UP HELLY AA, LOS FESTIVALES DEL FUEGO DE LAS SHETLAND

Artículo publicado el 1 de Abril de 2014
Artículo publicado el 1 de Abril de 2014

Una horda de vikingos vestidos con pieles, antorchas en llamas, caminan sin pausa bajo la noche sin estrellas. No se encogen con el frío, ni flaquean cuando el feroz viento cruzado amenaza con extinguir el fuego, sino que cantan animadamente. Cantan sobre héroes, dragones y batallas pasadas. No es raro pensar que te has teletransportado a un momento antiguo y salvaje, pero es 2014, el Up Helly Aa.

Es uno de tan­tos fes­ti­va­les del fuego Up Helly Aa que se ce­le­bran en las islas Shetland, el ar­chi­pié­la­go más ale­ja­do de las islas Bri­tá­ni­cas. Aun­que la ca­pi­tal de las islas, Ler­wi­ck, ce­le­bra el Up Helly Aa más mul­ti­tu­di­na­rio (y el que atrae más tu­ris­tas) hay otros fes­ti­va­les como este por todas las islas, con su pro­pio ca­ris­ma e idio­sin­cra­sia. Viajé hasta allí con mi novio y un amigo para ab­sor­ber las vis­tas, los so­ni­dos y los olo­res de las Shetland, es­pe­cial­men­te del Up Helly Aa de North­ma­vi­ne.

North­ma­vi­ne, la pe­nín­su­la más al norte de Shetland, está ais­la­da. Es pre­cio­sa y está ba­rri­da por el vien­to, como nos ima­gi­na­ría­mos las islas es­co­ce­sas. Allí se en­cuen­tran los fa­mo­sos acan­ti­la­dos de Es­ha­ness, in­creí­ble­men­te im­po­nen­tes, que nos roban las pa­la­bras y ex­cla­ma­cio­nes con las sa­cu­di­das del vien­to. Las al­deas lo­ca­les se tur­nan para or­ga­ni­zar reunio­nes de sopa y dul­ces en los re­mo­tos au­di­to­rios ve­ci­na­les, y cuan­do llega el Up Helly Aa ce­le­bran las pe­cu­lia­ri­da­des de la re­gión. La "pro­cla­ma­ción" llama a los gui­zer, los par­ti­ci­pan­tes que se dis­fra­zan y toman parte en la pro­ce­sión, para que "se reúnan de ma­ne­ra so­bria" en el au­di­to­rio de Hi­lls­wi­ck, y des­pués de­ta­llan en verso las di­ver­ti­das ha­za­ñas que los lo­ca­les lle­va­ron a cabo ese año:

"El fon­ta­ne­ro aban­do­nó Tir­vis­ter

Y se quedó sin suer­te

¡Hom­bre! ¡Hom­bre! Se le atas­có la fur­go­ne­ta

Menos mal que tenía una ca­rre­ti­lla ele­va­do­ra".

El do­min­go por la ma­ña­na nos pa­ra­mos a ad­mi­rar la Pro­cla­ma­ción (even­to que da co­mien­zo al fes­ti­val) y la co­lo­ri­da ga­le­ra vi­kin­ga, a sa­bien­das de que el barco mo­ri­ría en el mar de ma­ne­ra vio­len­ta aque­lla noche. Todos los años los ar­te­sa­nos lo­ca­les se pasan meses crean­do ga­le­ras para el fes­ti­val, du­ran­te el cual verán cómo arden fu­rio­sa­men­te en lla­mas. Es un es­fuer­zo des­co­mu­nal, pero con­si­gue que la ce­re­mo­nia sea aún más po­de­ro­sa. El barco con ca­be­za de dra­gón de este año lucía un bi­go­te de­sen­fa­da­do que aña­día un toque de humor.

