Un dedo para insultarlos a todos

Artículo publicado el 16 de Enero de 2014
Artículo publicado el 16 de Enero de 2014

Hay momentos en los que las palabras no bastan. Momentos en los que un simple gesto puede sintetizar un estado de ánimo, ya sea la euforia o la rabia. Esos instantes en los que el raciocinio, o los límites que este impone, se desvanece por completo para desatar un carrusel de lenguaje no verbal. Es en esos momentos cuando levantar un dedo, concretamente el de en medio, puede detonar la bomba.

Les hemos visto en­lo­que­cer sobre el cés­ped de una can­cha cual­quie­ra, pro­vo­can­do a la hin­cha­da rival o ha­cien­do ca­llar a los más crí­ti­cos. Les hemos visto gui­ta­rra en mano, tra­tan­do de ma­ni­fes­tar la re­bel­día que se les su­po­ne. Tam­bién les hemos visto con una son­ri­sa pos­ti­za in­crus­ta­da en la man­dí­bu­la, res­pon­dien­do con ci­nis­mo a las crí­ti­cas de una mu­che­dum­bre en­fu­re­ci­da. Otros, sim­ple­men­te, lo uti­li­za­ron como com­ple­men­to para pasar a la eter­ni­dad, a tra­vés de una ima­gen que sin dicha ac­ción no ten­dría nin­gu­na tras­cen­den­cia. Es tan fácil como le­van­tar el dedo co­ra­zón, ce­rrar el puño y ten­sar el brazo. Un gesto sen­ci­llo para cap­tar la aten­ción del foco me­diá­ti­co y ofre­cer­se como un ca­ra­me­lo al jui­cio de la siem­pre ham­brien­ta opi­nión pú­bli­ca.

Los es­pa­ño­les le llama ‘pei­ne­ta’. Pero la cosa viene de lejos, de mucho antes de que los ba­lo­nes ro­da­ran y las ce­le­bri­ties se dro­ga­ran. La pri­me­ra re­fe­ren­cia al es­ti­ra­mien­to del dedo medio como acto de des­pre­cio la en­con­tra­mos en Las nubes, una co­me­dia de Aris­tó­fa­nes del año 423 a. C. Los ro­ma­nos, un poco más tarde, lo bau­ti­za­ron como el ‘di­gi­tus im­pu­di­cus(‘dedo im­pú­di­co’), nom­bre que se ge­ne­ra­li­zó a par­tir del siglo I en las cul­tu­ras del Me­di­te­rrá­neo. Aun­que para estos úl­ti­mos, la ac­ción no era más que el mé­to­do de moda para des­viar el mal de ojo. Un uso bien dis­tin­to al ac­tual.

Sea cual sea la his­to­ria, lo cier­to es que el tér­mino en latín re­sul­ta poco prác­ti­co en el uso con­tem­po­rá­neo. Es pro­ba­ble que si le re­cri­mi­na­mos a al­guien la ca­ren­cia de ido­nei­dad de haber hecho uso de su ‘di­gi­tus im­pu­di­cus’, sien­ta la misma cul­pa­bi­li­dad que si le lla­ma­mos ‘cerdo’ en arameo. Por eso, puede re­sul­tar­nos más que in­tere­san­te saber cómo se de­no­mi­na esta ac­ción en los dis­tin­tos rin­co­nes del con­ti­nen­te eu­ro­peo. In­for­ma­ción útil y ne­ce­sa­ria, cuan­to menos.

Los fran­ce­ses, ha­cien­do gala de su agudo sen­ti­do de la iro­nía, lla­man al dedo medio ‘le doigt d’hon­neur (‘el dedo de honor’), a pesar de que el gesto tenga bien poco de ho­no­ra­ble. Sus ve­ci­nos ale­ma­nes, en cam­bio, tiran de es­ca­to­lo­gía y se aden­tran en el mundo de la ma­te­ria fecal, de la mano de su ‘stin­ke­fin­ger. Es decir, el ‘dedo apes­to­so’. En Ita­lia y Po­lo­nia optan por una forma frus­tran­te­men­te des­crip­ti­va, como es lla­mar a las cosas por su nom­bre. Así, el ‘dito medio’ y ‘środ­kowy palec’ no ten­drán otra tra­duc­ción que ‘el dedo medio’. Los in­gle­ses, en cam­bio, hacen uso de la me­to­ni­mia. Para ellos, el in­sul­to ges­tual y todo lo que im­pli­ca se puede re­su­mir en una ex­tre­mi­dad : ‘the fin­ger’.

Distintas formas de llamar a un dedo. Un dedo para insultarlos a todos.