un cañón de agua para ahogar las libertades civiles británicas

Artículo publicado el 21 de Enero de 2014
Artículo publicado el 21 de Enero de 2014

El al­cal­de de Lon­dres, Boris John­son, ha so­li­ci­ta­do re­cien­te­men­te un cañón de agua. Así pre­ten­de au­men­tar la po­ten­cia de fuego de la po­li­cía y aca­bar con las pro­tes­tas en las ca­lles cuan­do estas sur­jan. Los lon­di­nen­ses están ho­rro­ri­za­dos, pero lo más sor­pren­den­te es la ne­ga­ti­va de The­re­sa May, mi­nis­tra de in­te­rior, ante tal so­li­ci­tud.

Esta pe­que­ña vic­to­ria de las li­ber­ta­des ci­vi­les (se ha ne­ga­do la so­li­ci­tud de un cañón de agua) es con­tra­ria a la cre­cien­te re­duc­ción de la li­ber­tad de ex­pre­sión y de pren­sa que ha de­fi­ni­do a este go­bierno. Puede que los bri­tá­ni­cos no se sien­tan to­da­vía menos li­bres de una forma per­cep­ti­ble, pero esta es la parte más si­nies­tra. Las re­for­mas son su­ti­les y en­ga­ño­sas, es­ta­ble­cien­do la co­rrup­ción en la so­cie­dad civil de forma lenta pero se­gu­ra.

¡DE­RE­CHOS HU­MA­NOS, VÁ­YAN­SE DE AQUÍ!

La vi­sión de Boris John­son con un cañón de agua pa­re­ce más per­ver­sa y des­agra­da­ble a la luz de la re­cien­te pro­me­sa de los con­ser­va­do­res de cor­tar sus re­la­cio­nes con el Tri­bu­nal Eu­ro­peo de De­re­chos Hu­ma­nos. El go­bierno con­si­de­ra que los de­re­chos hu­ma­nos son opre­si­vos y que las re­so­lu­cio­nes del tri­bu­nal le im­pi­den cas­ti­gar al pue­blo. El Par­ti­do Con­ser­va­dor se sen­tía par­ti­cu­lar­men­te mo­les­to por una re­cien­te re­so­lu­ción que ga­ran­ti­za a los con­de­na­dos a ca­de­na per­pe­tua el de­re­cho de re­cur­so. "¡Una vida por otra!", grita Cameron de forma ani­ma­da, re­fi­rién­do­se a la ca­de­na per­petua y com­pla­cien­do así a las mul­ti­tu­des an­te­di­lu­via­nas que ocu­pan los es­ca­ños.

El go­bierno ac­tual ha desa­rro­lla­do el ta­len­to de tergiversar el de­ba­te. Ter­gi­ver­san el tra­ba­jo del tri­bu­nal de Es­tras­bur­go, pro­vo­can­do la his­te­ria al lla­mar una aten­ción des­pro­por­cio­na­da sobre las es­ca­sas re­so­lu­cio­nes con las que el pú­bli­co no está de acuer­do, como los re­tra­sos en el pro­ce­so de de­por­ta­ción de Abu Hamza. Pre­fie­ren ol­vi­dar que te­ne­mos que agra­de­cer al TEDH que haya nor­ma­li­za­do la edad de con­sen­ti­mien­to para ho­mo­se­xua­les y he­te­ro­se­xua­les, que haya ga­ran­ti­za­do una mayor aten­ción para los re­clu­sos vul­ne­ra­bles y que haya pro­te­gi­do el ano­ni­ma­to de las fuen­tes pe­rio­dís­ti­cas. Sin em­bar­go, el mi­nis­tro de jus­ti­cia Chris Gray­ling ase­gu­ra que el TEDH "no hace de este país un mejor lugar".

Con los ca­ño­nes de agua den­tro de sus fron­te­ras y con el aho­ga­mien­to si­mu­la­do en otros paí­ses, el Reino Unido tam­bién ha cau­sa­do una gran con­mo­ción en la co­mu­ni­dad in­ter­na­cio­nal. Una in­ves­ti­ga­ción del Tri­bu­nal Su­pre­mo de In­gla­te­rra y Gales ha re­ve­la­do re­cien­te­men­te que el Reino Unido fue cóm­pli­ce de la tor­tu­ra de cua­ren­ta sos­pe­cho­sos de te­rro­ris­mo.

