Un alemán en la vendimia

Artículo publicado el 6 de Octubre de 2009
Artículo publicado el 6 de Octubre de 2009

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Quien no tiene ningún miedo a las botas para la lluvia y no le molestan unas cuantas gotas, debería alguna vez intentar participar en una vendimia en la región francesa de Champaña. Esta no es solo una forma para tener una nueva visión de la cultura francesa, sino también te ofrece la oportunidad de luchar contra tu propio dolor de espalda

Desde hace cinco minutos estamos sentados unos contra otros apretujados, muslos contra muslos en una furgoneta roja. En lugar de asientos hay unos bancos de madera en la parte del coche que se utiliza para las cajas, y cuando el conductor frena nos deslizamos todos hacia el que está delante de nosotros. El sol se asoma sobre la colina de Champaña, es una mañana fría, pero nosotros nos conservamos calientes bajo nuestro chubasquero, estamos tan abrigados que nuestras manos humean. El cansancio me hace cerrar los ojos y me doy cuenta que me había imaginado la vendimia más ligera de lo que es. Después de dos largos días de trabajo me duele la espalda y me siento exhausto. Y mis 'vacaciones' no han hecho más que empezar.

El dueño del viñedo paga bien y los trabajadores no tienen que preocuparse del alojamiento ni de la comida

El viaje hacia Neuville-sur-Seine empezó en una casa berlinesa, por aquel entonces cuando me picó el gusanillo de la vendimia, en Berlín reinaba un crudo invierno y la vid en la región de Champaña aún resistía rígida al viento helado. Por esos tiempos, mi compañera de piso, que es francesa, nos contaba de forma animada sobre la cosecha del año pasado. Ella parecía muy entusiasmada y decía que quería repetir la experiencia de todas maneras, dijo que el dueño del viñedo pagaba bien y que los trabajadores no tienen que preocuparse del alojamiento ni de la comida. ¡Claro que yo también puedo inscribirme! Además, hablo muy bien en francés. Al día siguiente ya le estaba mandando un mensaje al viñedo y pronto también ya lo sabían todos mis amigos, el próximo verano estaría en Francia cosechando uvas.

En cada uno de nosotros se esconde un vendimiador

Medio año después me llegó un email que me informaba sobre el inicio de la próxima vendimia. Reservé un billete de tren inmediatamente y mis amigos empezaron a dejarme cosas: pantalones para la lluvia, botas para la lluvia y un sombrero-paraguas.

Se esperaba al equipo de vendimia un martes en la estación de tren de Troyes. En el tren empecé a montarme historias, ¿Qué aspecto tendrían los trabajadores temporeros? Tres chicas con sombreros de verano estaban posando frente a sus maletas de rueditas en la puerta de la estación. La más guapa me lanza una mirada de curiosidad. En la esquina de en frente hay un chico en cuclillas junto a su mochila y con la cabeza apoyada sobre una guitarra envuelta en una tela. Seguramente pertenece al equipo de vendimiadores, pienso. En el momento que se acerca un minibus, se levantan el tipo de la guitarra, las tres chicas de buen aspecto y yo. Todos nos dirigíamos a la casa de Hubert, el viticultor. En ese momento pensé: En cada uno de nosotros se esconde un vendimiador.

Separar uvas de una vid y lanzarlas a un cubo es para muchas personas un trabajo de campo como lo es coger fresas o recolectar espárragos. En un aspecto tienen razón: La experiencia espiritual de esta habilidad es sumamente escasa. Pero para mí cuentan también otros criterios, por mi parte, considero fascinante el trabajo por tradición rico de los valles de la legendaria región de Champaña, en medio de contentos cantores franceses, podía al mismo tomar contacto con el idioma, las usanzas y los conocimientos técnicos. Además, al ser el único extranjero del grupo, la confrontación con el idioma del lugar era inevitable. Cuando quería aprender a diferenciar un tipo de vid de otro, tenía que escuchar la lección del viñador con atención para entender todo.

Cuando alguien se cortaba el dedo, gritaba en francés lleno de pánico para pedir tiritas. Blasfemábamos mucho, ya sea por el dolor de espalda o porque el sol de fin de verano nos hacía morir de sed. Algo típico francés era también el pago en forma de euro cheques. Mis ocho horas diarias de trabajo en diez días de vendimia correspondían a un sueldo de unos 800 euros.

Buenas uvas, buenas migas

El trabajo pesado en los viñedos hacía difícil dormir. Cada posición, ya sea de pie, sentado o tumbado seguía dejando mi espalda rígida. Contra esto ayudaba algunas veces hacer unas sesiones de improvisación musical entre todos. Pronto aparecían viejas canciones de vendimiar y todos acertaban en el tono sentimental de la canción: “Dans notre vignoble terrible se lève ton coeur de chanson!” ("Sobre nuestro terrible viñedo se eleva tu corazón en canción”).

Trabajar en los viñedos complica el sueño: es difícil encontrar una postura en la que no te duela la espalda

Poco antes de terminar la jornada, los músculos de la cara y la espalda se me destensaron repentinamente. Era el momento de tomar una ducha caliente y quitarse los pantalones vaqueros pegajosos que ya olían a podrido. Para mí, cada tarde era sagrada, las horas tardías podían consistir tanto en acaloradas discusiones como también podían ser cánticos completos que algunos jóvenes para quedarse en cueros. Se pasaban algunos cigarrillos y se bebía cerveza fría.

Yo había hecho además un pacto de masaje recíproco con una encantadora estudiante de medicina. No le molestó que yo me quedara debiéndole un masaje, me dijo: “nos volveremos a ver”.