Un voto para Europa

Artículo publicado el 13 de Septiembre de 2004
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Artículo publicado el 13 de Septiembre de 2004

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La escisión producida en la UE durante la guerra de Irak prueba que no influye en el mundo si carece de voz. Un asiento común en el Consejo de Seguridad le obligaría a desarrollar mecanismos eficaces para la lograr consensos en política exterior.

Se quiere valorar el apoyo europeo en la guerra de Irak como un error desastroso de su política exterior o no? Lo que está claro es que si se trata de intereses nacionales importantes para diferentes estados miembros, la UE tiene entonces voz y voto en el asunto. De modo que se impone el egoísmo nacional. La coordinación mutua, con la que también se guarda las espaldas el nuevo tratado constitucional ante cualquier cuestión de política exterior, no merece el tipo de papel en el que esta coordinación está escrita. De repente, se enciende la llama de los sistemas de estado europeos del siglo XIX para volver a brillar: la política exterior se entiende como dominio inherente de los estados nacionales soberanos. El interés común por una resolución amistosa de los conflictos es aplastado bajo el pesado zapato de las actuaciones en solitario de los estados nacionales.

La historia, una buena profesora

Lo que intentan los seis estados fundadores de la Comunidad Europea es olvidar de una vez por todas y mediante pactos comunes este comportamiento poco inteligente, que Europa mantuvo en el siglo XX en dos guerras mundiales de resultados desastrosos. Los sensatos padres de la unificación europea se propusieron, mediante el control compartido de bienes de interés militar como el carbón y el acero, impedir que se volviera a repetir una guerra en Europa. El objetivo de la prosperidad económica mediante la consecución de un mercado común vino mucho después. Siempre que la integración europea como idea fundamental sea un proyecto político pacificador (y la paz tiene mucho que ver obviamente con el proceder de los estados en política exterior. Sin embargo, la UE no logró la consecución de una política común exterior y de seguridad (PESC) hasta después del fin de la Guerra Fría. Esta política está basada, no obstante, en la sola cooperación de los gobiernos europeos. Los organismos supranacionales, como la Comisión y el Parlamento europeos, que representan los verdaderos intereses europeos, son excluidos casi por completo del proceso de toma de decisiones relacionadas con la PESC. Además, la figura del Ministro de Asuntos Exteriores de la UE prevista en el nuevo tratado constitucional no modificará nada respecto a la organización intergubernamental, a pesar del deseo expreso del ex Secretario de Asuntos Exteriores americano Kissinger de que se creara por fin un número de teléfono de la Unión. El problema principal, sin embargo, sigue sin estar resuelto: sin un marco legal apropiado, al final el egoísmo de los estados nacionales vuelve a ondear su estandarte de victoria.

Es indispensable una política exterior europea

El esfuerzo de una política exterior europea de varios estados sólo puede significar la europeización de la política exterior. Los egoísmos nacionales tienen que dejarse a un lado en todo el mundo de una vez en favor del interés extendido por una política de paz. El método Monnet, llamado así por uno de esos sabios padres fundadores de la comunidad, según el cual los organismos europeos se reparten el poder entre ellos, debe, además, establecer las directrices de la política exterior. Probablemente, estas mismas ideas preocuparon al ex Canciller alemán Willy Brandt (en 1991 fue el primero en plantear estas ideas) con el objetivo de transformar el asiento británico y francés en el Consejo de Seguridad de la ONU en un asiento europeo. La idea fundamental era la misma: ha llegado la hora de que comience una nueva era en la política exterior y de que las políticas exteriores nacionales lleguen a su fin. Las sempiternas rencillas de los europeos, como la reciente disputa entre Alemania e Italia por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad, deben olvidarse de una vez por todas. Los estados nacionales europeos no deberían seguir impidiendo que se alcancen posiciones comunes en cuestiones de política exterior y, así, expresarnos con una sola voz. Europa fracasó en su política de asuntos exteriores nacional en el siglo XX. De modo que, ¿no se estaría comportando de manera incongruente (debido a la creación de la comunidad europea que pone cotos a esos desastrosos resultados) mientras se obliga a desarrollar una política común de asuntos exteriores y no sólo en cuestiones de comercio y mercado interior? Y, ¿no tendrá esto mucho que ver con la institución que se formó después de la Segunda Guerra Mundial con una demanda similar de política de paz como la Comunidad Económica Europea?

Europa puede mirar con orgullo lo conseguido hasta ahora. Ha demostrado al mundo entero que es posible controlar los conflictos de manera duradera y pacífica mediante el proceso de una unión basada en la legalidad. De ahí que disminuya su credibilidad y al mismo tiempo su responsabilidad, también internacional para luchar por una legitimación de las relaciones entre los estados en ámbitos multilaterales. Igualmente se podría presentar una segunda autorización para un asiento común en el Consejo de Seguridad: ésta, como promotora y patrocinadora de un nuevo orden mundial del modelo de futuro de la integración regional, le daría un nuevo rostro reconocible en el futuro.