Una mirada a la 'banlieue' de París

Artículo publicado el 22 de Marzo de 2010
Artículo publicado el 22 de Marzo de 2010
Cinco años después de la última ola de violencia en la periferia francesa, un periodista español de Cafebabel visita la los suburbios parisinos y retrata a tres de sus habitantes

“Ésta es la historia de un hombre que cae desde un edificio de cincuenta pisos. Para tranquilizarse mientras cae al vacío, no para de decirse: ‘Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien”. Pero lo importante no es la caída. Es el aterrizaje”.

Es la cita con la que la película El odio (La haine, en francés), del director parisino Mathieu Kassovitz, da comienzo. Una trepidante introducción con imágenes en blanco y negro de jóvenes encapuchados enfrentándose a la policía en uno de tantos barrios periféricos de París con música de Bob Marley como telón de fondo. La cinta de Kassovitz es, en cierto modo, un producto cultural alternativo que ha dado a conocer la vida en la banlieue, la periferia de París y de otras grandes ciudades francesas.

Una periferia que ardió en 2005, con llamas que prendieron la mecha de la discusión política, y cuya realidad sólo llega a la televisión cuando estalla la violencia. Los problemas se convierten en noticia cuando salen a flote, no mientras se gestan. El odio se estrenó en 1995 y puede ser interpretada como una señal de alarma que intentó azuzar la conciencia del poder político y económico galos. Al parecer, sin mucho éxito.

'Banlieue' significa suburbio, cualquier barrio situado en las afueras, ya sea una zona deprimida o un barrio residencial de clase media o alta. Pero los acontecimientos le otorgaron las connotaciones de barrio marginal, arquitectónicamente aislado, habitado principalmente por inmigrantes, con problemas de delincuencia.

Simplificar la verdad tranquiliza al bienpensante ciudadano medio, aunque suponga mentir. La banlieue parisina es mucho más compleja, una realidad habitada por personas de carne y hueso, con problemas pero también con soluciones. Éste es un intento de hacer comprender a través de tres personajes su pasado, su presente y su futuro.

Nabil Boub, trabajador social en Saint Denis

"La visión sesgada y manipuladora de los medios provocó una competición violenta entre los jóvenes"

Saint Denis es tal vez la 'banlieue' más célebre. Situada al norte, es una ciudad viva y agradable, aunque no falta de problemas. Queda lejos del centro, y no geográfica, sino socialmente. El urbanismo de la capital francesa filtra a sus ciudadanos y los distribuye por zonas: si te desplazas hasta Saint Denis en transporte público, podrás percatarte cómo la piel de los viajeros muda paulatinamente en los colores típicos de las ex colonias francesas. Saint Denis tiene zonas que recuerdan irremediablemente a El odio, si bien los disturbios de 2005 no iniciaron aquí, sino más al norte, en ciudades como Montfermeil y Clichy-sous-bois.

Sussaie Floréal Courtille, situado en los bajos de un gran bloque de viviendas, es uno los 13 centros sociales para jóvenes de la ciudad. Creado en 1998, además de estructurar la vida social del barrio, tiene como objetivo involucrar en la política a los jóvenes de entre 18 y 25 años, incentivar que depositen su voto en las urnas.

Nabil Boub es uno de sus trabajadores sociales. Acepta a hablar, pero prefiere no ser fotografiado: “En realidad, fueron los mismos medios de comunicación los que provocaron la extensión de la violencia. Su visión sesgada y manipuladora provocó una competición violenta entre los jóvenes”. A Nabil le gustaría que los periodistas fuesen a ver las actividades que desarrollan en el barrio y no sólo a cubrir los problemas. Finalmente, permite que le fotografíen. Sólo quiere evitar que le manipulen o le utilicen. A las gentes de Saint Denis no les gustan que le preguntes sobre los disturbios ni quieren que les relacionen con ellos.

Benalí Khedim, obrero, padre de familia y habitante de una vivienda social

"Me siento aislado, como una pelota de tenis golpeada de un campo a otro"

Benalí tiene 33 años y es de origen argelino. Vive con su mujer y tres hijos una vivienda social de 25 metros cuadrados en Saint Denis, muy cerca del imperial estadio nacional construido para el mundial de fútbol de 1998. Hace ocho años que está en Francia, donde se gana bien la vida en el sector de la construcción. Antes vivió como inmigrante ilegal en España, Dinamarca y Finlandia.

Benalí sigue sin sentirse un ciudadano francés de plenos derechos: desde hace ocho años se ve obligado a vivir en hoteles sociales (hoteles que el ayuntamiento de la capital y el Estado alquilan por completo para aquellas personas que no pueden acceder a una vivienda, ante la carencia de espacios en París). “Tienes que demostrar un salario al menos tres veces superior que el alquiler al que quieres acceder, además de un aval económico”. Y él no tiene ese dinero.

Antes, vivió en el centro de la capital francesa. De hecho, oficialmente sigue teniendo su vivienda allí, donde también trabaja y donde sus hijos van a la escuela. “En cierta manera me siento aislado, como una pelota de tenis golpeada de un campo a otro. Me expulsaron del centro, pero es allí donde sigo trabajando. La administración me prometió una vivienda en París, promesa no cumplida. Mientras, el ayuntamiento de Saint Denis no me reconoce como ciudadano de esta ciudad”. En Francia rige una doble moral: los trabajadores inmigrantes y los sin papeles tienen que pagar impuestos, pero no disfrutan de los mismos derechos que los ciudadanos franceses reconocidos como tales por el Estado.

Almamy Kanouté, líder del movimiento cívico-político Emergence

"Creamos el movimiento porque nos dimos cuenta de que no estábamos representados por los políticos locales"Si nos moviésemos por los tópicos, podríamos pensar que es un jugador de fútbol, un sin papeles, un traficante de drogas o un cantante de hip-hop. Pero Almamy Kanouté, de 30 años, es cabeza de lista para las elecciones regionales del movimiento cívico-político Emergence. Una persona de ideas claras y discurso directo.

Nos recibe en un local de la acomodada Saint-Maur-des-Fossés, donde el grupo de voluntariosos jóvenes que conforman el núcleo de Emergence preparan un video para las pasadas elecciones regionales del 14 de marzo, en las que se presentaron en los ocho departamentos de la periferia parisina. “Este movimiento fue creado en 2008 después de unas elecciones municipales. Nos dimos cuenta de que no estábamos representados por los políticos locales. Y decidimos organizarnos utilizando como base la vida asociativa de las banlieues parisinas”.

El líder de Emergence trabaja como educador social. Él mismo es hijo de una familia procedente de Malí y sabe de lo que habla: “En esta sociedad reina una gran hipocresía. Yo soy francés, porque nací aquí, pero mis padres no. Nunca leí en los libros escolares la historia sobre las ex colonias. Tampoco se me habló de la diversa realidad de la actual sociedad francesa. Nunca me sentí representado con la imagen que me enseñaron de Francia”. Para Alemamy, los problemas de los suburbios nacen de un cúmulo de razones: un modelo urbanístico fallido, el desempleo, la estigmatización y segregración social por el color de la piel...

“Estamos cansados de las promesas de los políticos profesionales de izquierda y de derecha. No necesitamos formar parte de la élite para saber cuáles son los problemas de nuestros barrios. La brecha entre la clase política y la sociedad es cada vez más grande y, si no hacemos algo, los problemas aumentarán. Por eso animamos a los jóvenes a utilizar las urnas para depositar su voto en lugar de quemarlas”. Almamy sabe que lo importante no es la caída, sino el aterrizaje.

Fotos: ©Simon Chang; cartel de Emergence,  de la propia formación.