Una Rusia aria o una Rusia multiétnica

Artículo publicado el 26 de Marzo de 2014
Artículo publicado el 26 de Marzo de 2014

La xe­no­fo­bia es una ame­na­za la­ten­te en Rusia aus­pi­cia­da por el te­rro­ris­mo, la vio­len­cia ca­lle­je­ra y la cri­sis eco­nó­mi­ca. Tras la caída de la URSS, el país se ha conformado como una nación multiétnica donde conviven a diario personas de diferentes etnias y procedencias. Una convivencia que a menudo desemboca en el enfrentamiento violento y la represión policial. 

Las Olimpiadas de Invierno celebradas en Sochi sirvieron de bálsamo y efecto placebo para la población del país más grande del mundo. Durante unas samanas, la sociedad, adormecida por el pan y circo del "emperador" Vladímir Putin, condenó al olvido momentáneo a la crisis económica interna o los recientes disturbios xenófobos.

Y eso que los nervios estaban a flor de piel antes de los Juegos desde que el pasado 10 de octubre fuera asesinado un joven, presuntamente, por un inmigrante de origen caucásico. La mañana siguiente amaneció con un ambiente enrarecido y se formaban los primeros conatos, episodios que derivaron en fuertes choques y algunos actos de vendetta a cargo del típico justiciero callejero. El asalto a un mercado donde los inmigrantes tienen su base principal de actividad económica terminó con numerosos heridos y detenidos. Así se daba rienda suelta a la ira ciudadana contra un enemigo cercano: los llegados de la región del Cáucaso y de las exrepúblicas soviéticas.

'RUSIA PARA LOS RUSOS'

El odio hacia los inmigrantes tiene una corta pero intensa historia en el país, no en vano hace escasas dos décadas todos eran hijos de la "Gran Madre Rusia". Sin embargo, la caída de la URSS, la crisis de Chechenia y el terrorismo resultante fueron factores determinantes para las muestras xenófobas. Un simple encontronazo, una mirada o una pelea bastan para despertar a la masa ávida de sangre impura. Una sinrazón alimentada también por la clase política y la Iglesia Ortodoxa que exhortan en ocasiones a la purga. Un discurso que parece haber calado entre unos y que hoy en día está asumido hasta el punto de que el “Rusia es para los rusos” ya es un padrenuestro. Todo aderezado con una presión policial que realiza hasta 40 redadas diarias, que en ocasiones terminan con la detención de hasta 700 personas en un solo día, como ocurrió con la operación Barrera2.

A pesar de que las estadísticas siempre arrojan números fríos, una reciente encuesta del Centro de la Opinión Pública confirmó que la inmigración es para los rusos la mayor amenaza del país. Es decir, un 35% de la población está más preocupada por los simpapeles que por los atentados, la educación o el medio ambiente.

CONDENADOS A ENTENDERSE

Aunque nadie puede asegurar el número de inmigrantes (ni siquiera aproximado) que viven en la actualidad en Rusia, el Servicio Federal de Inmigración estima que unos 3 millones de personas tienen caducado el permiso de residencia, por lo que se mantienen en condiciones ilegales frente a los 800.000 que tienen permiso permanente. Pero estos son solo una parte de los casi 11,5 millones de extranjeros que viven en el país, un 12% más que en 2012, situando a la opción rusa la mejor oportunidad para trabajar tras Estados Unidos. Este contingente de trabajadores extranjeros genera el 7,56% del PIB, es decir que ingresa 8,25 billones de rublos (unos 166.000 millones de euros) a las arcas públicas con sus impuestos. Además el país debe afrontar un serio problema demográfico pues se prevé que para  2050  el país necesite 10 millones de personas para mano de obra, por lo que el papel de los inmigrantes podría ser fundamental.

Los inmigrantes, por lo general, son más activos y con mayores ambiciones. Están dispuestos a cualquier cosa para lograr sus objetivos, por lo que muchas veces chocan contra el sentir de una población acomodada y sin ganas de “ruido”. Muy a menudo, los enfrentamientos surgen entre los eslavos y los nativos del Cáucaso Norte, quienes sienten un fuerte apego a sus tradiciones, fundadas en normas de conducta y los lazos de sangre son muy férreos. Un sentimiento difícil de mantener en medio de una sociedad cambiante, donde el peso tradicional es casi inexistente. Por otro lado, la falta de regulación echa más leña al fuego de un enfrentamiento vecinal para el que están mejor preparados los caucásicos. Parte de la responsabilidad de la mala imagen de los caucásicos recae, por ejemplo, en las populares celebraciones de bodas  cuyas imágenes corren por la red, donde se homenajea a los novios con el estruendo de los Kaláshnikov en plena calle.

HACIA LA INTEGRACIÓN

Según algunas organizaciones, la solución al conflicto pasaría por reformar y reorientar las políticas en el ámbito, luchar contra la corrupción e implicar más esfuerzos en la mejora del clima social. El servicio Federal presentó en la Duma (la cámara baja del parlamento ruso) un proyecto que pretende sustituir las denominadas cuotas de trabajadores extranjeros por índices específicos para cada sector empresarial. Si el Parlamento da luz verde, se reduciría la burocracia, el mercado negro de contrataciones y permisos y se pondría fin a los habituales sobornos de intermediarios. 

Pero algunos van más allá y frente a la política de legalización y deportación apuestan por una amnistía, como la realizada en otros países (EE.UU.Australia y los europeos GreciaFrancia Italia). Los papeles serían otorgados en base a condiciones como tener un contrato laboral, estar al corriente de impuestos y ser poseedor del correspondiente número de identificación fiscal; mientras que el empresario se responsabilizaría del seguro médico y de responsabilidad civil, de los gastos de la legalización y de la deportación del inmigrante en caso de que viole la ley.

Pero aún queda un escollo por resolver: la adaptación de unos y la tolerancia de otros.  ¿Quién le pondrá el cascabel al gato? Ahora que las olimpiadas de Sochi han quedado atrás y que el país va recuperando poco a poco su ritmo habitual, sólo cabe esperar. Y esperar que tras la calma no vuelva la tempestad.