo, Hi­cham sigue un curso a dis­tan­cia que le pre­pa­ra para la Se­lec­ti­vi­dad e Is­mail tra­ba­ja como lo­ca­li­za­dor para una pro­duc­to­ra de cine. Mu­chos otros son uni­ver­si­ta­rios o tie­nen tra­ba­jo es­ta­ble. Sin em­bar­go, aun­que sean todos di­fe­ren­tes y se odien entre ellos, tie­nen en común la fie­re­za de ser ultra. Entre los es­ta­dios y sus pe­leas han crea­do un pe­que­ño re­fu­gio en cuyo in­te­rior pue­den ex­pre­sar­se y dis­tan­ciar­se de toda con­ven­ción so­cial. Quizá al­gu­nos no mue­ran por su equi­po, pero todos están dis­pues­tos a ha­cer­lo en nom­bre de ese re­fu­gio per­so­nal. "Somos ul­tras a tiem­po com­ple­to", afir­ma Said. Y por pri­me­ra vez en toda la noche, una son­ri­sa se di­bu­ja en su cara y ex­pul­sa las som­bras que ha­bi­tan en ella.

Todas las de­cla­ra­cio­nes fue­ron ob­te­ni­das por Fé­li­ce Grit­ti en Rabat y Ca­sa­blan­ca.

*Todos los nom­bres han sido cam­bia­dos.

Este artículo forma parte de una edición especial dedicada a Casablanca y realizada en el marco del proyecto "Euromed Reporter", lanzado por CaféBabel en colaboración con I Watch Organization, Search for Common Ground y la fundación Anna Lindh. Pronto encontraréis todos los artículos en nuestra revista.