Una década para el desencanto

Artículo publicado el 28 de Noviembre de 2005
Artículo publicado el 28 de Noviembre de 2005

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10 años después del lanzamiento del proceso de Barcelona, las expectativas de la sociedad civil, entre prudencia y escepticismo, son claras. Hace falta una cooperación más coherente, más ambiciosa y más visible.

Barcelona, noviembre de 2005: es hora de hacer cuentas para los 35 protagonistas de los acuerdos Euromed. En 1995, el objetivo de este acuerdo de cooperación innovador, fundado sobre los valores de los Derechos Humanos, de la paz y de la prosperidad, era reequilibrar las condiciones del intercambio entre las riberas norte y sur mediterráneas y contribuir al desarrollo de los países del Sur. Reconocía el vínculo indefectible entre las orillas del Mediterráneo y traía de nuevo al primer plano el papel geopolítico y geocultural del espacio mediterráneo. Sobre la marcha de los Acuerdos de Oslo, se creaba un marco político que permitía a Israel insertarse en la región y a los palestinos afirmar su autonomía con vistas a la creación de un Estado palestino. Por último, conjugaba un acercamiento bilateral, fundamentado en los acuerdos de asociación entre la Unión Europea y cada país socio: Argelia, Marruecos, Túnez, Egipto, la Autoridad Palestina, Israel, Líbano, Jordania, Siria, Turquía –así como un marco multilateral, fundamentado sobre programas regionales-.

Desilusiones

Diez años después, sin embargo, el balance es, cuanto menos, crítico. En materia de Derechos Humanos, del Estado de derecho y de democracia, la cooperación Euromed no ha hecho palanca sobre los regímenes autoritarios de la región, y bastante falta para ello. Los mecanismos de suspensión de los acuerdos de asociación (art.2) no han sido utilizados para sancionar las violaciones de los Derechos Humanos y del derecho internacional cometidos por un país socio. Asimismo, el desfase entre los valores enunciados por el Partenariado y las políticas realmente puestas en práctica no ha dejado de crecer, como bien lo ilustra el caso de Túnez. Por añadidudra, el acuerdo de asociación y cooperación ha sido incapaz de atajar el agravamiento dramático de la situación en Palestina e Israel desde hace cinco años, y tampoco ha contribuido a resolver los demás conflictos regionales (Sáhara Occidental, por ejemplo). La palabra “seguridad” prevalece sobre la de “paz”.

El estímulo de los intercambios económicos y el desarrollo de las infraestructuras pueden ponerse en el haber del acuerdo Euromed, así como, más recientemente, el tomar en cuenta variables medioambientales más significativas. Sin embargo, los efectos a medio plazo de la zona de libre-cambio sobre los mercados interiores y sobre el empleo de los países de la zona Euromed se anuncian devastadores y el desfase de riqueza entre el Norte y el Sur se ha incrementado en diez años en vez de reducirse.

El conjunto de los intercambios culturales y humanos, por lo demás, ha naufragado debido a la carencia de programas y de medios adecuados, pero también por la política de seguridad en las fronteras de Europa, marcada por la sospecha y el cierre, auténticos frenos a la movilidad de las personas. En lo que concierne a la sociedad civil, el acuerdo Euromed propuso desde su creación a los actores no gubernamentales un marco en el que encontrarse, tejer vínculos, trabajar juntos: era el el Foro Civil Euromed sobre el que las organizaciones no gubernamentales no han tenido, hasta 2003, mas que poco agarre. Así, demasiado a menudo instrumentalizada por los gobiernos recelosos a su respecto, la sociedad civil ha sido desposeída durante mucho tiempo del papel efectivo que supuestamente tenía que jugar en el Proceso.

Apostar por la sociedad civil

A pesar de la suma de sus debilidades, el acuerdo Euromed sigue siendo irremplazable e indispensable, gracias a su dimensión multilateral y regional. Y su importancia estratégica es tanto más grande cuanto que los Estados Unidos son desde ahora actores en la región, en la que establecen una nueva zona de influencia. Desde hace dos años, se han situado los hitos significativos para darle por fin cierta credibilidad.

De hecho, dos instituciones han visto el día: la Fundación Anna Lindh para el Diálogo entre las Culturas y la Asamblea Parlamentaria Euromediterránea. De forma significativa, un tercer actor se ha impuesto: la Plataforma no gubernamenteal euro-mediterránea. Esta red de redes de la sociedad civil se ha constituido a finales de 2002 para reforzar la participación de la sociedad civil en el marco de los acuerdos Euromed. La Plataforma ha construido su legitimidad a partir de una dinámica de auto organización apoyada en un cordaje regional de ONG y de sindicatos, como la Red Euromed de los Derechos Humanos, y de redes locales no guberanmentales que ha suscitado. En dos años, ha llevado a buen término la reforma del Foro Civil Euromed, cuya responsabilidad ostenta ahora, y ha inducido a las instancias del acuerdo Euromed a aceptar el principio de mecanismos de consulta permanentes, en el respeto de su autonomía.

Ciertamente, estos signos no bastan para construir una política euromediterránea atrevida. ¿Estarán entonces las propuestas de la presidencia británica en la Cumbre de Barcelona a la altura de las expectativas? El envite no es anodino. El proceso de Barcelona es una herramienta en la que invertir plenamente. Las organizaciones de la sociedad civil, las colectividades locales y los representantes políticos han de contribuir a una política que ya no compete sólo a los Estados y que compromete nuestro porvenir común.