Valérie Favre: comedia que ni pintada

Artículo publicado el 7 de Octubre de 2006
Artículo publicado el 7 de Octubre de 2006
Valérie Favre, de 47 años, es una artista suiza afincada en Berlín tras vivir durante largo tiempo en París. Actriz convertida en pintora, se complace en escenificar sus experien-cias sobre el lienzo.

Los relámpagos iluminan su taller sombrío: el agua repiquetea sobre los grandes ventanales. A lo lejos, los truenos marcan el ritmo del baile vital berlinés. La tormenta se cierne sobre Prenzlauer-berg, uno de los barrios de moda y artístico de la capital alemana. “¡Qué violencia! Es-pero que no dure mucho.” Vestida con unos simples vaqueros y una camiseta manchados de pintura, el cabello recogido sin mucho esmero, Valérie Favre deambula entre los tarros de pintura destripados y los lienzos. Su delgada silueta vuelve luego a ovillarse en un viejo sillón de cuero, ya con una cerveza en la mano.

Mi entrevistada tiene una mirada chispeante y un aspecto indolente que contrasta con su productividad y su reconocimiento en el medio del arte contemporáneo. Sucesivamente actriz, pintora y luego profesora de Bellas Artes, Valérie Favre asegura ser, sin embargo, “una perezosa en busca de escondite”.

En Berlín, “ciudad underground donde las haya y en la que la que todo parece suceder de modo espontáneo”, a mi interlocutora le gusta decir “que no vive gran cosa”. “Escogí cómo vivir: recluida y preservada del mundo.” Salvaje a tiempo parcial: “Estoy tan dominada por lo que hago que ya no necesito nada: bien sea consumir o tener un coche.”

Actriz provisional

Nacida en 1959 en Evrilard, Suiza, Favre decide muy rápido dejar el encanto discreto de las praderas helvéticas. “Nadie es profeta en su tierra. Suiza era demasiado pequeña, yo veía París como el templo de la cultura.” Sin ni siquiera aprobar el bachillerato -“Eso me acomplejó durante largo tiempo y lo compensaba con el trabajo o la pasión”- huye a Francia. En dirección hacia las tablas de los teatros parisinos. “Cuando uno es joven, no tiene nada que decir, uno es un poco tonto: se necesita madurez y saber soportar la soledad para pintar”.

A los veinte años, sumergida en la fauna del séptimo arte, moldea la vida, almacena los encuentros y multiplica las experiencias. “Un día, tuve la suerte de estar frente a JeanLuc Godart: discutimos de manera muy simple y obtuve diez años de lección de vida.” Y añade, lúcida: “De todos modos, los encuentros que más me marcaron son aquellos con personas desconocidas.”

Cuatro años de cortometrajes y más tarde de piezas de teatro, en el momento en que su carrera comienza a despegar, Favre toma un viraje inesperado: abandona todo. “Sentía muy en el fondo que no estaba habitada por el demonio del actor”, justifica ahora. “Y además tenía ganas de contar historias, lo que la ocupación de comediante no me permitía hacer”. En la necesidad de ganarse de nuevo la vida, admite con sentido del humor haber “hecho mucha mierda”. Favre se dedica un tiempo a escribir, en especial en la revista para niños Je bouquine antes de retomar sus buenos viejos hábitos, “el de tener un pincel en mi mano”.

En 1987, participa en la Fábrica Efímera, un proyecto que busca convertir los campos industriales parisinos en centros de creación contemporánea: agarrando la oportunidad como puede, Favre intenta desarrollar su red de contactos, inclusive rechazando toda forma de “mundanería”. Y aprende que en pintura, como en la vida, “hay que saber to-marse su tiempo porque todo llega de manera natural”. En 1996 expuso en Berlín y entonces sufrió un flechazo con la ciudad. “Mucho más aventurera que París, aunque la cultura underground está menos presente ahora que justo después de la caída del muro”.

Negocio emocional

¿Alemania sería el nuevo El Dorado de los pintores? “El mercado alemán se encuentra más a la escucha de los artistas, y los mecenas, al igual que los coleccionistas, son más activos”, analiza Favre. “Mientras que en Francia hay una especie de autoflagelación permanente”. Según ella, “ser europeo hoy no es necesariamente la mejor tarjeta de visita para un artista. China y el Magreb engendran talentos prometedores. Los jóvenes artistas de todas formas tienen que moverse y frotarse con otras culturas.”

Favre estira sus largas piernas antes de levantarse: es la hora de limpiar el material de pintura. Desde el fondo de su taller sombrío, escucho su clara voz resonar: “Es verdad que el medio del arte contemporáneo es similar a un desorden muchas veces cercano al de los negocios. Además, el arte está hecho para los ricos, para aquellos que tienen los medios para reflexionar.”

Favre dice luego, sin falso pudor: “ser artista hoy en día se ha convertido en un concepto muy volátil, lejos de la época de Van Gogh. Mientras numerosos artistas mueren de hambre, algunos en cambio son grandes máquinas. Jeff Koons por ejemplo tiene su propio personal de asistentes que pintan por él”. La frontera entre la impostura y el realismo se vuelve muy tenue. “El artista debe ser pragmático pero sin evitar el esfuerzo” juzga Favre. “Incluso si pintar es una decisión emocional: trabajo de manera muy romántica hasta cierto punto. Todo es cuestión de equilibrio”.

Pincel fálico

Con su serie sobre las Conejas Universo, comenzada en 1999, y que representa a una “mujer animal entre lo Lara Croft y la Conejita de Playboy”, Favre revindica su tendencia feminista. “Hay que serlo”, asegura. “Utilizo a esta coneja como a un falo”. ¿Una venganza frente a los artistas misóginos? “Es que la pintura es un medio bastante machista: es un medio sucio, lento y complicado que ha perdido mucha de su gloria, destronado por el vídeo o las instalaciones. Siento mucho placer al tocar la materia y mezclar los colores, pero es difícil rivalizar con los hombres en términos de poder físico necesario para dominar este medio”, explica. “Entonces hay que cambiar de dirección: hacer menos pero de manera más pertinente.”

De la moda de ser provocador, dice que “ya todo ha sido visto: desde el urinario de Duchamp hasta la matanza de animales. Creo que hay que buscar su propia singularidad y la buena actitud para expresarla.” El avance en su trabajo es constante: “nosotros los artistas somos traductores. Con la experiencia, veo con más claridad lo que pasa en mi cabeza y sé cada vez mejor cómo expresar mis ideas ‘alocadas’. Rebelde, Favre termina por plantarse al frente de su último lienzo y suelta: “al fin y al cabo, me siento mas di-rectora de teatro que pintora”.

Valérie Favre ha recientemente en la Fondation Hippocrène en el marco de su programa "Propos d'Europe V"