Una negación perjudicial para todos

Artículo publicado el 21 de Abril de 2005
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Artículo publicado el 21 de Abril de 2005

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El día 24 de abril de 2005 se conmemorará el 90º aniversario del genocidio cometido contra el pueblo armenio por parte del Estado Turco. Una buena ocasión para analizar el reconocimiento de este crimen europeo.

El 24 de abril de 1915, intelectuales y otros notables armenios de Constantinopla fueron arrestados. Estos hechos marcan el inicio del primero de los genocidios del siglo XX. Desde mayo de 1915 hasta finales de 1916, 1.200.000 personas -cerca de la mitad de la población armenia del imperio otomano- fueron masacradas siguiendo las instrucciones tomadas por el partido en el poder; el Ittihad.

Siempre negado por Turquía -quien no duda de la existencia de tales masacres pero que sin embargo rechaza percibir en estos crímenes un plan organizado por el Estado-, el "armenicidio" constituye un de los reproches más recriminados a Turquía. Recordemos que la diáspora armenia cuenta en Europa con 275.000 miembros, de los cuales 220.000 habitan en Francia, quienes militan por el derecho a la memoria. A todos ellos les resulta insoportable que sucesivos gobiernos nieguen siempre la existencia de tales genocidios. Los inmigrantes armenios son, no obstante, aún más virulentos sobre este asunto que los propios armenios que todavía hoy viven en Turquía, menos inclinados a un incremento de las tensiones existentes entre ambas comunidades.

El reconocimiento por parte de Turquía de la existencia de dicho genocidio constituye uno de los puntos críticos en relación a su posible adhesión a la Unión Europea, aun cuando este criterio no fue fijado como una condición previa a su acceso el 17 de diciembre de 2004. El Parlamento Europeo ha reconocido el genocidio armenio en 1987. También Chipre (en 1982), Rusia, Bulgaria, Grecia, Bélgica, Suecia, Italia, el Estado Vaticano, Francia y hace poco Suiza, han actuado en este sentido.

Pero reconocer el genocidio armenio no basta. Esto no sería más que palabrería política sin grandes consecuencias si la negación de este genocidio no conlleva su condena. Al respecto, numerosos Estados incriminan la negación. Sólo la negación del genocidio de la comunidad judía y de los gitanos es sancionada con una pena, como ocurre en Francia, Alemania, Austria Bélgica y Luxemburgo. Si esto pudiese parecer normal en Estados que reconocen únicamente el genocidio judío, la situación francesa es aún más paradójica: ¿por qué reconocer el genocidio armenio y permitir no obstante su negación? ¿Por respeto a la libertad de expresión?

En Europa, hoy en día es difícil encontrar las huellas de una condena a través de la negación del genocidio armenio tal y como es. La decisión de un tribunal suizo, que ha rechazado sancionar a un ciudadano turco por defender la versión de la historia que le fue enseñada en la escuela no está falta de fundamentos. De ahí el problema de la negación estatal, que inculca a sus menores una visión deformada de la historia en los centros de enseñanza.

Podemos esperar que la presión europea se haga más fuerte, aunque en Turquía nadie solicita indemnizaciones para los descendientes de las víctimas, ni tampoco para modificar su territorio. Hoy por hoy, una evolución legislativa es concebible. De este modo, Alemania parece dirigirse hacia un reconocimiento del genocidio, mientras en Francia dos nuevas propuestas de ley referentes a incriminar su negación han sido puestas sobre la mesa.

Reconociendo estos crímenes del pasado, Turquía tranquilizaría a la comunidad armenia y evitaría la defensa por parte de numerosos turcos de una mentira histórica. Sería por tanto un acto cargado de simbolismo que beneficiaría a todos.