LOS PE­RIO­DIS­TAS SON AHORA TE­RRO­RIS­TAS

El ac­tual go­bierno ha ata­ca­do y de­bi­li­ta­do la in­de­pen­den­cia de la pren­sa más que nin­gún otro go­bierno en los úl­ti­mos tres si­glos. Su ac­ti­tud fren­te al caso Snow­den (que re­ve­la que el GCHQ, uno de los tres ser­vi­cios de in­te­li­gen­cia bri­tá­ni­cos, re­co­pi­la datos de mi­llo­nes de lla­ma­das te­le­fó­ni­cas) fue se­ve­ra y alar­man­te. Ata­ca­ron en lugar de tra­tar de re­di­mir­se. Los po­lí­ti­cos lle­va­ron al par­la­men­to a Alan Rus­brid­ger, edi­tor del dia­rio The Guar­dian, para in­te­rro­ga­rlo, lo cual era un hecho sin pre­ce­den­tes.

Des­tru­ye­ron con una sie­rra cir­cu­lar los dis­cos duros de The Guar­dian que con­te­nían ar­chi­vos sobre el caso Snow­den. El go­bierno sabía que había una copia de se­gu­ri­dad de los ar­chi­vos en algún otro lugar. La ac­ción fue me­ra­men­te cí­ni­ca y sim­bó­li­ca, una de­cla­ra­ción de in­ten­cio­nes de un go­bierno que busca pa­liar su pá­ni­co con fin­gi­mien­to. De forma más des­ca­ra­da si cabe, la po­li­cía de­tu­vo al com­pa­ñe­ro de Glenn Green­wald, David Mi­ran­da, du­ran­te nueve horas sin acu­sa­ción al­gu­na, con­for­me a las leyes an­ti­te­rro­ris­tas. Esta vin­cu­la­ción del pe­rio­dis­mo con el te­rro­ris­mo, la pri­me­ra en el Reino Unido, es algo más tí­pi­co de las dic­ta­du­ras. Esto es­ta­ble­ce un pre­ce­den­te alar­man­te.

El go­bierno ha ma­ni­pu­la­do el es­cán­da­lo del ha­cking te­le­fó­ni­co para que este sirva como una ex­cu­sa para ob­te­ner con­trol sobre los me­dios de co­mu­ni­ca­ción. En oc­tu­bre de 2013 el go­bierno im­pu­so a la fuer­za una Carta Real sobre la Re­gu­la­ción de Pren­sa. Como res­pues­ta al es­cán­da­lo del ha­cking te­le­fó­ni­co y al con­si­guien­te In­for­me Le­ve­son, los po­lí­ti­cos re­dac­ta­ron esta Carta a puer­ta ce­rra­da, sin par­ti­ci­pa­ción ni con­sul­ta de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción. La ve­lo­ci­dad y el se­cre­tis­mo del asun­to eran in­quie­tan­tes. El Tri­bu­nal de Ape­la­ción desoyó un re­que­ri­mien­to de­ses­pe­ra­do de úl­ti­ma hora pre­sen­ta­do por los edi­to­res. Según Ri­chard Gor­don, con­se­je­ro de la Reina (un tipo de abo­ga­do del sis­te­ma ju­rí­di­co an­glo­sa­jón nom­bra­do por la reina) y miem­bro del Press Stan­dards Board of Fi­nance (un or­ga­nis­mo que sirve para re­cau­dar fon­dos para el Con­se­jo de Pren­sa), "lo que se con­ci­be en la carta del go­bierno es la po­si­bi­li­dad de ejer­cer el con­trol eje­cu­ti­vo sobre la pren­sa por pri­me­ra vez desde 1695". Con una flo­ri­tu­ra de bo­l­í­gra­fo se acabó en un mo­men­to con si­glos de in­de­pen­den­cia de pren­sa, algo que había sido la en­vi­dia del mundo en­te­ro.

