¿Una Europa liberal?

Artículo publicado el 19 de Septiembre de 2005
Artículo publicado el 19 de Septiembre de 2005

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Los nuevos miembros de la Unión reclaman libertad pero a cambio temen perderse en el proceso. Europa occidental, cada vez más evenjecida, bloquea la emigración aunque bien podría servirse de la mano de obra joven del este. Bienvenidos al mundo paradójico de la política migratoria.

Mientras en la Europa central y del este se propaga el miedo creciente a la fuga de personal cualificado como médicos o informáticos, en el flanco oeste reina el miedo a una inmigración masiva. La mayoría de los Estados miembro acordaron una normativa de inmigración consencuente, tras la ampliación de la Unión, para la liberalización del tránsito de trabajadores. El lujo de poder elegir libremente un puesto en la Unión no es accesible, de momento, a los nuevos miembros (a excepción de Malta y Chipre). En este caso, impera el modelo 2+3+2.

Durante dos años, hasta 2006, es válida la normativa de inmigración decretada por los gobiernos nacionales. Tras ese periodo, la comisión eruopea examinará la situación y los Estados miembro justificarán por qué desean mantener las limitaciones. La revisión tendrá lugar a los tres años y las limitaciones podrán prorrogarse por última vez, por dos años más.

Sin permiso de trabajo no hay manera

En la práctica, este hecho supone para un ciudadano polaco, letón o checo verse obligado a solicitar un permiso de trabajo para, por ejemplo, poder trabajar en Alemania, Bélgica o Austria. Los criterios de selección varían de un Estado a otro y dependen en gran medida de la situación laboral interna. Sólo en Irlanda, Suecia y, con ciertas restricciones, en el Reino Unido, se puede trabajar sin necesidad de permiso. De igual modo, se excluye al trabajador autónomo, lo cual desencadena conflictos tales como los que tuvo que afrontar Alemania con los soldadores y carniceros. Este ejemplo encuentra su parangón en otros Estados miembro: una empresa alemana no puede abrir un negocio en Polonia sin permiso.

La comisaria europea, Benita Ferrero-Waldner, se aventuró a afirmar en una entrevista en 2001 que los nuevos miembros no son por eso ciudadanos de segunda clase. Más bien ellos mismos, habían solicitado una serie de regulaciónes de migración y establecido, por ejemplo, en 18 años el tiempo necesario antes de establecer la libre circulación en Polonia.

¿Peligro de avalancha migratoria?

En 2001, el Instituto alemán de Estudios Económicos (IFO) pronosticó hasta 15 millones de emigrantes en 15 años. Hoy, por el contrario, se observa que tal avalancha no tiene lugar. "Hasta 2030 no se alcanzará una cifra superior a 3,7 millones de emigrantes de los nuevos países miembro a los que ya lo son. 2,3 millones irán a parar a Alemania", señala Herbert Brücker, del citado IFO. Como mucho, un porcentaje de la población trabajadora de Europa oriental y central se aventurará a empezar una nueva vida en la Europa occidental si la liberalización prevalece. Para que un trabajador abandone su patria, no basta con satisfaccer los requisitos legales. La diferencia cultural, el idioma y la cualificación profesional juegan un papel fundamental y frena a muchos a la hora de adentrarse en lo desconocido.

Paralelismo con la amplicación en el sur

Los miedos entre la población al igual que las cifras exgageradas encuentran su reflejo en la ampliación de la Unión en Grecia (1981) y Portugal y España (1986). En estos Estados, el desarollo económico se encontraba en situación similar a la de los actuales países del centro y este de Europa. Según un estudio llevado a cabo por el Instituto de Investigaciones en Hamburgo, la renta alcanzaró en los años del cambio tan sólo un 60% ó un 70% del nivel alemán. Visto a largo plazo, el envejecimiento de las sociedades de Estados miembro como Alemania, les va a obligar a reflexionar sobre su normativa de inmigración, puesto que la falta de personal cualificado en campos como las telecomunicaciones o el sector de la sanidad son ya una relidad. Una inmigración controlada y dirigida servíría para amortiguar las consecuencias económicas de este envejecimiento. Por esa razón, no debemos perder de vista los efectos de la emigración de mano de obra joven y preparada procedente de los países de Europa central y oriental.