Una página pasada

Artículo publicado el 20 de Junio de 2003
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 20 de Junio de 2003

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La Convención tendrá al menos el mérito de haber redactado una Constitución para Europa. Pero para levantar las reticencias de los Estados es necesario consultar al pueblo europeo.

Tras finalizar los trabajos de la Convención europea está claro que desde ahora nada será como antes: el tratado constitucional que preparamos será la primera constitución de la Europa política, e incluso puede que su último tratado.

Sí, será una constitución. Es una victoria inicial que debemos a la larga lucha de los federalistas desde Alitiero Spinelli. Este objetivo, tomado por el intergrupo Constitución, creado en 1999 en el seno del Parlamento europeo, avalado por todo el Parlamento gracias al informe de Olivier Duhamel en octubre de 2000, publicitado en todas las lenguas en las calles de Niza en la manifestación federalista el día del Consejo europeo, evocado desde entonces por algunos grandes dirigentes, puesto en primera línea en la agenda del intergrupo que constituimos en la Convención, ya estaba lo suficientemente maduro para poder ser transformado en una proposición formal por Valéry Giscard dEstaing en las primeras sesiones de la Convención.

El cambio no será sólo en lo relativo al vocabulario. Se tiran todos los tratados al cubo de la basura y se reemplazan por un texto común, concebido como una constitución: con un preámbulo que recuerde el objetivo histórico de la empresa, una base de valores fundamentales surgidos de la Carta de los derechos de la persona, un claro reparto de las competencias entre la Unión y los Estados miembros, un sistema de decisión mucho más claro y democrático, distinguiendo los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Unos cuarenta artículos compresibles para todos los ciudadanos unirán las reglas de base de nuestra vida común.

Muerte de la unanimidad

Van a incrementar las competencias de la Unión, principalmente en materia de libertad, seguridad y justicia, es decir, el espacio de las personas, tras el espacio de las mercancías y de la moneda, que había organizado los tratados precedentes. Prevalecerá el método comunitario, en beneficio de una forma de decisión calcada del modelo federal: monopolio de proposición para el órgano ejecutivo, surgido de la Comisión Europea; voto de la ley por el Consejo de representantes de los Estados y el Parlamento representando a los ciudadanos, ambos órganos con el mismo poder. Y la exigencia paralizadora de unanimidad en el Consejo debería desaparecer casi en su totalidad. Así pues, se trata de una constitución.

¿Será esta constitución política el último tratado europeo en sentido jurídico? Todavía no se ha ganado esta batalla. Aún quedan tres obstáculos por franquear:

- En el propio seno de la Convención, el debate aún debe decidirse sobre la legitimidad democrática del "Señor" o "Señora" Europa, el jefe del ejecutivo europeo. La clave de todo debería ser la elección del Presidente de la Comisión por el Parlamento Europeo, es decir, por los propios ciudadanos. Desde hace un año, a pesar de la prudencia de los dos grandes grupos políticos, la idea no ha dejado de avanzar y el intergrupo ha contribuido a ello sin descanso. El día en que exista un "Señor Europa" poco importará si las competencia de la Unión están incompletas en materia de política exterior (lo que la crisis de Irak hace desgraciadamente verosímil): la opinión pública europea tendrá su portavoz y el movimiento federalista tendrá una continuidad en profundidad.

- Una vez concluida la Convención, vendrá la fase gubernamental. ¿Qué harán los dirigentes nacionales? Si se creen habilitados para rehacerlo todo en el marco de una conferencia diplomática entonces toda la construcción estará comprometida. Si aceptan el texto en bloque o si cuentan con la Convención para corregir los puntos que les parezcan inaceptables, en ese momento estará claro que esta asamblea de electos europeos y nacionales tiene una legitimidad política más fuerte que los gobiernos individualmente: habrá vencido la diplomacia intergubernamental.

Un referéndum para todos los europeos

- Y por fin llegará la decisión final: la ratificación. ¿A quién se llamará para ratificar ?, ¿y cuál será la condición de validez? Si se requiere la unanimidad, la constitución no verá la luz: de los veinticinco Estados es inevitable que dos o tres no quieran una Europa integrada. Y más tarde se volverá a plantear la cuestión cuando haya que revisar la propia constitución: si se requiere la unanimidad, no pasará nada; si es suficiente con una mayoría, aunque sea supercualificada, entonces... habrá que dar un vuelco hacia un sistema federal. Este objetivo no está fuera de alcance si se combina con un derecho de retirada ofrecido a los Estados que no aceptasen la revisión constitucional: por ejemplo, un Estado partidario de la neutralidad que se negase a una unión europea de defensa. En el seno de la Convención, los federalistas y los soberanistas trabajan juntos para que la ratificación sea encomendada en todos lados, no sólo a los parlamentos, sino también a los propios pueblos, a través de un referéndum organizado el mismo día en todos los países. Esto permitiría organizar por primera vez un verdadero debate europeo, al mismo tiempo, en toda Europa, y permitiría así que los ciudadanos tuviesen la última palabra. Los soberanistas esperan una reacción nacional antieuropea. Los federalistas saben que en casi todos lados los ciudadanos son más europeos que los dirigentes nacionales y que la Europa política sólo podrá ser fundada por los propios pueblos. Será un gran voto de confianza para el diálogo frente a la fuerza, para la apertura frente al retroceso, para el futuro frente al pasado.

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Agradecemos sinceramente a la revista de los Jóvenes Europeos de Estrasburgo - Eurotraks el habernos propuesto este artículo.