Por la tarde nos en­vol­vi­mos en mon­to­nes de capas de lana, que des­pués se­rían las cau­san­tes del strip­tea­se más largo y menos sexy de la his­to­ria, y nos reuni­mos con los gui­zer en el au­di­to­rio Hi­lls­wi­ck. So­pla­ba un ven­da­val, así que es­pe­ra­mos den­tro mien­tras apa­re­cían los vi­kin­gos, en­cen­dían las an­tor­chas y em­pe­za­ba la pro­ce­sión. Al oír la señal cien­tos de vi­kin­gos sa­lie­ron en es­tam­pi­da, se­gui­dos por una banda de mú­si­ca, gente ves­ti­da con monos y al­guien dis­fra­za­do de pollo. Al con­tra­rio que el Up Helly Aa de Ler­wi­ck, dónde solo los hom­bres pue­den par­ti­ci­par, en North­ma­vi­ne tanto hom­bres como mu­je­res son bien­ve­ni­dos para hacer de gui­zer. Pa­re­ce que mu­chos de estos vi­kin­gos no han pres­ta­do aten­ción a la orden de la Pro­cla­ma­ción de re­unir­se "so­bria­men­te", pero quizá el al­cohol aleje el frío. Y hacía bastante frío. Mien­tras pren­dían las an­tor­chas, el res­plan­dor de las lla­mas re­ve­la­ba las som­bras y con­tor­nos de los ros­tros es­con­di­dos tras los yel­mos ala­dos de plata. El fuego es per­sua­si­vo, pe­li­gro­so, da vida. Me re­cor­da­ron al poema de Dylan Tho­mas: "Los hom­bres sal­va­jes, que cap­tu­ra­ron al sol al vuelo y lo can­ta­ron / y que apren­den, tarde, que en­tris­te­cie­ron su ca­mino". Des­pués, al oír la risa o broma de un gui­zer, la ima­gen des­a­pa­re­ció. Un ful­gor rojo ilu­mi­nó el cielo hacia el Norte y, guia­dos por la ga­le­ra dra­gón, la mul­ti­tud co­men­zó su pro­ce­sión de ki­ló­me­tro y medio a lo largo de la costa, hasta el mar.

A estas al­tu­ras os es­ta­réis pre­gun­tan­do si los ha­bi­tan­tes de las Shetland han oído ha­blar de se­gu­ri­dad. No hay po­li­cías, ni ca­mio­nes de bom­be­ros, ni zonas acor­do­na­das, solo una horda de gente po­si­ble­men­te ebria con fuego y cuyo único pro­pó­si­to es que­mar un barco en el mar. ¿Qué po­dría salir mal? Un local me dijo que no había pa­sa­do mucho en los úl­ti­mos años. En una oca­sión a al­guien se le cayó la parte su­pe­rior de una an­tor­cha y un coche de po­li­cía apar­có en­ci­ma del fuego. Le pre­gun­to qué pasó. Al­guien les avisó, me con­tes­ta con re­mor­di­mien­to, no por ma­li­cia sino por amor a una buena his­to­ria. El vier­nes no había miedo de que algo se que­ma­se, ya que el suelo es­ta­ba em­pa­pa­do tras va­rias se­ma­nas de llu­via. De hecho, no es­tá­ba­mos se­gu­ros de que el barco fuese a arder por­que el vien­to ho­ri­zon­tal ex­tin­guía los in­ten­tos del fuego de en­cen­der el más­til. Lo aguan­ta­mos es­toi­ca­men­te, tanto gui­zer como es­pec­ta­do­res, hasta que a los 15 mi­nu­tos, como si por fin se rin­die­se, el más­til ardió. No tuvo nada que en­vi­diar a una fo­ga­ta de San Juan.

"Desde los gran­dio­sos si­glos vi­kin­gos ha ve­ni­do Up Helly Aa

¡Así que en­cien­de la an­tor­cha y con­ti­núa la mar­cha, haz que sue­nen los tam­bo­res!".