Una Rusia entre dachas y botellas

Artículo publicado el 14 de Diciembre de 2006
Artículo publicado el 14 de Diciembre de 2006

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En Irkutsk, en las orillas del lago Baikal, Macha, jurista de 25 años, se queja del alcoholismo de sus compatriotas y del estereotipo de la mujer rusa maternal y sexy.

Macha llega puntual a la cita, sonriente y animada. Sin demora, nos lleva a la ribera del río Angara, que serpentea a través de Irkutsk, una ciudad del sureste des país, a seis horas de vuelo de Moscú y a 60 kilómetros del lago Baikal. Hace buen tiempo esta noche en Siberia y no somos los únicos que disfrutamos de la luz del crepúsculo. Vestida con unos vaqueros y una camiseta roja con el dibujo de tres matrioskas, Macha no responde a la idea que uno se hace de una jurista.

Sin embargo, ese es su trabajo diario. Trabaja en una de las múltiples empresas de construcción que prosperan en la orilla del lago Baikal donde proliferan las casas de campo de lujo. “Ahora está de moda marcharse de las ciudades para instalarse en plena naturaleza”, nos cuenta Macha. Entre la huida de las grandes megalópolis demasiado caras y las ganas de gozar de un marco de vida más sano, el campo y los alrededores del lago Baikal atraen tanto a los pobres como a los más ricos. La tradición de la dacha (residencia de verano) es antigua, pero sólo dejó de ser elitista en el último periodo de la era comunista. Gracias a las “cooperativas de jardinería,” los moscovitas pueden complementar sus ingresos y dedicarse al cultivo de verduras. Hoy en día, 2/3 de los rusos poseerían su propia dacha.

Dicho esto, desde los años noventa, la liberalización económica ha favorecido el auge de las casas de campo, más confortables y mejor equipadas para una instalación permanente, sobre las orillas del lago Baikal. Los nuevos ricos o sobre todo los “nuevos rusos” no dudan en dejar el centro de las ciudades para tener un marco de vida más sano y más tranquilo.

Respeto sin alcohol

En su infancia, Macha iba al colegio llevando sobre su pecho, “cerca del corazón,” una estrella roja con una pequeña imagen de Lenin. Recuerda las horas de cola en el invierno glacial para obtener una ración de carne. “Tenía 5 ó 6 años, como mi madre estaba embarazada y no podía estar mucho tiempo de pie, yo hacia la cola en su lugar.” La URSS y Stalin “forman parte de mi infancia como cualquier otro recuerdo”. En cuanto a su abuela, echa de menos la Unión Soviética y repite “que antes igual no había nada en los almacenes de Estado pero obteníamos los productos gracias a los bonos de racionamiento. Ahora, las tiendas están llenas, pero hace falta dinero para comprar.”

Macha enumera todo esto y se detiene sobre la eterna pregunta: ¿Era mejor antes? “No lo sé,” susurra ella. “Antes, la gente era más respetuosa y discreta, no se besaba por la calle. Ahora los jóvenes beben todo el tiempo e incluso podrían hacer el amor sobre la hierba de los parques, a todo el mundo le daría igual.”

El consumo de alcohol de los jóvenes rusos es impresionante. Como las autoridades prohíben beber alcohol de más de 12° en lugares públicos, los jóvenes beben sólo cerveza o cócteles sin alcohol, unas nuevas bebidas aromatizadas al vodka, a la ginebra o al tequila. Sería erróneo pensar que toda la generación bebe, pero la mayoría de los moscovitas entre 16 y 25 años se pasea por la calle con una botella en la mano. Y no hay ningún perfil definido del bebedor tipo: en la parada del autobús, unas chicas jóvenes comparten una botchka a las tres de la tarde; un joven coge el metro con una lata abierta el la mano; cinco jóvenes sentados en un banco publico se pasan una botella de plástico; una pareja bebe cócteles sin alcohol en una playa.

Elogio a las mujeres rusas

Nos paramos en una cafetería que domina el río Angara. Alrededor de nosotros, como en cualquier lugar público a estas horas tardías, los jóvenes beben cerveza y hablan alto. Macha no comprende que rechacemos los pasteles y las bebidas que nos ofrece. Molesta por esta mesa que no contiene más que una botella de cerveza, un té y un zumo de frutas, se acuerda con nostalgia de su babuchka, su abuela. “Ella diría que recibo mal a mis invitados. Para los rusos, la mesa debe estar repleta de platos y de dulces. Mi abuela me repite siempre que los huéspedes deben poder comer y beber incluso a deshoras.”

Este esquema de la mujer rusa disgusta a Macha. Ser una mujer rusa perfecta “sería como ser una esclava.” Una “mujer rusa” debe preparar las comidas, trabajar, tener hijos y educarlos, hacer la limpieza, saber ‘cultivar patatas para poder ahorrar”, manteniéndose al mismo tiempo siempre sexy y atractiva. Macha es coqueta y femenina pero no provocadora como un buen número de sus compatriotas, muy pintadas y maquilladas, que no dudan en exhibirse por los muelles en minifalda y con grandes escotes. En Irkutsk, como en Moscú, cada paseo parece un desfile de moda en un libro de Historia soviética. Para escapar del modelo tradicional, Macha ha encontrado una solución: “no me casaré con un ruso, sino con un francés, así no tendré que ser una mujer rusa y podré ser sólo mujer.”