Una UE corta de miras

Artículo publicado el 9 de Julio de 2012
Artículo publicado el 9 de Julio de 2012
Piensa en una librería donde el 95% de los libros estuviesen bajo llave y no pudieses comprarlos. Imagina que otros clientes de la tienda pudieran hojearlos y comprar el volumen que quisieran. ¿Cómo te sentirías? Este es el día a día de la mayoría de personas ciegas.

La Unión de Ciegos Europeos (EBU, por sus siglas em inglés) calcula que el número de invidentes y deficientes visuales en Europa es de unos 30 millones. Si eres una de esas personas, es cierto que tienes la posibilidad de leer los mismos libros que cualquier otro ciudadano. La diferencia radica en que tú lees esas obras en un formato accesible como el braille, los audiolibros, los macrotipos o, en el caso de los libros electrónicos, mediante el software Text-to-Speech. El problema no es tu discapacidad, sino la disponibilidad. De hecho, el 95% de los libros publicados nunca se edita en formatos accesibles para ciegos. Los pocos volúmenes que hay son principalmente elaborados por pequeñas asociaciones con presupuestos limitados.

Facilitar la lectura a las personas ciegas

Cuando las organizaciones benéficas convierten la versión en papel o digital de un libro en un formato accesible obviamente están haciendo una copia del libro. Esto no viola la ley de derechos de autor en los países donde hay una exención legal de la misma a beneficio de los invidentes. De todos modos, solo un tercio de los países del mundo garantizan esa excepción. Además, si, por ejemplo, una organización de ciegos de Inglaterra decide cambiar el formato de la versión digital del último libro de Harry Potter para que sea convertido a braille o a macrotipo, la ley de derechos de autor impide que la copia original sea enviada a otra asociación de personas ciegas de otro país de habla inglesa. Esto significa que las organizaciones benéficas de ciegos tienen que multiplicar sus esfuerzos cambiando nuevamente el formato a los libros, lo que implica un mayor gasto de tiempo y coste. De hecho, esos miles de euros que se invierten podrían ser utilizados para editar más títulos accesibles.

Si hubiese un tratado que obligase a todos los países a proporcionar esta exención a la ley de derechos de autor y que permitiese compartir esos formatos accesibles entre organizaciones benéficas a lo largo del mundo, las personas ciegas podrían leer muchos más libros. “Hemos estado haciendo campaña por este tratado durante varios años”, explica Wolfgang Angerman, presidente de EBU. “Una de las principales razones por la que no se ha llevado a cabo es porque los negociadores de la UE se han opuesto y lo han paralizado. El Parlamento Europeo respalda nuestro tratado”. Sin embargo, no lo hace ni la Comisión Europea ni el Consejo Europeo.

¿En contra de los derechos de los ciegos?

A diferencia de muchos países del mundo, los estados miembros de la UE, excepto Reino Unido y la República Checa, han estado resistiéndose a un tratado que la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) en Ginebra podría finalmente firmar durante este mes de julio. La razón de la oposición y demora de la Unión Europea sobre esta decisión colectiva se debe a dos motivos. En primer lugar, hay un fuerte grupo de presión editorial en contra del tratado en países influyentes como Francia y Alemania. En efecto, las editoriales no tienen ningún problema con este tratado para personas invidentes, pero sí tienen miedo a que se establezca un precedente para otros tratados internacionales proporcionando exenciones de derechos de autor para otros grupos. En segundo lugar, ciertos estados miembros de la UE se oponen a este tratado alegando un innato conservadurismo. De hecho, Francia ha sido el que más abiertamente se ha opuesto: algo irónico pues se trata del país que dio al mundo el sistema braille.

Foto: portada, (cc) Max-B/Flickr/anticameradelcestino.wordpress.com; texto, © EBU.