La ad­mi­ra­ción ha de­ja­do paso ahora al opro­bio. La Aso­cia­ción Mun­dial de Pe­rió­di­cos y Edi­to­res de No­ti­cias (WAN-IFRA) está en­vian­do una mi­sión sin pre­ce­den­tes de li­ber­tad de pren­sa al Reino Unido para plan­tear sus preo­cu­pa­cio­nes. Al­gu­nas de­le­ga­cio­nes an­te­rio­res via­ja­ron a Etio­pía, Libia, Yemen, Túnez, Mé­xi­co, Hon­du­ras, Ecua­dor, Co­lom­bia, Gua­te­ma­la y Azer­bai­yán. El Reino Unido está bien acom­pa­ña­do.

EL FIL­TRO AN­TI­PORNO

Para ter­mi­nar, lle­ga­mos al "fil­tro an­ti­porno" más ca­lum­nia­do. La ini­cia­ti­va del Par­la­men­to no es sim­ple­men­te re­mil­ga­da, es to­tal­men­te ruin. Los usua­rios de In­ter­net tie­nen que "apun­tar­se" de forma ex­plí­ci­ta para ac­ce­der a ma­te­rial que sea por­no­grá­fi­co, "obs­ceno o de mal gusto". ¿Quié­nes son los po­lí­ti­cos para de­cir­nos lo que es "obs­ceno o de mal gusto"?

El fil­tro "an­ti­porno" ya se ha uti­li­za­do para blo­quear el ac­ce­so a di­chas pá­gi­nas y ofre­cer ayuda a per­so­nas que se au­to­le­sio­nan, a al­cohó­li­cos, dro­ga­dic­tos, víc­ti­mas de vio­len­cia do­més­ti­ca y miem­bros de la co­mu­ni­dad LGBT (Les­bia­nas, gais, bi­se­xua­les y tran­se­xua­les). Pre­ve­nir que los niños vul­ne­ra­bles ac­ce­dan a esa clase de pá­gi­nas es trá­gi­co y to­da­vía más cuan­do esto se hace en nom­bre de su pro­tec­ción. Ca­sual­men­te, la pro­tec­ción in­fan­til es la pre­mi­sa em­plea­da por el go­bierno ruso para apro­bar la le­gis­la­ción que vic­ti­mi­za a la co­mu­ni­dad LGBT.

El con­se­je­ro de la Reina, Ri­chard Gor­don, des­cri­bió la Carta Real arri­ba men­cio­na­da como "kaf­kia­na". La obra 1984, de Or­well suele ser evo­ca­da a me­nu­do para re­fe­rir­se a las re­ve­la­cio­nes de Snow­den. Pero estos pa­ra­dig­mas li­te­ra­rios no hacen jus­ti­cia a la pro­fun­di­dad y am­pli­tud in­com­pa­ra­bles de la vi­sión dis­tó­pi­ca de David Ca­me­ron. El es­pio­na­je del Cuar­tel Ge­ne­ral de Co­mu­ni­ca­cio­nes del Go­bierno, la Carta Real, la le­gis­la­ción an­ti­te­rro­ris­ta, el fil­tro an­ti­porno. Lee­mos sobre estos temas en la pren­sa pero to­da­vía no sen­ti­mos toda la fuer­za de su im­pac­to. Esto es lo más preo­cu­pan­te. Son ini­cia­ti­vas su­ti­les y en­ga­ño­sas y, como so­cie­dad reac­cio­na­ria que tien­de a to­le­rar la in­con­ve­nien­cia con com­pos­tu­ra, pa­re­ce que Gran Bre­ta­ña con­sen­ti­rá estos pér­fi­dos avan­ces hasta que sea de­ma­sia­do tarde. Se están crean­do las he­rra­mien­tas para con­se­guir unos ni­ve­les de con­trol civil y so­cial nunca vis­tos hasta ahora. El sueño hú­me­do de Boris John­son no es más que una gota de agua en el océano.