Una meadilla a la salud de Gaudí

Artículo publicado el 7 de Marzo de 2007
Artículo publicado el 7 de Marzo de 2007
La Ordenanza sobre civismo aprobada en Barcelona suscita controversia. Ahora es ilícito dormir sobre los bancos públicos o beber alcohol en la calle. Ni siquiera los artistas callejeros se salvan.

¡Menuda visión!: el Che Guevara, con su puro en la boca, saluda con la mano a un payaso que interpreta su número un poco más abajo en La Rambla de Barcelona. Los artistas callejeros forman parte del paisaje urbano de la ciudad condal. Sin embargo, Robi, el payaso, se ve interrumpido de pronto por un policía municipal que ha llegado para desalojarlo bajo los flashes impúdicos de los turistas agolpados alrededor de estos dos protagonistas; este tipo de intervención que se ha convertido en moneda de todos los días en la ciudad.

No se trata de una nueva atracción turística. Desde enero de 2006, los espectáculos callejeros se han visto regulados de manera estricta. Robi no logra convencer al agente de que sólo desea realizar un numerito de nada. Y es que los artistas como Robi se han interpuesto en la política de “convivencia ciudadana” que desea instaurar el Ayuntamiento.

Erradicar la falta de civismo

Ahora bien, estas “reglas de civismo” no se aplican sólo a los artistas. “Van en contra de libertades del individuo”, critica Albert Padrós, un joven licenciado catalán. De ahora en adelante, la normativa prohibe beber alcohol en la calle, dormir sobre un banco u orinar y vomitar en un espacio público. Una prohibición que vale tanto para los barceloneses como para los turistas. Las infracciones pueden llevar aparejadas multas de desde 750 euros por hacer ruido excesivo en la calle hasta los 3.000 euros por hacer pintadas sobre mobiliario urbano o edificios públicos.

Para el concejal Ramón Nicolau i Nos, estas multas no son muy severas. “No basta con animar a ser cívicos”, explica este socialista. Era necesario adoptar de manera urgente medidas para regular la actividad de miles de turistas que desembarcan cada día en la ciudad gracias a las compañías aéreas de bajo coste. Entre otras cosas, porque estos visitantes, además de querer beber e irse de fiesta antes que cultivar sus conocimientos, podrían tender a provocar molestias del público.

“Los autóctonos de todas las ciudades prefieren evitar este tipo de turismo en sus ciudades”, retoma Ramón Nicolau i Nos, que no en vano desmiente el rumor según el cual estas normas tendrían por finalidad atraer a Barcelona un tipo de turista más adinerado. “Nuestro único objetivo es promover una coexistencia pacífica entre todos. Barcelona es una ciudad sobrepoblada. Hay un tiempo para cada cosa. La gente debe poder divertirse y al mismo tiempo saborear instantes de tranquilidad.”

Los Mossos d'Esquadra están satisfechos de poder contar con nuevos medios para controlar la animación callejera. Mientras con una mano conduce el volante de su coche-patrulla a través de las estrechas vías del Raval, el oficial Laurens vigila los movimientos de camellos y prostitutas.

Me explica que la mayor parte de su trabajo consiste en hacer respetar la Ordenanza sobre el civismo. “De cada 30 incidencias anotadas durante una patrulla ordinaria, sólo cinco conciernen a robos o riñas. Las otras 25 están ligadas al no respeto de la ordenanza de convivencia ciudadana”, afirma Laurens.

En esta noche de enero, el punzante frío que se ha extendido sobre la ciudad no anima a contravenir la normativa. El oficial aconseja a los pocos vagabundos que se han quedado en la calle refugiarse en el asilo nocturno. Multa a uno de ellos por haber consumido alcohol en la vía pública. La multa, que se eleva a 45 euros, es mucho menor de lo que prevé la norma. Y es que la policía dispone de un cierto margen de maniobra, aunque la suma siempre será más de lo que puede pagar el vagabundo.

¡Ruidosa, sucia y mediterránea!

En el barrio de Gracia, hay grupos de jóvenes que han venido a celebrar las fiestas de San Antonio y se calientan las manos al calor de las barbacoas y al ritmo de las danzas típicas y endiabladas de Menorca.

No parecen muy preocupados con la nueva ley. Las botellas de vino y las latas de cerveza se amontonan por todas partes, a la espera de ser compartidas por vecinos y visitantes. Una típica fiesta improvisada de Barcelona.

La mayoría de los paseantes que asisten esta noche a la escena admiten que es necesario tomar medidas eficaces para luchar contra estas molestias. Sin embargo, antes de que la Ordenanza de 'convicencia ciudadana' se adoptara en enero de 2006, muchas voces se apresuraron a denunciar la radicalidad y la severidad de la medida. Para muchos, la normativa va demasiado lejos.

Míriam Rodríguez trabaja para la Asociación Cultural Lluisos de Gràcia, que ha organizado este festival nocturno al aire libre. Reconoce la importancia de las reglas de civismo, pero estima que “carecen de conciencia de la realidad y se concentran en detalles nimios en vez de ir a lo esencial”. Su opinión la comparten muchos de sus conciudadanos, que preferirían que el Ayuntamiento se implicara más en la lucha contra la droga y la violencia, en vez de ir a la caza de los que montan en monopatín o beben una cerveza en la calle.

Albert Salarich, un periodista catalán, va más lejos al denunciar “una verdadera pérdida de tiempo”. “Basta con pasearse por la calle, de noche o de día, para descubrir la verdadera Barcelona. Es sucia y ruidosa, como sólo saben serlo las ciudades mediterráneas”, exclama.

La Ordenanza de Convivencia Ciudadna ha cumplido un año sin pasar desapercibida en la vida de los barceloneses. El Equipo de Gobierno de la ciudad la defiende a capa y espada y la policía se esfuerza con discreción en hacerla cumplir, vigilados de lejos por una población un tanto suspicaz. Hay que reconocer que la capital catalana parece hoy más limpia, más tranquila y, aunque parezca extraño, más alegre. Ya se sabe: el gusto por lo prohibido...

De vuelta a la Rambla, Robi, el payaso, ha retomado su número cómico justo en el punto en el que le habían interrumpido, ante un torrente incesante de turistas. Poco inclinado a esposar a payasos, nuestro oficial prefiere irse a otro barrio a vigilar el cumplimiento de la ley y a defender la tranquilidad de los vecinos. Aunque se sancionen los comportamientos incívicos, la desobediencia, una marca de identida de Barcelona, no desaparecerá de la noche a la mañana.

Protesta contra la Ordenanza de Convivencia Ciudadana en Barcelona